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Antigua luz

“Hay una casa de campo en donde he pasado varios veranos de mi vida. He pensado a veces en aquellos veranos, pero no eran ellos. Había grandes posibilidades de que quedaran muertos para mí. Su resurrección ha dependido, como todas las resurrecciones, de un puro azar.” Marcel Proust “Contra Sainte-Beuve” Cuando esta luz radiante que arrasa ahora la vida en el centro feliz de los veranos sea una luz antigua, o más lejos aún, cuando no exista esta luz de este tiempo en mis retinas, ¿qué será de este amor que ahora me viene en limpias oleadas a las manos, de esta torpe alegría que me turba cuando pienso en lo bueno de este instante de intensa plenitud? Me recuesto en la hamaca y dejo caer el libro de Banville en la hierba. Es fresca la mañana todavía y ninguna amenaza se atreve a perturbar la paz en que me hallo, abandonada a la lenta lectura y a la holgazanería de un sábado de julio. La escena que dibuja mi memoria en la pantalla del párpado tiene todos los ingredientes p...

Patria del desasosiego

Mi patria es ahora una ventana luminosa de ordenador en la que refulge el blanco. Pequeños caracteres van llenando de negro apenas un pequeño porcentaje de la superficie. Lo demás es silencio. Un silencio preñado de sentido que parte de los versos en los que Ana Blandiana celebra su patria A4. Su folio inmaculado.   La patria del desasosiego. “¿Conseguiré alguna vez/ descifrar las huellas que no se ven?” Lo leo y siento el temblor de las palabras que podrían ser dichas, el leve terremoto del pensamiento mientras busca una forma en la que materializarse. El blanco me mira desde la pantalla. Y muy cerca de él, junto al teclado, el blanco roto del libro recién cerrado   ( Mi patria A4 , Pre-textos, 2014)   se me antoja abierto todavía. Lo escucho. Habla de poesía. Del torbellino de la poesía cuando busca enunciar lo que es de nadie porque es del pensamiento. De lo que la poesía no dice. De lo que las palabras dejan sin decir. Porque la casa del poeta está llena de p...

Como decíamos ayer

Ayer fue la primera palabra que escribí en un poema cuando tenía ocho años. Fue ayer y lo parece. Porque recuerdo la luz de la tarde de agosto en la parte trasera del chalet, donde el viento soplaba un poco más fresco. Y a mi abuela sentada en la silla de enea, haciendo sus labores o leyendo revistas. Y también la emoción de las palabras. Y el olor del cuaderno. Y otras cosas que quizás no ocurrieron pero que mi imaginación ha ido añadiendo a ese recuerdo con el paso del tiempo. Ayer, hoy, mañana. ¿Cuántos ayeres han sucedido desde entonces? ¿Cuántos mañanas esperan en el lado de las cosas aún no sucedidas? Ayer entró Fray Luis a su cátedra en la Universidad de Salamanca, después de cinco años de cárcel, y mirando a sus alumnos, de la misma manera en que lo hiciera cada día antes de su cautiverio, empezó la lección repasando lo dicho en el día anterior. Corría el año 1574. Diciembre. Dicebamus hesterna die... Y ayer decíamos, en clase, que Fray Luis fue uno de los representante...