nube

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lunes, 26 de diciembre de 2016

Mañanas luminosas de diciembre

Tras varios aguaceros, los días luminosos de diciembre amanecen más limpios, más brillantes: el aire recién lavado arrastra en su camino transparente olor a ropa limpia, a lentos desayunos junto a la estufa. Las calles están desiertas, congeladas, ni tristes ni alegres. Nada. Ni coches ni transeúntes. Pueden más el silencio y la quietud. Porque hay algo antiguo en los días festivos del mes de diciembre. Una mezcla de nostalgia y duración, de adiós y permanencia, una nítida conexión con el pasado que viene de la luz, de saber que esta luz estuvo siempre, de saber esta luz de una forma difusa y no verbalizable.
Aunque a ratos lo intento: breves notas a mano en la libreta que siempre llevo encima (…estas luces de mayo: ¿desde cuándo?...); esbozos de poema (¿Hace el frío más nítidos los soles?) o fragmentos de prosa inacabados: ¿Cómo no iba a intentar hacerla mía, evitar que se escape cada vez la blanca sensación que otorga a la mañana esta dureza arcaica, este sol que bendice? ¿Cómo no imaginarse en la continuidad de un ciclo en que la luz es lo que permanece? 
Quizás es que la maleza de los días con sus infinitas obligaciones no nos deja mirar, que bastan unas horas para limpiar la pátina gris que los días rutinarios van depositando en los cristales de la vida. O quizás es que el poeta no puede mirar las cosas sin interpretarlas. Tampoco importa demasiado: la luz que aún entra tímida por mi ventana, en este amanecer lento y callado de diciembre, me ha devuelto a ese instante de íntima conexión, la feliz paradoja de marcharse y volver concentrada en el sol que inunda el patio de manzanas, las ganas de alumbrar con las palabras esta suerte de estar, apenas una hebra en el ovillo infinito del tiempo: aquí, ahora, sorteando las sombras, rodeada de luz.



sábado, 17 de diciembre de 2016

De los géneros



















“El primer paso para orientarse o para cambiar una situación consiste en comprenderla y, consecuentemente, el más esclavo de todos los hombres siempre es el que ni tan siquiera sabe que lo es” 

Josep María Esquirol, El respeto o la mirada atenta

Nunca fui partidaria de las cajas cerradas, de los límites férreos, de esa absurda costumbre de clasificar y diseccionar la realidad para poder estudiarla. Más bien amiga de lo abierto y lo mestizo, de lo inexplicable, de lo mágico: del mar, de las canciones, de las risas inesperadas y de los amigos que no tienen nombre.
Ahora, con las redes sociales y la profusión de la corriente informativa constante, todo parece moverse en ese lado de las cosas: todo mezclado, confuso, libre en apariencia, sumergido en orgiástica y benéfica armonía. Las líneas que dividen, las fronteras, se han ido disolviendo. Las cosas que vivían cautivas en un bloque se han mudado a otro sitio y van y vienen. No habitan en su caja cerrada y separada: las cosas ahora habitan en el tránsito que enlaza esos cajones.
La idea parece interesante, enriquecedora y creativa, digna de aplauso ¡bien!, la señora que se quita el corsé y siente que respira: una bocanada de oxígeno con el que oxigenar lo arcaico y lo caduco.
Al fin y al cabo, también la poesía está en la prosa. El mismísimo Aristóteles lo suscribiría. La prosa, en la poesía. Pero ahora navegamos en aguas más procelosas: un grafiti es un poema que es un tuit y un aforismo, pero también un cómic (porque lleva imágenes) y el cómic también es una novela, y así hasta el infinito.
Un tema complicado, porque unas mínimas normas que respetar, unos límites en los que mecerse, unas pautas o un nombre que poner a las cosas evitaría la ceremonia de confusión en la que habitamos. Sin embargo, del otro lado, habría que decir que unas cadenas demasiado severas, evitarían la originalidad y la frescura de algunos nuevos géneros, aunque originalidad y frescura suenen a campaña navideña de perfumes caros.
¿No será que en su afán por devorarlo todo la máquina del capital está devorando también los géneros? ¿Debe la literatura agachar la cabeza y someterse a sus leyes y a su necesidad de que todo sea efímero para que así podamos seguir gastando y alimentando al monstruo del dinero? ¿No se esconde tras la actitud moderna y renovadora de los que quieren romper los límites, una actitud de sumisión mayor a las normas del Gran Capitalismo disfrazado con pieles de cordero?
La poesía en las redes, en las fotos de Instagram, en los perfiles de Twiter, en los blogs ultramodernos, en las webs superhipsters está muy bien porque acerca la poesía a todo el mundo y te hace sentir popular. La poesía y la manera de consumir que el capital nos manda: todo rápido, y fácil, y sobre todo, perecedero. Lo importante, no lo olvidemos, es seguir produciendo y consumiendo. Dicho a la manera de Ferlosio: mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Tres espacios vacíos


