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Entradas

Domingo

    El domingo amanece vacío. No hay nada que amenace con sus exigencias horarias la armonía feliz de esta mañana. No hay prisa por llegar a ningún sitio. No hay tareas pendientes (o al menos no demasiadas). No hay ninguna pulsión, ningún desasosiego, ninguna distracción. Nada. Percibo esta sensación al abrir los ojos, aún en la penumbra de la habitación. Me digo: ¡ nada! , y el tiempo se me llena de paisajes y cuerdas, de aromas y peldaños, de sonrisas y dedos, de objetos y de notas, yo que sé, de todo lo posible o por venir. Y también de palabras.     Una veta de luz alcanza mis pestañas. Y pienso en escribir. En volver a poner, una tras otra, palabras porque sí, en llenar esa nada con renglones. Las letras dejarán su incorpórea verdad e irán trazando su palacio de tinta, su bosque de pequeños claroscuros, su horizonte de acentos. Ellas, que tampoco son nada, serán dentro de un rato mañana en la mañana, aceite sobre el pan, aroma de café, vapor de agua. ...

Pedalear

“Según pedalea, el paseante de pronto reconoce esa paradójica euforia, tan física como espiritual, que en ocasiones experimenta mientras sigue cualquier improvisado trayecto. Contempla delante de sí su larga sombra, que el sol de la tarde proyecta sobre el camino. Mira también cómo avanza el minucioso relieve del asfalto bajo el girar constante de las dos ruedas, los sucesivos baches que evita, esas piedrecillas diminutas, y no deja de sentir que su movimiento se sostiene sobre un único punto invariable que jamás cambia de sitio. Marchar en bicicleta le parece el mejor ejemplo de ese extraño devenir sin tiempo en que todo sucede” Antonio Moreno. No lejos Hay una nostalgia física, un estremecimiento del cuerpo que difícilmente se podría traducir a palabras: un saber de las piernas, un afán de los pasos, una sed de mirar. Es oler primavera y empezar a pensar en caminos y curvas, en senderos y huertas, en esas tardes lentas del verano en que todo parece demorarse, en esa sombra lim...

Nieve

Como parece que, de momento, no va a volver a nevar en Valencia, aprovecho la oportunísima ocasión para compartir este poema de Mecánica del prodigio (Pre-textos, 2010) dedicado a mi padre, quien hasta hace unas horas albergaba, igual que yo, la ilusión de ver los copos cayendo de nuevo en estas calles. Añado además el curioso detalle que he descubierto gracias a los informativos de ayer: la nevada de la que habla el poema ocurrió en 1983 (por eso yo ni llegaba a la ventana), apenas cuajaron los copos (o al menos eso dicen los periódicos) y no fue un domingo, sino un sábado, pues así consta que fue el 12 de febrero de ese año en todos los calendarios. Otra cosa es el recuerdo. NIEVE Sólo nevó una vez. Era domingo. Tú llegaste a mi cuarto muy temprano. Yo corrí hasta el salón. Mis ojos no alcanzaban la ventana y tú me levantaste entre tus brazos. Y mira, me decías, mira el cielo. ¿Ves los copos minúsculos flotando por el aire, allá al fondo, en los tejados, cu...

Sobre el cultivo de cerezos

Esta noche he soñado que plantaba cerezos. Eran tiernos y leves como hojas de bambú. Yo cuidaba su tierra con esmero y ellos desplegaban su belleza de flores, la potencia futura de su abrazo y su sombra. Después se ha ido borrando con un fundido en blanco. Esta tarde, mientras trataba de acabar un nuevo poema ha venido el recuerdo de este sueño a sacarme de allí, de la agreste encrucijada de palabras y sílabas en que estaba metida sin remedio ¿Qué extraño vicio es este de sentarse a buscar una palabra -tan sólo una palabra- en medio de las miles que tiene nuestro idioma por ver si así logramos terminar aquel verso? ¿Qué absurda paradoja es este intento de tratar de decir lo máximo en el mínimo, lo indecible en lo dicho, lo inefable en un trozo de papel? Son tantas las combinaciones, tantas las posibilidades, que a veces cuando trato de escribir es como si tuviera que abandonar mi casa urgentemente y sólo pudiera coger un objeto: un súbito desasosiego me paraliza y te...

Andar con las manos en los bolsillos

Holgazaneo e invito a mi alma, me tumbo y holgazaneo a mi antojo… mientras observo una brizna de hierba veraniega. Walt Whitman – Canto a mí mismo Camino despacio por las calles recién estrenadas de enero. El sol apenas calienta, pero deslumbra. No es demasiado temprano. Sin embargo hay persianas que se levantan, patios recién fregados y rápidos transeúntes que acuden a sus trabajos. Yo acudo a algún recado que me he puesto a mí misma para salir a andar sin propósito alguno: las manos en los bolsillos, la pisada en sordina, los ojos en su deriva de colores y formas. Cuando era pequeña mi madre siempre me ordenaba que sacase las manos de los bolsillos . Y tampoco arrastres los pies , añadía de vez en cuando. Yo asumía el mandato como una más de esas órdenes adultas ( va, espabila, date prisa ) con las que nos enseñan a comportarnos, pero no lo entendía. Aún no sabía nada del tiempo y su valor, del prestigio del trabajo, de la necesidad de estar siempre ocupado y del abomi...

Mañanas luminosas de diciembre

Tras varios aguaceros, los días luminosos de diciembre amanecen más limpios, más brillantes: el aire recién lavado arrastra en su camino transparente olor a ropa limpia, a lentos desayunos junto a la estufa. Las calles están desiertas, congeladas, ni tristes ni alegres. Nada. Ni coches ni transeúntes. Pueden más el silencio y la quietud. Porque hay algo antiguo en los días festivos del mes de diciembre. Una mezcla de nostalgia y duración, de adiós y permanencia, una nítida conexión con el pasado que viene de la luz, de saber que esta luz estuvo siempre, de saber esta luz de una forma difusa y no verbalizable. Aunque a ratos lo intento: breves notas a mano en la libreta que siempre llevo encima (… estas luces de mayo: ¿desde cuándo? ...); esbozos de poema (¿ Hace el frío más nítidos los soles ?) o fragmentos de prosa inacabados: ¿Cómo no iba a intentar hacerla mía, evitar que se escape cada vez la blanca sensación que otorga a la mañana esta dureza arcaica, este sol que bendice? ¿C...

De los géneros

“El primer paso para orientarse o para cambiar una situación consiste en comprenderla y, consecuentemente, el más esclavo de todos los hombres siempre es el que ni tan siquiera sabe que lo es”  Josep María Esquirol, El respeto o la mirada atenta Nunca fui partidaria de las cajas cerradas, de los límites férreos, de esa absurda costumbre de clasificar y diseccionar la realidad para poder estudiarla. Más bien amiga de lo abierto y lo mestizo, de lo inexplicable, de lo mágico: del mar, de las canciones, de las risas inesperadas y de los amigos que no tienen nombre. Ahora, con las redes sociales y la profusión de la corriente informativa constante, todo parece moverse en ese lado de las cosas: todo mezclado, confuso, libre en apariencia, sumergido en orgiástica y benéfica armonía. Las líneas que dividen, las fronteras, se han ido disolviendo. Las cosas que vivían cautivas en un bloque se han mudado a otro sitio y van y vienen. No habitan en s...