Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como enseñanza

Leer

Voy en el tren: regreso. Han cambiado la hora. Por eso el sol poniente ilumina la escena. Su luz llena el vagón de una atmósfera cálida, propicia a la ensoñación y a la lectura. Sobre mi mesa plegable, tres libros y un cuaderno de notas. Hay tiempo por delante: 365 kilómetros. Y silencio, sobre todo silencio, porque al menos ahora ya hay vagones donde no suenan los móviles. Medito sobre la lectura antes de sumergirme en ella. Sobre el poco margen que la vida actual y sus falsas necesidades dejan a los libros. El tren, sin ir más lejos, alcanza ya los 300 kilómetros por hora: nos hace llegar antes –el tiempo es oro- y nos deja, por tanto, menos tiempo vacío. Recuerdo una conversación reciente con mis alumnos lectores (de esos que ya están en el secreto, de los que paran una conversación para apuntar referencias de futuras lecturas, de los que las malas lenguas dicen que no existen). Hablamos de cómo a veces nos perdemos en tantas tonterías que los días se acaban sin haber...

Empezar II

Cuando yo ya no esté, y tiréis mis cosas al cubo de las cosas ya sin  alma,   a quien tome la caja   del compás, yo le ruego lo haga con cuidado: mi niñez no despierte, duerme un sueño sin tiempo ni medida en su funda morada . Miguel Ángel Velasco, Caja de Compá s Una rara cosquilla de felicidad nerviosa recorre mis dedos al abrir el estuche de las gomas de borrar que compré el otro día en el supermercado. En mis manos, nueva, suave, blanca, con las letras en el lomo aún intactas, la goma deja de ser una goma y se convierte en la metáfora precisa que contiene el recuerdo de todos los inicios de curso. Aunque también una paradoja: que un utensilio destinado a convertir en nada lo que alguna vez hubo, pueda contener también lo que hubo alguna vez y que ya es nada. Supongo que el encanto de las gomas también reside en eso, en la posibilidad de borrarlo todo y recomenzar. Empezar el curso con la página en blanco: los renglones vacío...

Volver a la niebla

La primera vez que lo leí fue en un parque británico llamado Kings Park, cuando todos los libros aún estaban por leer. Me senté en la hierba. Abrí la primera página. Y no me volví a levantar hasta la última. Había terminado COU. Era verano. Y el tiempo parecía infinito. Ahora lo he vuelto a leer al compás de mis alumnos. De tarde en tarde, cuando las obligaciones me lo permitían. Lo he leído intentando ponerme detrás de sus ojos por ver si recuperaba el asombro de aquel verano mítico. No ha sido necesario.  Los pensamientos de Augusto Pérez, los diálogos con don Fermín, con Víctor, con Orfeo o con don Miguel, sus cuitas amorosas, sus guiños y sus trampas, sus transgresiones , y  sobre todo, su humor, parecían recién estrenados. Al fin y al cabo, ¿qué somos sino personajes de una novela o de una tragicomedia donde alguien –llamémosle destino, azar o dios- nos mueve a su antojo? Todos somos Augusto: paseantes sin rumbo que, enamorados de todo, andamos buscando al...

Empezar

Siempre que empiezo el curso -incluso en inicios de curso tan calurosos y apresurados como éste- pienso que si hay alguien sentado en mi clase a quien le guste escribir (o mirar, o pintar, o pensar, o llevar la contraria, o leer, o discrepar), merece la pena seguir empezando. Afortunadamente –casi como cualquier año- el principio de curso acaba dándome esa bofetada de satisfacción multiplicada por diez. Por eso, -y oídas las voces y los comentarios de un gran porcentaje del común de los mortales- a veces –o muchas- pienso que no sé en qué clase de irrealidad política o social vivimos, en qué clase de ficción televisiva en la que nos venden que los estudiantes de secundaria y bachillerato son una horda de niñatos ignorantes e insensibles poblando las aulas cual autómatas. Ni lo entiendo, ni lo veo, ni se me acaba de ocurrir la razón por la que quieren que pensemos esto. Porque lo normal, lo cotidiano, es encontrarse con gente extraordinaria y valiosa, gente a la que no sólo le gust...

Como decíamos ayer

Ayer fue la primera palabra que escribí en un poema cuando tenía ocho años. Fue ayer y lo parece. Porque recuerdo la luz de la tarde de agosto en la parte trasera del chalet, donde el viento soplaba un poco más fresco. Y a mi abuela sentada en la silla de enea, haciendo sus labores o leyendo revistas. Y también la emoción de las palabras. Y el olor del cuaderno. Y otras cosas que quizás no ocurrieron pero que mi imaginación ha ido añadiendo a ese recuerdo con el paso del tiempo. Ayer, hoy, mañana. ¿Cuántos ayeres han sucedido desde entonces? ¿Cuántos mañanas esperan en el lado de las cosas aún no sucedidas? Ayer entró Fray Luis a su cátedra en la Universidad de Salamanca, después de cinco años de cárcel, y mirando a sus alumnos, de la misma manera en que lo hiciera cada día antes de su cautiverio, empezó la lección repasando lo dicho en el día anterior. Corría el año 1574. Diciembre. Dicebamus hesterna die... Y ayer decíamos, en clase, que Fray Luis fue uno de los representante...