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Mostrando las entradas etiquetadas como literatura

Nuestros ayeres*

Cada mirada que vuelve, conserva un sabor de hierba y de cosas impregnadas del sol del ocaso sobre la playa. Conserva un aliento del mar. Como un mar nocturno es esta sombra vaga de ansias y antiguas emociones, que el cielo roza y cada noche regresa. Las voces muertas se parecen al embate de ese mar. Cesar Pavese, en Retrato de un amigo, en Las pequeñas virtudes , de Natalia Ginzburg Saber que el mundo está lleno de pequeñas cosas bellas que ni siquiera imaginamos que existen, cosas como sentarse en la mesa de trabajo, abrir un libro que nos ha regalado alguien que siempre regala buenos libros y al cabo descubrir que ya es de noche, que la huella de una pequeña lágrima imprevista ha manchado un pie de página, que un ser cuya existencia desconocíamos hasta hace unas horas se ha cruzado en nuestras vidas como una rama de hiedra que se enlazara en el tronco de los pinos que plantaron mis padres en el jardín antes de que yo naciera. Se llama Natalia Ginzburg y ...

Volver a la niebla

La primera vez que lo leí fue en un parque británico llamado Kings Park, cuando todos los libros aún estaban por leer. Me senté en la hierba. Abrí la primera página. Y no me volví a levantar hasta la última. Había terminado COU. Era verano. Y el tiempo parecía infinito. Ahora lo he vuelto a leer al compás de mis alumnos. De tarde en tarde, cuando las obligaciones me lo permitían. Lo he leído intentando ponerme detrás de sus ojos por ver si recuperaba el asombro de aquel verano mítico. No ha sido necesario.  Los pensamientos de Augusto Pérez, los diálogos con don Fermín, con Víctor, con Orfeo o con don Miguel, sus cuitas amorosas, sus guiños y sus trampas, sus transgresiones , y  sobre todo, su humor, parecían recién estrenados. Al fin y al cabo, ¿qué somos sino personajes de una novela o de una tragicomedia donde alguien –llamémosle destino, azar o dios- nos mueve a su antojo? Todos somos Augusto: paseantes sin rumbo que, enamorados de todo, andamos buscando al...

Habitación Dickinson

  Junto a una luz que se va vemos más intensamente, que junto a un pábilo que perdura. Hay algo en el vuelo que aclara la vista y embellece los rayos . Emily Dickinson Son las 18.47 de la tarde. Domingo. Los días ya alargan un poco. Pero enero. Hace apenas un rato todavía podía verse entre las nubes un pequeño destello de lo que fue el día que ahora termina, una minúscula marca de luz entre las nubes. Apenas pasan coches. Los domingos son así. Parecen tumbas. A veces he pensado que la muerte se debe parecer a una tarde interminable de domingo. Sin embargo, estoy viva, reluciente de vida, y leo a Emily Dickinson. La leo rápido, sin detenerme apenas. Saltando entre los poemas. Casi sin pausa. La leo sin entenderla del todo, pero sonriendo. Me sorprenden el sentido del humor, las finas ironías. Aunque me abruma lo que en la traducción me pierdo. Porque el inglés. Incluso el español. Es raro. A veces intento explicarlo en clase, pero no sé si me...

Recuerdos y cronopios

   ... Yo me explico los fantasmas: ¿Cómo no regresar de la muerte, algunas veces, a visitar las casas queridas? ¿Cómo no acariciar las colgaduras, entornar las puertas de los armarios, asistir al lago de los espejos, entreabrir el aire de los aparadores? Yo seré un fantasma incansable, alguna vez; ¡tengo tantas casas que visitar de nuevo, diseminadas en la ciudad, en los pueblos, en las novelas, en la historia…! Julio Cortázar, de una carta En el principio fue Cortázar. Lo leí en las tardes interminables de la adolescencia, con una mezcla de asombro y de estupefacción cercana al aburrimiento. Lo leí porque había que leerlo. Porque me habían dado un premio en el instituto que sólo podía gastarse en libros. Lo leí en tardes interminables de británico aburrimiento adolescente cuando por primera vez salí de mi casa y comprendí que la libertad y el tedio guardaban una extraña relación. Fueron horas interminables de capítulos a saltos y morellianas insomnes. Hasta que ...