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Empezar II

Cuando yo ya no esté, y tiréis mis cosas al cubo de las cosas ya sin  alma,   a quien tome la caja   del compás, yo le ruego lo haga con cuidado: mi niñez no despierte, duerme un sueño sin tiempo ni medida en su funda morada . Miguel Ángel Velasco, Caja de Compá s Una rara cosquilla de felicidad nerviosa recorre mis dedos al abrir el estuche de las gomas de borrar que compré el otro día en el supermercado. En mis manos, nueva, suave, blanca, con las letras en el lomo aún intactas, la goma deja de ser una goma y se convierte en la metáfora precisa que contiene el recuerdo de todos los inicios de curso. Aunque también una paradoja: que un utensilio destinado a convertir en nada lo que alguna vez hubo, pueda contener también lo que hubo alguna vez y que ya es nada. Supongo que el encanto de las gomas también reside en eso, en la posibilidad de borrarlo todo y recomenzar. Empezar el curso con la página en blanco: los renglones vacío...

Historias viejas, historias nuevas

Mezclados con el batir de las olas, con el murmullo lejano de la radio de algún chiringuito de playa, me llegan los retales de algunas conversaciones cercanas. La playa consiste también en eso, en escuchar lo que dicen los que están a tu lado, sus cuentos, sus historias, sus chascarrillos, e incorporarlos al enorme cuerpo etéreo de la materia narrativa que va sin nombre de aquí para allá. A todos nos gusta que nos cuenten historias. Y contarlas. Yo estoy leyendo las que recoge Enrique Andrés Ruiz en su excelente novela Los montes antiguos, los collados eternos, historias cotidianas, anónimas, probablemente insignificantes, de un grupo de personas que ocuparon un tiempo y un espacio concreto: los montes de Soria entre el final del siglo XIX y toda la extensión del XX. La fuerza de su prosa (rebosante de poesía), el cuidadísimo léxico, las oportunas metáforas con las que el autor recoge el vivir de algunos personajes, la convierten en una de las mejores novelas en lengua castellan...

Las cosas del campo

Leer. Acompañar la vida con más vida. Hacer que la primavera florezca el doble. Ser una pieza más del universo: un leyente entre pinos desgajando palabras, escondido en el ritmo feliz de la naturaleza: el agua del aspersor, el croar de las ranas, el trino constante de los pájaros (quién sabe cuáles y por qué), las voces aledañas: ¡buenos días!, el aleteo pertinaz de las palomas… Todo unido a la música de las líneas que se enredan como ramas con el mundo, y lo duplican. Leer por ejemplo Las cosas del campo , mientras tiembla de verdes el jardín. Que las palabras acompañen a la nube, que la empujen más alto, que la llenen de seda y de misterio. O pensar bien el barro: su blandura, su olor, su manto fértil. En la sombra del níspero, comprender variaciones, ritmos de cosecha, ausencias de fruto y flor. Adivinar el miedo y la compasión en la muerte de un escarabajo. Y también su belleza. Levantar la vista del libro: acostumbrado como está al trajín de lo urbano, el ojo tarda un...

Visita a Elca

Estos momentos breves de la tarde, con un vuelo de pájaros rodando en el ciprés, o el súbito posarse en el laurel dichoso para ver, desde allí, su mundo cotidiano, en el que están los muros blancos de la casa, un grupo espeso de naranjos, el hombre extraño que ahora escribe. Hay un canto acordado de pájaros en esta hora que cae, clara y fría, sobre el tejado alzado de la casa (...) Lamento en Elca , Francisco Brines  Al fondo del camino, la casa duerme un sueño de muros encalados y antiguas buganvillas sobre un valle repleto de naranjos. Una línea de azul ultramarino dibuja el horizonte. Las voces de los visitantes van llenando cada rincón: la alberca y el estanque, la sala principal con sus retratos, el jardín interior, la escalera que da a la biblioteca y hasta el cuarto de baño de suelo ajedrezado. Lentamente la casa va saliendo de su ocasional letargo y la luz de la tarde se suma a la alegría de voces y de pasos con que pasan las ho...

Pedagogía del paisaje

No sólo es ir al campo a caminar en buena compañía es advertir que la vida prosigue con su baile de siempre, ajena a la avidez de nuestra mirada, independiente de nuestro análisis y nuestro conocimiento, de nuestras preocupaciones, que alegre y descuidada se despliega y repite y desparrama en aromas y flores, en insectos y trinos, en verdes incontables, inmersa en su atavismo de regresos y huídas, de ruedas infinitas, en sus ganas de darse sin porqué. Las retamas radiantes y excesivas, los mudos alcornoques y sus siglos a cuestas, el rodeno y las jaras florecidas, los remansos de agua y los helechos, las aliagas, los pinos, las hormigas, el zumbido feliz de las abejas, el canto de las aves, las luces que dibujan sobre el suelo la silueta de un cardo, el aroma suave del cantueso y el verdín de los troncos en la umbría. Todo sigue su curso a pesar nuestro, prosigue su canción mientras intento cantar en estas líneas su efusión incansable. Un lagarto despierta tras el muro de u...

El oficio de vivir

No bastan las veleidades, las furias y los sueños; se necesita algo más: cojones duros.                                                      C.P. El extraño artilugio de un poema es una imperturbable realidad que soporta flemática, sin daño, cualquier definición.                                   Es una joya que resplandece en sus palabras justas, las ágatas pulidas de una lengua. Un silogismo para concebir el hecho inconcebible de estar vivo. Un camarada fiel que cobijamos y en la noche del alma nos cobija, Una semicorchea en el concier...