“…es la imaginación la que ha enseñado al hombre el sentido moral de los colores, de los contornos, del sonido y del perfume. Ha creado, al comienzo del mundo, la analogía y la metáfora. Descompone toda la creación y con los materiales amontonados y dispuestos según unas reglas de las que no se puede encontrar el origen más que en lo más profundo del alma, crea un mundo nuevo y produce la resurrección de lo nuevo”.
Charles Baudelaire – Salón de 1859

 Estamos frente al mar: acero y lino, una balsa de tiempo, gaviotas, cormoranes, erizos en el fondo, olor a fuel, a algas, y velas deshaciendo el horizonte. La playa en el invierno es siempre un lugar triste, un paisaje que alude a amores clandestinos, a viejos balnearios, a trágicas huidas, a gestos melancólicos, a valientes marinos fracasados. El vacío del mar es aún más vacío cuando falta el color, azul menos azul. Sin color y sin gente aumenta la sensación de estar dentro de una burbuja: lo móvil parece inmóvil. Siempre he pensado que la eternidad debe ser algo muy parecido a una playa en invierno.

La senda de Les Rotes a Molins tiene algo de atávico. El mar al fondo es cielo, se confunde con toda la grisura de estos días velados. Sin embargo, la vegetación reluce, lavada como está por la constante presencia de la lluvia. El barro es casi rojo en su contraste con los arbustos: enebros, margallones y lavandas surgiendo entre las rocas, rompiendo con color la irregular orografía del terreno. Algo antiguo, rupestre, milenario se escucha en aquel sitio. Aquí el espacio en blanco trae recuerdos de antiguos pobladores, de ritos y atalayas, de tálamos y torres, de caza y sacrificios a los dioses. No faltan construcciones que tratan de emular esas leyendas en los alrededores.


Las ruinas de la vieja urbanización abandonada conocida como El Greco se han ido incorporando a este paisaje de una manera extraña, quizás antinatural, pero en cierto modo lógica. A las faldas del Montgó, su vacío fantasma evoca otro tipo de historias más terribles, góticas. La bruma que rodea al gigante de basalto ayuda a completar esa atmósfera de muertos que regresan, de extrañas desapariciones, de gritos en la noche. Pero también se escuchan relatos de familias que se marchan, de pueblos que sucumben a la tiranía urbana.

A veces el paisaje nos dice lo contrario de lo que dice, evoca narraciones opuestas a su apariencia, a su auténtica formación. Lo que cuenta del incendio la ruta de Molins por la torre del Gerro es un débil testimonio de ramas secas, de árboles negros, ya casi inexistente. Los viejos apartamentos abandonados dicen algo de la especulación inmobiliaria de la zona, pero cuentan otras cosas ajenas a ese hecho. El mar en el invierno, liberado de los bullicios y del consumo y el comercio estival, no trae historias de calma y de sosiego, sino de galernas y naufragios, de pasiones y tormentas. Como una tablilla de cera, la imagen del paisaje espera que se deposite en ella el estilete de nuestra imaginación. Escribimos historias encima del paisaje. Y allí quedan las dos: un resto de verdad y dos partes de ficción que lentamente se irán incorporando a la verdad. A veces escribir es también observar y caminar.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Empezar III

Propuse a mis alumnos un comentario sobre esta sentencia de Santayana: “Los filósofos contemplan estrellas que se desplazan lentamente”. Uno de ellos entendió más que bien: “La filosofía –contestó- es una actividad inocente que busca explicarse las cosas con calma” Una actividad inocente. Qué fina o casual inteligencia.
Antonio Cabrera, El Desapercibido


