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domingo, 28 de mayo de 2017

El alma de los vilanos

“El sueño más cercano, se aleja incumplido”
E.D.


Algunos domingos, mientras mis padres dormían, yo me quedaba despierta en la cama, quieta, en silencio, mirando y fabulando con las cosas que había en aquel cuarto. Aún no sabía (o al menos no lo sabía de una forma consciente) que cuando uno se para o se detiene no sólo el tiempo se adensa, también la percepción se multiplica en un sinfín de planos, que sólo en la inmovilidad se aprecian realidades apenas perceptibles en el movimiento incesante de los días.
Aprendí a detenerme en las horas tempranas de aquellos domingos infantiles y quizá también a ver las cosas de otra forma: la temperatura en aumento de la luz filtrada por los vanos redondos de la persiana, su dibujo de burbujas encendidas flotando en la pared del cuarto, las extrañas siluetas que las cortinas y su estampado de flores adoptaban en el juego de las sombras, las interpretaciones de mi imaginación, los hilos de luz de mis pestañas... Y también el polvo, el polvo en suspensión iluminado, el oro del vacío.
No sé por qué me dio por pensar que aquellas pequeñas motas de polvo que flotaban encima de mi cama, brillando como ingrávidas piedras preciosas delante de mis ojos, no podían ser simplemente eso: motas de polvo. Así que me inventé que eran el alma de los vilanos que regresaba a mi habitación para decirme que todos los deseos que había pedido esa semana (porque en mi colegio era siempre primavera y los vilanos surcaban el patio a toda hora) estaban confirmados y vendrían temprano.
Fueron muchos domingos de fábulas y esperanza, de atenta observación, timoneados por un inexplicable optimismo. Luego el tiempo fue poniendo cada cosa en su lugar. Los deseos prosaicos (ser princesa encantada en un castillo, surcar el cielo a bordo de un blanco caballo alado, encontrar el tesoro de todos los piratas) se quedaron guardados y obsoletos en páginas de libros. Quizás porque sabían los vilanos que el tesoro no eran aquellas tonterías que pedía, sino esta prodigiosa sensación que es simplemente desearlos, traerlos al presente con palabras, el sueño de imaginarlos en la penumbra de algún cuarto, de ser capaz de verlos desde la quietud atenta.
Quizás la imaginación es un desván oscuro y cerrado con un agujero en la puerta por el que llega la luz o un cuarto de Nueva Inglaterra habitado por una mujer que escribe en su mesa vestida de blanco. Pero qué claridad. Y cuánto deslumbramiento.