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Alas para volar


Uno de los grandes tesoros de la infancia es la capacidad de ver unas cosas a través de otras: adivinar trenes en las cajas de cerillas, hacer volar palomas en las sombras de unas manos, o intuir monstruos tras las puertas del armario en noches de tormenta. Luego la edad adulta nos va inyectando su dosis de realidad y las metáforas se convierten en un simple divertimento intelectual. Entendemos que una cosa se pueda parecer a otra, pero somos incapaces de verlo -como decía Ortega- al través. Las cosas se nos van volviendo literales como los frutos que caen en otoño del árbol. El poeta intenta mantener la mirada del niño despierta para poder escribir, para que las metáforas no vengan mediatizadas por la razón y por tanto sin vida. Alimenta su fe como quien da de comer a las palomas. El poeta admira al niño porque sus metáforas están vivas y trepan por las paredes como enredaderas llenas de savia. El profesor, sin embargo, se siente incapaz de hacerlas crecer. La educación con sus inercias mercantilistas va matando despacio esa capacidad poética. Va matando al niño y al profesor también. Las cajas se convierten en cajas que se pueden sumar, las manos en manos que su vez son el complemento directo de una oración carente de poesía, las sombras en sombras que son estándares de aprendizaje, rúbricas y criterios de evaluación. 

Por suerte a veces pasan cosas. Cosas que te devuelven la fe y un eco de aquella mirada que nos intentan robar. Alumnos que te comprenden o profesores que te abren los ojos. Cosas como un niño paseando con su abuela por mi calle y que al pasar cerca del níspero que hay en mi jardín se ha detenido a coger dos hojas secas. Su abuela, pobre adulta sin gafas de mirar a través, ha seguido su curso. Al verla avanzar sin detenerse, el niño ha salido corriendo detrás de ella con las hojas al viento. Mira abuela, le ha dicho mientras le daba alcance, estaban ahí en el suelo. ¿El qué?, le ha dicho ella. Unas alas para volar. 

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Hay olores que pertenecen al verano de una forma tan rotunda que dudo que se puedan percibir con nitidez fuera de esta época del año. El baladre después de un día de intenso calor, el Aftersun sobre la piel quemada, la tortilla francesa a las nueve de la noche, las brasas, el gasoil de las motos, la leve humedad de las toallas de rizo, el cloro de la piscina, el jazmín, el galán de noche, los primeros  pespuntes de la madrugada sobre el cielo de agosto, la hierba recién cortada, la vaharada tóxica pero necesaria del Aután, del Flit o la Citronella, la tapicería recalentada del coche al volver de la playa, la goma de las gafas de bucear, la crema solar mezclada con arena, las algas acumuladas en la orilla de cualquier cala, la avena seca que cruje en los márgenes de las sendas, el champú en el pelo recién lavado, la piel desnuda y caliente después de un día de sol, los cítricos de un cóctel, las sábanas tendidas secándose al aire libre que es el tiempo vacío y que se abre en el firmame

Vista

Son las ocho y media de la mañana. El hibisco de al lado de la terraza tiene dos flores que comienzan a abrirse. Pienso que podría sentarme frente a ellas y contemplar el tránsito. Sentarme y mirar cómo se desenvuelven sus pétalos, cómo se dan a la luz. Meditar debe ser eso. Coger una silla, sentarse y contemplar la lentitud, hacerse uno con ella, desaparecer. Desde aquella mañana de verano en que mi abuela extendió su dedo dirigiendo hacia ellas mi vista y mi atención, las flores del hibisco son para mí un símbolo de lo efímero, una alegoría del verano. Mira, me dijo, ¿Has visto esas flores rojas? ¿Sabes por qué les llaman ‘flor de un solo día’? , pues eso porque se abren por la mañana y por la noche, mueren. Después se quedó mirando la mata como quien no ha dicho nada, como quien piensa que las flores no son más que flores, sin connotaciones ni monsergas, y se marchó a seguir con sus cosas. Yo me quedé un rato delante de la flor antes de meterme en la piscina, admirando su estallido