nube

nube

domingo, 29 de julio de 2018

Bajo el sol


I
Y ahora bajo el sol parece tan sencillo dejarse ir, hacerse volumen con lo sólido y estar, tan sólo estar, callada, abierta a la evidencia de esta luz que es calor y que penetra,-no pensar, no elevarse, no salir- aferrarse a la entraña, estarse dentro, ser uno con la piedra, con el mundo, y escuchar las pisadas y sentir esta calma vacía y expectante de lo inmóvil.

II
Del sol nos reconforta esa extraña manera que tiene de posarse en las cosas más hondas. El sol en la dulzura y acidez de este trozo de melocotón que me llevo a los labios, el que cambia mi sed por la luz penetrada que ahora me penetra a mí también y me ciñe en su abrazo manso y breve, su frescura de luz sobre la arena.

III
No hacer nada. Flotar. Perseguir peces de colores mientras el sol irisa las aguas turquesas. Todo lo que se mueve compone una canción que nadie escucha. Las algas, por ejemplo, que se abren y se cierran al ritmo de las olas y se dan a los peces y al silencio del mar y al vagar de mis ojos que, durante unos breves segundos, se hacen algas también. Anémonas, padinas, posidonias. Se mecen. Nos mecemos. En un mismo silencio compartido.

IV
Que todo pasará. Y también este día glorioso de verano bajo un sol inclemente que no sólo ilumina, transparenta las cosas con su aguja de luz y las hilvana y atraviesa los días en la hebra de los tiempos sucesivos. Que también pasará la cierta percepción de este momento. Mas no su duración: vacío es el olvido, mi luz en un espejo. Cuántas veces el sol se ha enredado en la espuma de las olas que rompen en la orilla. Cuántas veces lo hará en las hojas en blanco donde sueño que escribo.


jueves, 19 de julio de 2018

Silbar



Y hoy todo lo daría
por ser una vez más la que camina
al son de su alegría sin cuidados,
la que pasa silbando y se le vuelan
los pies y la razón y el pensamiento,
aquella que se fue, que irá, que anda
sin tiempo entre las cosas
como si un viento fácil, imprudente,
la llevara más lejos de sí misma.

Mi madre me dijo el otro día que no le gusta la gente que silba. A mí me encanta silbar. No he querido profundizar en el desencuentro, pues supongo que a mi madre le gusto igualmente, por pura obligación familiar o costumbre histórica, pero la frase me ha hecho reflexionar sobre este acto irreflexivo que supone ponerse a silbar en algunos momentos. Me gusta recorrer los pasillos del instituto donde trabajo silbando a pesar de la mirada censora de algunos compañeros, silbar las canciones que suenan en la radio del coche, entonar canciones difíciles a golpe de chiflido supone un reto apasionante para mí. Creo que una de las mejores metáforas de la felicidad es la imagen de alguien caminando por la calle con las manos metidas en los bolsillos, el paso ligero y silbando. A veces hasta tomo prestadas las canciones silbadas por otros transeúntes y las traslado con mi propio silbido a otros lugares como un acto altruista de difusión musical. Supongo que el hecho de expulsar todo ese aire por la boca es una forma de aligerarse, de alegrarse, de volar. El fontanero que trabaja silbando parece que trabaje menos. En islas como La Gomera permite comunicarse de un lado a otro de la montaña. Y además, es la forma más certera que tenemos los humanos de acercarnos a esos pequeños dioses llamados pájaros.
Pero de todas las acciones que me gusta hacer silbando, la que prefiero por encima de todas, es la de ir en bici silbando. Porque volver a salir en bici es también, y sobre todo, volver a silbar. Es el nexo de unión que me mantiene en contacto con el camino. Y es que después de tantos meses sin coger la bicicleta, los caminos de siempre se nos antojan ajenos: el régimen de lluvias del invierno, los temporales, la muerte y nacimiento de las plantas conforman un paisaje distinto. El rosal que estaba siempre al girar la esquina ha desaparecido. Los campos de alcachofas que tanto nos emocionaron son ahora de almendros. Alguna máquina ha pasado para aplanar la senda lateral de la autovía, que parece distinta libre de piedras y hoyos. Sólo la luz no cambia, la luz y estas ganas de silbar, de repetir las mismas canciones cuando recorro los mismos caminos.  Casi siempre me vienen a la cabeza las notas de una de Manolo García: “Caminábamos y el calor del verano empujaba nuestro asombro…” Mientras la silbo, e incluso canto, asida al manillar, abandonada y feliz, recupero ese asombro perdido, y veo venir, volver hacia mí todos esos veranos, los veranos que todas esas notas me devuelven, y dicen todavía, y dicen mientras tanto, y dicen, sobre todo, levedad.


domingo, 8 de julio de 2018

Siempre recomenzando


“En cierto sentido, aquí interpreto mi vida, una vida con sabor a piedra caliente, que se ha llenado con los suspiros del mar y el zumbido de las cigarras que empiezan a cantar a esta hora. La brisa es fresca y el cielo azul. Amo esta vida de abandono y quiero hablar de ella con libertad: me otorga el orgullo de mi condición de hombre”.
Albert Camus – Nupcias en Tipasa



El tiempo gira. De nuevo empieza a asomarse el tiempo vacío del verano. Y con él, una actividad que he descubierto hace poco, pero que llena mis días estivales: escribir un diario.
Hace meses que estoy alimentando la idea de escribirlo. Meses en los que voy redactando frases sueltas o imaginando qué cosas haré para poder contarlas después. Imposible no reparar en la filigrana ontológica que supone este afán de vivir para contarlo. Y los ríos de tinta que se han vertido en torno a esta cuestión. Desde el honor de los héroes (lo que contarán de nosotros cuando estemos muertos, que seguro que es nada) hasta las redes sociales (lo que contamos de nosotros mismos para no aburrirnos o para no sentir que somos lo que somos: un puñado de nadies del que no ha de quedar nada). Porque a pesar de todas las certidumbres, a pesar de la ceniza y el polvo que nos aguarda, nuestra vida es al final lo que contamos de ella. Y si existe una mínima noción de infinitud en la finitud de nuestras vidas, se halla en los relatos que dejemos escritos o en aquellos que cuenten de nosotros los que nos sobrevivan.
No es el único beneficio de escribir un diario. Contar lo poco que ocurre en los días de verano, me invita a ver más o a ver mejor. Después de unos días escribiendo lo que pasa ya puedo decir que veo con todas las letras. El mirlo que durante un cuarto de hora se ha posado en el poste de la luz y ha estado deleitando al vecindario con su canto de despedida. Las hojas secas del nuevo brachichito. Las bandadas de aves que cruzan el cielo camino de quién sabe qué lugares escandinavos (adiós, les he dicho con la mano). La estrella (podría ser Venus) que brilla en el ángulo izquierdo del arco de mi terraza mientras anochece.
Me fascina pensar que esas cosas están ahí siempre. Que están ahí, aquí, todo el año sin que yo pueda verlas. La pátina que la rutina y el trabajo nos coloca en los ojos provoca una ceguera injusta y lamentable. Hoy ya puedo empezar a decir que he recuperado esa perspectiva, que ese enfoque del mundo sigue vivo, latente, tan cierto, tan verdadero, como la última luz que escapa al fondo del cielo. En la primavera de mis ojos, mi mirada rebrota, reverdece. Todo gira conmigo, siempre recomenzando.