En la calma del viernes, tras una intensa semana de retorno a las clases, consigo por fin dedicar la tarde a dos de las actividades, inocentes o no, que más aprecio: leer (en este caso el libro de prosas de mi amigo y colega Antonio Cabrera: El desapercibido, Pepitas de Calabaza) y escribir (actividad que también compartimos). Y digo por fin porque el resto de la semana me he visto inmersa en los laberintos burocráticos y organizativos de un principio de curso muy caluroso y repleto de trampas envenenadas como la que me ha tocado a mí: la Xarxa de Llibres, una buenísima idea de intercambio y reutilización de libros de texto cuya materialización práctica no ha resultado tan buena, convirtiéndose en una suerte de tortura sacrificial que yo, amante a partes iguales de los libros y de la redistribución de la riqueza, llevo con resignación y (espero que también) con bastante elegancia.
Embebida en el reparto y reasignación de libros, en el repaso de las listas, en la colocación de los volúmenes en las mesas de la biblioteca, en el intento de que los nuevos alumnos del instituto guarden cola y silencio mientras esperan su lote, en el transporte con carretilla de los mismos, apenas he podido disfrutar de mis primeras clases, esas en las que se cruzan las primeras miradas y se traman las primeras complicidades, las primeras frases de un diálogo que durará nueve meses y en el que ambas partes alcanzaremos un discreto o abundante (dependiendo de los casos) botín de saberes.
El caso es que esta mañana, liberada por falta de existencias (aún no han llegado los libros que faltan para completar el reparto) de las labores de la Xarxa, me he dedicado en cuerpo y alma a mis alumnos, esos que según las listas de los ránkings de los informes pisas y demás numerologías del Capital ni leen, ni se interesan por la cultura ni tienen ninguna inquietud, ni conciencia política, ni etcétera etcétera. De ahí el cariz noticioso de lo que paso a contar.
Pasadas las doce del mediodía, una alumna de Artes Escénicas de 4º de la ESO ha reconocido el dibujo de Paula Bonet que ilustra mi bolso y me ha contado con una sonrisa que había leído un libro suyo. Durante unos cinco minutos, aprovechando que los demás estaban ensayando una escena, hemos estado hablando de arte y literatura, de sus expectativas como dibujante y escritora. Al finalizar la clase, cerca de la una, otra alumna ha venido a recomendarme una obra de teatro: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. En el teatro Talía, me ha dicho, está hasta el domingo. Y no sólo estaba informada de otras obras de la compañía y de algunos detalles de su trayectoria, sino que dedica su tiempo libre a aprender interpretación, con muy buenos resultados por cierto, en una compañía dramática. Más tarde, cerca de las dos y media, y al borde del fin de semana, un alumno me ha pedido que le dejara el libro del que acababa de leerles un poema. La sonrisa que tenía al guardarlo en la mochila me ha dado ganas de regalárselo. Estábamos a punto de cerrar el instituto cuando otro, más tímido y ataviado con camiseta del Valencia CF, ha esperado a que todos se fueran para decirme que escribía canciones y fragmentos literarios ¿Te importaría leerlos y decirme lo que piensas? Y yo encantada le he dicho que los traiga cuando pueda. Y me he ido a casa contenta, pensando en todas las cosas interesantes que me quedan por hacer.
Por supuesto estos alumnos no son los únicos, son sólo el botón de muestra, la cosecha recogida en apenas dos horas. No creo que sea una cuestión de suerte: que los dioses me sean favorables cada año en su ración de alumnos con inquietudes culturales. Creo que se trata más bien de prestarles un poco de atención, de aprender a escucharles. Trascendente o no, posible o imposible, es una buena frase para empezar el curso: prestar un poco más de atención a los alumnos. No a sus resultados, no a sus momentos de flaqueza, no a las dificultades con las que se enfrentan debido a la profusión de estímulos audiovisuales en su día a día, no a sus limitaciones, no a los problemas que generan en el aula. Solamente prestar atención a lo que realmente les importa. “El mayor elogio que me dedicaron en toda mi vida fue cuando alguien me preguntó qué opinaba y esperó mi respuesta”. Lo dijo Thoreau en Una vida sin principios.

