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jueves, 8 de diciembre de 2016

Tres espacios vacíos


“…es la imaginación la que ha enseñado al hombre el sentido moral de los colores, de los contornos, del sonido y del perfume. Ha creado, al comienzo del mundo, la analogía y la metáfora. Descompone toda la creación y con los materiales amontonados y dispuestos según unas reglas de las que no se puede encontrar el origen más que en lo más profundo del alma, crea un mundo nuevo y produce la resurrección de lo nuevo”.
Charles Baudelaire – Salón de 1859

 Estamos frente al mar: acero y lino, una balsa de tiempo, gaviotas, cormoranes, erizos en el fondo, olor a fuel, a algas, y velas deshaciendo el horizonte. La playa en el invierno es siempre un lugar triste, un paisaje que alude a amores clandestinos, a viejos balnearios, a trágicas huidas, a gestos melancólicos, a valientes marinos fracasados. El vacío del mar es aún más vacío cuando falta el color, azul menos azul. Sin color y sin gente aumenta la sensación de estar dentro de una burbuja: lo móvil parece inmóvil. Siempre he pensado que la eternidad debe ser algo muy parecido a una playa en invierno.

La senda de Les Rotes a Molins tiene algo de atávico. El mar al fondo es cielo, se confunde con toda la grisura de estos días velados. Sin embargo, la vegetación reluce, lavada como está por la constante presencia de la lluvia. El barro es casi rojo en su contraste con los arbustos: enebros, margallones y lavandas surgiendo entre las rocas, rompiendo con color la irregular orografía del terreno. Algo antiguo, rupestre, milenario se escucha en aquel sitio. Aquí el espacio en blanco trae recuerdos de antiguos pobladores, de ritos y atalayas, de tálamos y torres, de caza y sacrificios a los dioses. No faltan construcciones que tratan de emular esas leyendas en los alrededores.


Las ruinas de la vieja urbanización abandonada conocida como El Greco se han ido incorporando a este paisaje de una manera extraña, quizás antinatural, pero en cierto modo lógica. A las faldas del Montgó, su vacío fantasma evoca otro tipo de historias más terribles, góticas. La bruma que rodea al gigante de basalto ayuda a completar esa atmósfera de muertos que regresan, de extrañas desapariciones, de gritos en la noche. Pero también se escuchan relatos de familias que se marchan, de pueblos que sucumben a la tiranía urbana.

A veces el paisaje nos dice lo contrario de lo que dice, evoca narraciones opuestas a su apariencia, a su auténtica formación. Lo que cuenta del incendio la ruta de Molins por la torre del Gerro es un débil testimonio de ramas secas, de árboles negros, ya casi inexistente. Los viejos apartamentos abandonados dicen algo de la especulación inmobiliaria de la zona, pero cuentan otras cosas ajenas a ese hecho. El mar en el invierno, liberado de los bullicios y del consumo y el comercio estival, no trae historias de calma y de sosiego, sino de galernas y naufragios, de pasiones y tormentas. Como una tablilla de cera, la imagen del paisaje espera que se deposite en ella el estilete de nuestra imaginación. Escribimos historias encima del paisaje. Y allí quedan las dos: un resto de verdad y dos partes de ficción que lentamente se irán incorporando a la verdad. A veces escribir es también observar y caminar.

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