nube

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miércoles, 19 de septiembre de 2018

Otoño en Windsor blanca sobre fondo negro


Vivir es frecuentar pequeños rituales. Liberarse de la incertidumbre con el salvavidas de la repetición. Al fin y al cabo, los ciclos de la naturaleza en cuyo baile vivimos se nutren de esos retornelos. Somos regreso, retornelo, repetición. Por eso buscamos insistir. Insistir en aquello que nos une al círculo y a la naturaleza, en aquello que nos recuerda que seguimos girando. Por eso adoro las rutinas, la repetición, los ritos. Y sus variaciones.
Uno de los más antiguos que recuerdo es el de acudir al cine cada otoño para ver la última de Woody Allen. Empieza el colegio, caen las primeras lluvias, estrenamos medias y botas, y vamos al cine para ver cómo se las ha ingeniado el genio este año. Recibir el otoño es, desde que soy adolescente, sentarme en el cine y sonreír mientras veo desfilar las palabras blancas con tipografía Windsor sobre el fondo negro a ritmo de jazz.
Tenía 16 años cuando se estrenó Poderosa Afrodita y me escapé una tarde al recién construido Centro Comercial de El Osito para verla. Desde entonces, cada año, en cuanto veo que se acerca el estreno, anulo todas mis citas y me precipito hacia el cine. Tan constante ha sido este rito, con tanta devoción y apego lo he mantenido a lo largo de mi vida, que puedo explicar toda mi biografía a partir de sus películas.
Últimamente, por razones cronológicas evidentes, me había dado por pensar que esto del estreno y el otoño no iba a ser para siempre y que algún día Woody Allen dejaría de hacer pelis. Siempre he pensado también que si dejaba de hacerlo sería porque estaría muerto. Lo que no podía imaginar, de ninguna manera, es que esa muerte la iban a provocar las falacias que mantienen en marcha el sistema neoliberal de los mass media, las estúpidas narraciones con las que los medios de comunicación consiguen hacer más rentable el circo de las verdaderas desigualdades, la fiesta y la carnaza del capital.
Hay una censura en la sociedad de ahora manejada por manos invisibles que está teniendo mucho éxito. A los poderosos no les conviene que pensemos, sino que actuemos gregariamente movidos por la causa que sea. Por eso las películas de Woody Allen son peligrosas, porque enseñan a pensar, a ver los matices, a liberarse del collar del pensamiento único y de lo políticamente correcto.
Este año tendré que conformarme con volver a poner alguna de sus pelis antiguas en el dvd y será un otoño peor, de eso no cabe duda. Como peor es el mundo desde que uno no puede expresar libremente lo que piensa por culpa de la falsa libertad de expresión que promueven las redes sociales. Y es probable también que llore un poco, de rabia y de impotencia, como Max Estrella. Lo que sí tengo claro es que si lloro, lo haré al ritmo de Stardust o de Gershwin, en blanco y negro, en plano a contraluz, en la ventana, mirando cómo cae la lluvia mansa, lenta, oscura, sobre cualquier rincón de Manhattan.


domingo, 9 de septiembre de 2018

Empezar V

Ahí los tienes de nuevo, y aquí tú:

los artesanos de lo etéreo,

nuestras alas de cera,

el canto dado a nadie

y porque sí.

Felipe Benítez Reyes

“Y entonces se produjo un encuentro con un profesor de literatura que estaba loco perdido. Tenía un aspecto alucinado, llevaba los pelos de punta, la cara casi de color azul, bizco. Iban juntos hasta el borde del mar y allí, a voz en grito, el profesor leía a Gide, a Baudelaire (sus pasiones, sus amores). Deleuze dice que se transformó, dejó a partir de ese momento de ser idiota. La enseñanza es un lugar privilegiado de contagio del deseo. (…) Un profesor especial, atípico, se convierte en un viento que barre toda la tontería.”
Maite Larrauri, a propósito de Deleuze y del Deseo


Ha vuelto el mirlo. Su sombra negra pasea por el césped buscando algún gusano que echarse al pico. Parece que nunca se hubiera marchado, que fuera ayer su canto diciéndonos la última lección de la primavera. Han vuelto muchos pájaros. Lo sé porque la música que llega de los pinos es distinta también esta mañana. Igual que la temperatura. Y el olor del jazmín tras la tormenta. Y la luz que dibuja rectángulos encima de la hierba. Ha llegado el momento: el campo nos lo dice con su idioma sutil, con su lengua de siglos.
Yo estoy afilando lápices. He volcado el estuche del año pasado sobre la mesa de la terraza. Allí están los bolis sin tapa y los rotuladores secos -ese pequeño ejército multicolor que me acompañará de nuevo-, las gomas de borrar, los pegamentos, las tijeras, las notas con corazones… Tirar lo que no sirve para empezar de nuevo. Buscar la continuidad en lo que permanece. Cada acto cotidiano encierra una lección que puede verse si uno se mantiene despierto. A eso aspiro en este curso que empieza: a evitar que se duerman en todos los sentidos.
Mientras tanto, los pájaros seguirán a lo suyo. Y el olor del jazmín. Y la luz del rectángulo en la hierba que atrapa mi atención esta mañana mientras limpio el estuche. Así quiero empezar este curso, sin grandes expectativas, con el único deseo de compartir algún tiempo y algunos conocimientos con un grupo de desconocidos que poco a poco irán dejando de serlo. Estar despierto, mirar alrededor, no esperar nada, asombrarse quizás, contagiar el deseo.
No se cómo explicarlo, supongo que la poesía no se explica. Igual que este rectángulo de luz, que atrapa mi atención esta mañana. Un rectángulo apenas sobre el césped, entre el níspero y el olivo, donde esa sensación de eternidad que raramente ocurre. Enseñarles al menos que la luz se evapora pero vuelve. Que el tiempo es limitado e infinito a la vez. Que a veces las palabras encierran sortilegios que nos salvan. Que después del invierno volverán a cantar todos los mirlos. Que la sombra que linda, la limítrofe, irá descomponiendo la limpia geometría de la luz. Y ellos me dirán: ¿y qué es limítrofe? ¿Y es linda porque es bella? Y yo contestaré con los adverbios. Será la sombra sí, por toda luz, pero antes, mientras tanto, todavía.