Que preparen los demás su ración de calabazas: yo prefiero contemplarlas así, desparramadas por el campo, en su desorden de verdes y naranjas, con las luces azules del cielo de septiembre enmarcando la escena. Y escuchar lo que quieren decirme. Y si puedo, enseñarles a verlas.



miércoles, 24 de agosto de 2016

La vida secreta de los objetos

     Hay un orden secreto que organiza las cosas, una disposición universal de cada objeto. Nos gusta pensar que somos nosotros quienes los hemos colocado en este o aquel sitio, pues eso nos afianza en nuestra ilusión de demiurgos, de escenógrafos de lo cotidiano. Pero la realidad -por lo menos esa forma de realidad que otorga la perspectiva del tiempo- nos enseña que son los objetos los que acaban eligiendo el espacio que quieren ocupar. Y lo siguen ocupando aunque nosotros nos obstinemos en cambiarlos de lugar.
     Hay un clavo en la pared de mi casa donde falta un cuadro. No sé quién lo ha movido, ni cuánto tiempo hace, ni siquiera qué imagen contenía aquel lienzo. Pero brilla el vacío de tal forma, se hace tan presente la ausencia de aquel cuadro, que algunas veces pienso que todavía sigue allí.
     Los objetos acaban ocupando el lugar que ellos quieren. Pero nosotros tratamos de llenar nuestro vacío  moviéndolos constantemente.
     Esta tarde, sin ir más lejos, he decidido ordenar el viejo costurero. La tarde –y por extensión la mesa- se ha ido llenando de palabras: strafor, hilván, aguja, jaboncillo de sastre, botón cleck, alfiler, cremallera, imperdible, presilla, festón, velcro y dedal. La idea de que aquello estaba así tal y como lo dejaste llenaba mi acción de una solemnidad extraña. El sol entrando por la ventana lateral y llenando la estancia de sombras subrayaba ese aire admonitorio.
     Fue tu último costurero. Antes de tener este solías utilizar cajas de galletas. Galletas holandesas de mantequilla. Y el que aún queda en la casa, reluciente, de pino, que había sido un regalo, no acababa de gustarte, no recuerdo por qué, supongo que carecía del olor remoto del azúcar, del recuerdo dulce de la mantequilla. O simplemente porque sabías que sería el último. Quién sabe.
     Lo que quiero decir es que he reordenado el costurero porque necesitaba utilizarlo y los carretes de hilo estaban enmarañados, las agujas hundidas en el alfiletero, a punto de perderse en su corazón de espuma. He cosido un bolsito con tu hilo y lo he vuelto a cortar demasiado largo y me he reído cuando se ha hecho un nudo por esta razón.
     Dentro de un par de semanas todo volverá a estar en su desorden mundano. Cada cosa en el lugar donde haya estado siempre, donde la cosa misma prefiera estar: los imperdibles perdidos en el fondo, las gomas recubriendo la caja de botones, mezclados los colores de los hilos...
     La semana pasada fue tu cumpleaños. Igual que los objetos que viviste, tu voz también perdura en los mismos lugares: sentada en la terraza, entrando a mi habitación por la mañana, debajo de aquel sauce que murió antes que tú. No sirve de nada ordenarlos: los recuerdos también habitan donde les da la gana.


viernes, 19 de agosto de 2016

CINE DE VERANO



Hace ya muchos años que las hierbas han llenado de duelo la explanada donde antaño poníamos los coches. Muchos años quizás, quizás milenios. La pantalla es ahora anuncio de unos grandes almacenes y los muros del bar son sólo ruinas. Hace ya tanto tiempo, que hubo algún verano en que los niños, ya casi adolescentes, saltábamos la valla para ver cómo era por dentro, si había algún resquicio de la magia que encendió la tramoya de imágenes y música que tanto nos gustaba, o simplemente por hacer lo prohibido. Había allí pedazos de revistas  y posters de películas, y colchones y latas de refresco y algún preservativo.

