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Escribir

I Entender el final de cualquier cosa es un acto complejo. Lo es aunque sepamos todo el tiempo que un final es lo único que se puede esperar de este principio de vivir en la más pura ignorancia. Así vamos borrando en soliloquio de palabras no dichas cada inicio posible ¿Para qué? Si todo está prescrito, si ya se nos dibuja el desenlace antes de haber soñado su comienzo. Pero a veces se impone, con el día quizás, con la semana, con el largo camino hacia algún sitio, con la mueca de herrumbre y desamparo que dibujan los rostros en el turbio cristal de sus anhelos, un vago espejismo de infinitud. La energía fugaz de ese relámpago es la causa y también la consecuencia de todos nuestros miedos. Y también de este afán que es escribirlos. II De pronto echo de menos el chute de energía de los primeros poemas, de los versos leídos en la adolescencia, cuando florecía ante mí, con toda su carga cinética, la magia de unos versos robados al sueño. A la luz de la lámpara velada se abría...

Camino del Far West

De nuevo en la estación. Es temprano y la vida apenas un rumor, callado útero sin tiempo y sin urgencia, un refugio sereno y confortable modelado en papel, hecho de nada. El tren avanza rápido. Un niño lo desliza encima de la alfombra y es mi hermano, yo leo en la penumbra del salón, a su lado, mientras suena el silbido sordo del café. Una hilera de almendros se sucede deprisa en la ventana: ciudades y polígonos, solares, granate desleído en humo gris y dos adolescentes que se miran a salvo mientras alguien los mira desde la ventanilla. Están llegando al andén donde el tiempo comienza a andar más rápido. Luego pasan, dispersos, un sinfín de vagones sin parada. Y el eco sin respuesta de los trenes perdidos. Una mujer se mira en el espejo. Es tarde y hay ojeras y surcos en la frente. Es tarde , se repite. Un tren cruza a lo lejos los cielos ya nocturnos. Un retorno imposible es su único consuelo. Mira el nítido gris del horizonte volándose en el humo del café y de los besos, de las ...

Primavera a destiempo

“La primavera florece mientras sus hojas caen. El otoño es, por tanto, una primavera. Todo el año es una primavera.” Henry D. Thoreau   Diario s I Y aunque es febrero aún, una no primavera se desanda silente entre los árboles, detrás de las ventanas, debajo de la piel, en el latido tenaz del corazón, en el silencio del cerezo dormido. ¿A dónde va ese polen que no preña? ¿De qué fuego remoto proviene este deseo que quema en pleno invierno? ¿Qué atávico mandato nos pone del revés cuando se viene un poco de calor a nuestros brazos? El mundo no responde, sólo ruge en las ramas, rebelde y   pajarero se columpia. Su calor y su sed, su sangre en vilo parecen a destiempo un nuevo renacer. II No anochece. Reverbera el jardín en los compases postreros de la tarde, no se siente la muerte en el silencio de la noche que arroja, prematura, su tiniebla en el campo. ¿Qué clase de espejismo desvela este latido? ¿Qué luna es el cuchillo que desangra   tanta...

Cosas de chicas

Mi abuela era modista. Cuando era pequeña me enseñaba a coser. Yo pensaba que aquello eran cosas de chicas antiguas: prefería correr, escribir, jugar a fútbol… Más tarde comprendí que eso de coser era una excusa para hablar de la vida, para ir hilvanando en el hilo común de nuestra historia un sinfín de relatos. Sentadas en el salón, madre, hija y abuela, hablábamos del amor, del tiempo o de la historia. Pero no de esa historia con mayúscula que nos cuentan los libros, sino de esa otra historia pequeña y sin nombre que ocurre cada día debajo de la piel, y es anónima y frágil, fugaz e irrepetible. Aprendí muchas cosas en esas largas tardes de costura o de cartas al calor de la mesa camilla. Cosas que no me enseñaban en el colegio: cómo suenan las bombas en un entresuelo de la calle Quart, el punto de cocción de algunos alimentos, qué era un estrafor y cómo se ponía para hacer dobladillos, el exceso de azúcar en los versos de Becquer o de Darío, y un sinfín de tragedias o glorias cot...

Los verdaderos domingos de la vida

  Ahora que termina el cumplimiento de la felicidad ya consumada, vuelve bajo la forma del recuerdo la esperanza que nunca nos defrauda, la flor de la promesa que era el sueño de la savia creciente en la semana. La sangre que pujaba en el deseo. Y los días de fiesta, que fracasan. Enrique Andrés Ruiz (Los verdaderos domingos de la vida) Camino despacio hacia la casa familiar. Es domingo. Y fiesta de guardar. El sol transparenta las hojas de las moreras, más intensas aún en su amarillo, recortadas en el cielo azul y frío de diciembre. Las calle está llena de gente, de destellos, de esa calma serena que tienen los días festivos, de ese silencio contenido en murmullo. Si alzo aún más la vista, me encuentro con la ventana del dormitorio de mis padres. He estado allí tantos domingos que mirarla desde fuera es también, inevitablemente, mirarla desde dentro. El sol alcanzando el alféizar, los azulejos del suelo, el banco qu...

Luz de noviembre en tres tiempos

I La luz que lava el frío de noviembre me sorprende en el tren de camino a Madrid. Es la luz insolente que corona y divide, que desnuda y delata y nos desvela que el mundo es esta clara aureola de tiempo donde bulle el minuto de luz en el que ardemos, un segundo de luz antes que el tren con su denso silencio y sus ventanas se interne en aquel túnel y nos anuncie su final de trayecto. II Es la luz evidencia o la luz bisturí, la que afila sus vértices en el frío invisible de noviembre. Podría distinguirla en cualquier sitio, y casi a cualquier hora. Es la luz que en los días laborables ilumina los parques donde aquellos ancianos alimentan palomas, es la misma que llena de esperanza y de fe al caminante que partiera en el alba y que a estas horas corona ya la cumbre, la misma que en los ojos espejo de la niña, la del iris tan negro, se refleja sin nombre y traza sombras de dragones y estrellas en las blancas paredes de su cuna. III Algunos domingos por ...