La primera vez que lo leí fue en un parque británico llamado Kings Park, cuando todos los libros aún estaban por leer. Me senté en la hierba. Abrí la primera página. Y no me volví a levantar hasta la última. Había terminado COU. Era verano. Y el tiempo parecía infinito. Ahora lo he vuelto a leer al compás de mis alumnos. De tarde en tarde, cuando las obligaciones me lo permitían. Lo he leído intentando ponerme detrás de sus ojos por ver si recuperaba el asombro de aquel verano mítico. No ha sido necesario. Los pensamientos de Augusto Pérez, los diálogos con don Fermín, con Víctor, con Orfeo o con don Miguel, sus cuitas amorosas, sus guiños y sus trampas, sus transgresiones , y sobre todo, su humor, parecían recién estrenados. Al fin y al cabo, ¿qué somos sino personajes de una novela o de una tragicomedia donde alguien –llamémosle destino, azar o dios- nos mueve a su antojo? Todos somos Augusto: paseantes sin rumbo que, enamorados de todo, andamos buscando al...
Blog personal de Lola Mascarell. Historias cotidianas, del aula a la poesía