El sol se ha ido poniendo cada día tras la vieja pantalla, encendiendo la avena y los abrojos que asolan el solar. Fuimos felices en la doble sesión, comiendo pipas hasta ardernos los labios, acostándonos tarde, y felices después cuando buscábamos la sombra de sus muros derruidos para darnos un beso a salvo de miradas indiscretas.

Ahora cuando paso por allí, aún percibo el murmullo de los coches, y un pedazo muy vivo de esa dicha pasada perdura en ese sórdido lugar, rescoldo entre cenizas de grafittis, colillas y anuncios de fontanería.

Cuando sea mayor, pensaba entonces…


Qué extraña y qué veloz ha sido esta película.


sábado, 6 de agosto de 2016

El mar




¿Cómo pasan al poema las cosas que suceden?
¿Qué ocurre
después de la poesía
en el pino, en el huerto o en las rosas?


Antonio Cabrera, Corteza de abedul


    Ahora que ya marchan los vencejos y que unidos al giro de su grito se me vienen los versos que una vez escribiera; ahora que con ellos han volado los años que anunciaban al compás de su vuelo; ahora o quizás antes -porque todos los tiempos sucesivos se acaban confundiendo- comprendo que las cosas ya nunca son las mismas después de haber escrito sobre ellas.
    Tampoco tras leerlas pues se inscribe en la cosa real su copia en carboncillo, su tachadura métrica, su velo de papel: davant de la mar, un queda sempre amb un pam de nas. La mar és impintable, indescriptible, inaferrable, incomprensible i d’una indiferència total. Yo miro el mar a través de Pla. Lo miro cuando lo tengo delante y pienso en los adjetivos. Y también cuando no está. Lo miro cuando no está: pero los adjetivos siguen.
    ¿Cómo recuperar una visión limpia del mundo? ¿Una visión que no tenga sombras de lo que fuimos, de lo que leímos? ¿Acaso sería interesante esa visión? Una visión del mundo despojada de ecos, de lecturas, de recuerdos…
    Continuo en la playa. El niño está ahora delante de mí: se asoma al mar. Yo me asomo con él, voy de su mano. El mar, que está vacío de juegos anteriores, de natación, de veranos, se abre ante mis ojos repleto de emoción, pero sin música. Encanto sin palabras, sin anclajes, ¿existe la belleza sin esa red de experiencias trenzadas que nos va regalando la vida?
    No lo puedo evitar: de la mano del niño acuden unos versos de Carlos Marzal, están en el mar que yo contemplo, junto a los adjetivos de Pla, junto a las aventuras de Conrad, junto a las escenas de Banville… Junto a tantas miradas y palabras, junto a los mares de tantos, innumerables como las olas:


El mar y el niño se observaron tensos,
como las criaturas más salvajes.
Tanteaban sus fuerzas,
recelosos,
en una esgrima tácita.

Hasta que el niño desplegó su índice,
y al señalar el mar,
creó desde la nada el mar primero,
fundó desde su amor el horizonte.

Corrió el niño hacia el agua,
y el animal, sumiso,
lamió sus pies descalzos. Para siempre,
tomaron posesión uno del otro,
señores a la vez, mutuos esclavos.

Carlos Marzal. Ánima Mía

martes, 26 de julio de 2016

Chejov en Denia


El arte de escribir es el arte de observar. Hacer que lo que miras valga por veinte y que tu mirada convierta en novedad las cosas. Gran parte de la literatura del siglo XX, y en eso Chéjov es un adelantado, es contar qué pasa cuando no pasa nada, qué pasa en nuestra vida, qué pasa una anodina tarde de domingo. Se pueden inventar muchas cosas, pero contar lo más inmediato es un reto. Chéjov decía que hay que hacer poderosas las palabras humildes e interesante a la gente vulgar
Luis Landero, entrevista en Babelia, El País (2007)

