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Leer

Voy en el tren: regreso. Han cambiado la hora. Por eso el sol poniente ilumina la escena. Su luz llena el vagón de una atmósfera cálida, propicia a la ensoñación y a la lectura. Sobre mi mesa plegable, tres libros y un cuaderno de notas. Hay tiempo por delante: 365 kilómetros. Y silencio, sobre todo silencio, porque al menos ahora ya hay vagones donde no suenan los móviles. Medito sobre la lectura antes de sumergirme en ella. Sobre el poco margen que la vida actual y sus falsas necesidades dejan a los libros. El tren, sin ir más lejos, alcanza ya los 300 kilómetros por hora: nos hace llegar antes –el tiempo es oro- y nos deja, por tanto, menos tiempo vacío. Recuerdo una conversación reciente con mis alumnos lectores (de esos que ya están en el secreto, de los que paran una conversación para apuntar referencias de futuras lecturas, de los que las malas lenguas dicen que no existen). Hablamos de cómo a veces nos perdemos en tantas tonterías que los días se acaban sin haber...

Mi equilibrio

Nos queda su palabra, dijo alguien al morir un poeta. ¿Y qué es lo que nos queda?, pensé yo. ¿Un destello de vida en el abismo? ¿Un relumbre de muerte? ¿Una limpia cosquilla de algo concluido? ¿Qué es lo que nos queda cuando queda tan sólo la palabra? ¿Rodeno, inmarcesible, esmerilado? ¿Qué palabra nos queda cuando queda tan sólo la palabra? ¿Nos queda algo del pálpito en el pálpito, una huella de amor en el amor, una miga tan sólo de aquel trozo de pan que iluminara el son de aquellas voces en una sobremesa? Si queda miedo o dicha, adentro u horizonte, deseo o turbación, ¿qué ha de importarnos? La noche va creciendo en la ventana como una mueca sorda y aprendida de costumbre y de hielo y con ella el vacío que nos lleva, sin embargo, yo sonrío al oír mis dedos desplazarse entre las teclas, este extraño claqué de extraños pensamientos que vagan junto a mí y que nada me dicen cuando dicen: el tiempo.

VOLVER

Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde  -como todos los jóvenes, yo vine  a llevarme la vida por delante A veces me descubro elucubrando de una forma difusa, quizás inexplicable, que podría volver al pasado, a la infancia, a aquel momento en que todo empezó a fraguarse. Como si bastara con dar un paso atrás o despertarse para sentir otra vez el fuego de los quince, por ejemplo, cuando estaba sentada en el pupitre al que ahora le hablo y que ahora habitan otros. Es muy claro el recuerdo y muy fuerte el estado al que me arroja este vano ejercicio del cerebro. Pero nada me cuesta imaginarme con la mochila a cuestas, recorriendo los pasos de aquella incertidumbre, regresando a la casa casi fuera de hora, oyendo al profesor y no escuchándolo, pensando que su voz estaba muerta, que era otro mi ahora, mi presente y que otra mi esencia. Que nadie viviría como yo ( dejar huella quería/ y marcharme entre aplausos... ) era entonces el tem...

En el tren

El tren avanza plácido, se desliza, callado, junto al mar, inmerso en su burbuja de tedio y somnolencia. En el libro, es la guerra. La madre de Camus trabaja ordenando “tubitos de cartón por tamaño y color” en la cartuchería del Arsenal militar. Ser viuda de un soldado fallecido en la guerra le ha dado este privilegio. Diez horas todos los días. Ella, que jamás estuvo en Francia, que apenas sabría cómo situarla en el mapa. Por lo menos le habían enviado por correo la esquirla del obús que lo mató.   Demasiado joven. Solo. Tan lejos de Árgel. Las señoras del asiento de atrás han iniciado una charla interminable sobre hospitales e intervenciones quirúrgicas. Tumores, convalecencias, agujas y dolor. La del asiento contiguo relata a su interlocutor telefónico el drama médico que padece su hijo. Delante se deleitan desgranando los más escabrosos detalles del atentado de París. El mundo parece de pronto un surtidor de desgracias. El mar, sin embargo, sigue fluyendo tranquilo a...

Palabra y vida

Donde anduvo la vida, junto a esta cornisa de rocas que es límite y costura, junto al mar, planean hoy mis pensamientos: violetas, hinojos, siemprevivas…, sus sílabas libando mis oídos, el polen de su origen, la miel de sus fonemas. Contemplo, miro y nombro: aladierno, coscoja, cantueso y aliaga, pues trato de encerrar o capturar, aunque sea entre letras, la inmensa plenitud de este momento.  Es sábado y camino junto al mar. ¿Qué más puedo decir? Arrecife, quizás, y acantilado; oleaje, horizonte, piedra y sal; arroz y cormorán y escarabajo. Y también utopía: a veces el lenguaje parece más endeble que el instante. Al cabo todo tiene que morir: el presente y su dicha, y hasta la exquisita mentira del lenguaje. También las siemprevivas.  Siempre amé las palabras: sin ciencia y sin reservas, su música estallando entre mis dientes, su disparo de niebla. Siempre vivas vinieron las palabras a darle doble vida a lo vivido o a contarme la historia de su origen sin que yo lo ...

Feliz como un perro

Hace unos meses, reunidos en la concordia del arroz y del vino, tras un largo paseo por la Sierra de Espadán, cinco amigos (Antonio Cabrera, Adelina Navarro, Eve Ferriols, José Saborit y Lola Mascarell) se topan, en medio de la conversación, con una frase que llama su atención: ser feliz como un perro . Parece el título de un cuento, dice alguien. Deberíamos escribirlo, dice otro. Y así queda pactado. A la vuelta del verano, en feliz sobremesa, cada uno leyó su cuento perruno. Este es el resultado. Antonio Cabrera             Se miró por casualidad el antebrazo y vio enredado en su vello un pelo de ella. Un pelo largo y rizado de los de ella. Si un ser humano busca ser feliz, eso será porque habrá fantaseado sobre la posibilidad de serlo. Es lo que empezaba a pensar cuando tiró suavemente del pelo y lo depositó sobre la mesa de madera brillante. Se acordó de aquel que dijo no soy feliz ni falta que me ...