     Leo nieves y estepas, deshielos en abril, escarcha y hojas secas en lejanas ciudades de nombres imposibles. Campesinos morados, ateridos, trabajando en la siega. Mujeres abrigadas con capa y con manguitos que anhelan mariposas y veranos. Leo taigas y lluvias, cazadoras de piel y bufandas de lana. La noche prematura, el vapor del samovar, el frío sin esquinas van llenando despacio mi imaginación.
     Un mujik de Dubechnia enciende la chimenea de su casa. Yo leo en la terraza de la mía -tirantes y sandalias, mosquitos y cigarras, 30 grados a la sombra- y pienso en la manera en que a veces las cosas se enlazan desde límites opuestos, lejanas conexiones de contrarios que le dan al presente un halo de irrealidad, una profundidad extraña. Chejov en Denia o un payés como Pla andando por Siberia.
     No es sólo el contrapunto en que se tensa nuestra sed de ser otros, de estar en otro sitio; es la magia de estar en el mismo lugar y en su contrario sin tener que moverse, sin tener que abandonar ninguno de los dos. Más que el punto concreto en que se unen, la mínima porción de su contrario que hay en todas las cosas.
     Al levantar la vista del libro, el paisaje solar, mediterráneo, que se extiende ante mí se ha transformado: entre las sombras tintineantes del algarrobo, contemplo a Mijail y a María Victorovna. Están dando un paseo, contentos de que al final, el verano se haya abierto camino. Acaban de mudarse a vivir al campo y están felices. Se sientan en la terraza. Él silba. Ella abre un libro. El tiempo se hace denso en su pequeña aldea. Parece que no suceda nada. 
    Aquí tampoco. El nítido compás de una mañana. Mi vida. La de Chejov. Apenas unos pájaros lejanos, el sonido suave de las teclas, el aire entre las hojas, las páginas de un libro.

lunes, 18 de julio de 2016

En torno a la misma idea


VERANO

Mediodía

Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,
el mar ensimismado,
el mar, a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
Ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.

Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.

(Idea Vilariño- La suplicante)

Volver a un libro es regresar a un reino perdido, a una patria que tuvimos que abandonar a toda prisa, de madrugada, apenas alumbrados por las antorchas; es como entrar de nuevo a una casa que nunca se terminó de construir; como meter la mano en un cajón que fue nuestro pero ahora es de otro; o volver a una playa sabiendo que las piedras que miramos el verano pasado se han llenado de arena. Es casi un sacrilegio, una profanación. Porque las cosas que pensamos al entrar en sus páginas seguían ahí prendidas, esperándonos. Pensamientos breves enhebrados al aire de su aliento, al hueco de sus letras. Algo de lo que fuimos permanece encerrado en ese lugar. Volver a leer un libro es reencontrarse, reencuadrarse, renunciar.
Yo he vuelto en estos días a Idea Vilariño. Siempre vuelvo. Aunque sólo lo hago cuando un excedente de alegría ocupa mi presente. Su poesía cruda, reveladora, despojada de artificios y adjetivos es lo más parecido a un puñetazo o a una bofetada, palabras que nos tambalean, que logran perforar el mar helado de nuestro interior, por usar la metáfora kafkiana.
Una metáfora, en cualquier caso, bastante oportuna ahora, por acuática, porque hay algo de agua en la poesía de Idea Vilariño, de caudal, de abrir las compuertas y dejarse ir. Como si no tuviera miedo de decir lo que otros tendemos a callar. Como si abriera el grifo de la expresión más radical, del pensamiento más desnudo y más insomne y lo dejara caer por campos y por valles, ligera, alegremente.
Pero no hay alegría en sus poemas. Hay bostezos de angustia, interrogantes, serpientes disfrazadas de oleaje, silencios y amenazas, y algunas breves rosas tan suaves y cuajadas de espinas. Pero hay también allí tanta verdad y tanta precisión, tanta belleza, que es difícil no volver. Es extraño, bastante extraño. Que dé placer lo que duele, O ¿por qué, contra vos mismo,/ severamente inhumano,/entre lo amargo y lo dulce,/queréis elegir lo amargo? También lo advirtió Sor Juana: extraño, pero nada nuevo, es no elegir lo más sano. La poesía nos cura con veneno.


lunes, 11 de julio de 2016

Acompañar

“Yo voy acompañando al árbol siempre…
Siempre voy paralelo al desarrollo del árbol… “.
Antonio López. El sol del membrillo.



De todo el léxico didáctico que nos acompaña a final de curso, momento de buenos propósitos para el año entrante y demás pamplinas burocrático-administrativas, me quedo con una palabra: acompañar. No creo que haya que hacer mucho más en el ámbito de la educación obligatoria. Acompañar al alumno mientras él va aprendiendo, mientras está en clase, mientras toma el almuerzo, mientras se angustia porque la chica del pupitre de enfrente lo ha rechazado, mientras golpea con fuerza la pelota para demostrar que es más fuerte que los demás, mientras pregunta a sus compañeros sobre cómo debería afrontar determinado problema, mientras se pelea con su memoria al intentar recordar la estrofa de una canción o las leyes de la termodinámica. Estar ahí, que sepan que estamos: mientras escribe su primer soneto y cree que el lenguaje se ha inventado para que él pueda escribir ese soneto, cuando se cae del árbol al que se había subido por ver si desde allí conseguía que la amiga le hiciera un poco más de caso, cuando descubre que para caminar hay que empujar el suelo hacia detrás, cuando ve en la palabra explayarse un eco del mar lamiendo las orillas del tedio mientras su profesor explica interminablemente la Guerra de la Independencia. Acompañar, estar ahí, prestar atención: escuchar sus historias, hacerles preguntas y caminar con ellos un tramo del camino. Ser testigos y poner a su alcance todas las herramientas del conocimiento que podamos. Por más que queramos enseñar, no enseñamos nosotros, aprenden ellos.

lunes, 4 de julio de 2016

Elogio del aburrimiento


Acostumbrados como estamos a deslizar el dedo por la pantalla del móvil mientras las imágenes y las frases ingeniosas llenan nuestro presente con su cháchara fácil y banal, metidos en la balumba de citas y programas y obligaciones múltiples (parrillas televisivas, clases de spinning, depilación láser…) apenas somos capaces de pararnos y contemplar, de advertir que lo que ocurre a nuestro lado es único e irrepetible. O peor aún, que eso maravilloso e irrepetible que pasa a nuestro lado deja de serlo en cuanto somos incapaces de prestarle atención. Que se nos pasa la vida enganchados constantemente a una infinidad de quehaceres inútiles. Que si lo piensas bien, hasta dan ganas de llorar.

Es como si todo el tiempo tuviéramos que estar entretenidos y ocupados. Como si esas horas de silencio y lectura o conversación, de estar sentados frente a un árbol, de sentir que el tiempo pasa despacio o que la lluvia moja ligeramente los campos resecos son una pérdida de tiempo. Porque no dan dinero, claro. Porque no dan dinero y porque forman parte de una estética alejada de la presente exaltación de la juventud, de la necesidad pueril de estar siempre ‘pasándolo bien’, que es lo que nos aleja de ese arma afilada y peligrosa que es el pensar.

Leía hace poco en una entrevista a George Steiner que los jóvenes no tienen tiempo de tener tiempo, que el temor al silencio los aleja del amor por la cultura y por el saber. Sólo desde el silencio del tiempo vacío se puede acceder a ese reino de difícil conquista, a ese mundo que solo unos pocos valoran como el tesoro que es: el mundo de la filosofía, de las palabras, del conocimiento, del análisis del comportamiento humano, de la búsqueda de la belleza, y tantas otras cosas a las que hemos dado en llamar cultura, arte, literatura.

Pero no sólo eso. Quizás mucho peor. No sólo hacen falta vacío y silencio para escribir o leer o para pensar, nos hacen falta para vivir. Silencio para sentir el leve crujir de las cigarras después de la siesta estival y comprender que el mundo gira siempre en la misma dirección y que ese regreso nos hace darle esquinazo a la muerte; quietud para escuchar las últimas gotas de la tormenta e intentar acomodar en su música el ritmo de nuestra respiración; tiempo para percibir la densidad de todo, el lujo de cada minuto, la celebración constante de la naturaleza y la unión de cada cosa con la otra; vacío para recordar lo que ocurrió ayer, para saborear el eco de los besos, el estremecimiento de unas buenas noches o para dejarse ir. Duración en sentido bergsoniano frente a tiempo en sentido capitalista, o como explica Juan Arnau en la Invención de la libertad: “la durée no es la suma de unidades de duración, no es un tiempo homogéneo, regular ni acumulativo; estamos en el ámbito de lo irrepetible”.


En el vacío del aburrimiento como camino a lo irrepetible es donde nacen los frutos menos aburridos.