nube

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viernes, 10 de agosto de 2018

Las nueve

La luz de las nueve sobre el mundo inventa las cosas de nuevo, las crea en su despedida: es la lucidez del enfermo antes de su desaparición. La verdad del color queda en suspenso durante las horas centrales, se desvanece su intensidad. Quizás porque el color nunca está quieto, quizás porque tan sólo es puro en su abstracción. La montaña a las nueve en los días de estío nos deja los colores verdaderos de las cosas: los verdes amarillos del algarrobo, los verdes grises del olivo, el verde azulado del romero. A las nueve de la tarde, quince minutos antes de la puesta de sol, todo se precipita hacia su mejor versión: los cardos se visten de una gama infinita de matices, desde el amarillo solar -casi fluorescente- de los cardos comunes, hasta el azul más violáceo del cardo yesquero, el rojo tierra de las hojas secas de la parra, el blanco verdoso y aterciopelado de las almendras entreabiertas. Yo estoy buscando hinojos: amarillo manchado de polvo contra el cielo poniente. Antes los veía a cientos. Casi no podía ver otra cosa. Ahora tengo la sensación de que cada vez hay menos. Por alguna razón que desconozco he sentido el capricho de oler una ramita. Supongo que buscando hinojos, afilo la mirada. Porque todo en el campo remite a otra cosa. Al detenerme para contemplar una orquídea silvestre (violeta desvaído casi rosa) a la que ya sólo le quedan dos flores, descubro una mata de manzanilla amarga, una hierba que este año estoy usando mucho para hacer vahos. Está completamente calcinada y seguramente ya no me sirva (el amarillo de su flor es casi un grano de café) pero saber que también crece en La Calderona, tan cerca de casa, me provoca una gran alegría. Al final de la senda nos espera la fuente de Potrillos. Es una fuente sin agua: ¿sigue siendo una fuente aunque no sacie la sed?.
El polvo de La Calderona es rojo y lo mancha todo, incluso el color puro de las nueve. Hinojo solitario: savia de infancia. Manzanilla de Mahón: campana del campo. Los nombres de las cosas revisten de sonido mi paseo. Nombrarlas es hacerlas mías durante unos instantes. Buscar maneras de llamar a las cosas que desconozco es como tratar de atrapar su color en un nombre. ¿Es el escritor alguien que trata de atrapar las cosas? ¿Es alguien que quiere fijarlas con la aguja de la escritura para que ya no puedan moverse? Delante de mí, una mariposa blanca.

domingo, 29 de julio de 2018

Bajo el sol


I
Y ahora bajo el sol parece tan sencillo dejarse ir, hacerse volumen con lo sólido y estar, tan sólo estar, callada, abierta a la evidencia de esta luz que es calor y que penetra,-no pensar, no elevarse, no salir- aferrarse a la entraña, estarse dentro, ser uno con la piedra, con el mundo, y escuchar las pisadas y sentir esta calma vacía y expectante de lo inmóvil.

II
Del sol nos reconforta esa extraña manera que tiene de posarse en las cosas más hondas. El sol en la dulzura y acidez de este trozo de melocotón que me llevo a los labios, el que cambia mi sed por la luz penetrada que ahora me penetra a mí también y me ciñe en su abrazo manso y breve, su frescura de luz sobre la arena.

III
No hacer nada. Flotar. Perseguir peces de colores mientras el sol irisa las aguas turquesas. Todo lo que se mueve compone una canción que nadie escucha. Las algas, por ejemplo, que se abren y se cierran al ritmo de las olas y se dan a los peces y al silencio del mar y al vagar de mis ojos que, durante unos breves segundos, se hacen algas también. Anémonas, padinas, posidonias. Se mecen. Nos mecemos. En un mismo silencio compartido.

IV
Que todo pasará. Y también este día glorioso de verano bajo un sol inclemente que no sólo ilumina, transparenta las cosas con su aguja de luz y las hilvana y atraviesa los días en la hebra de los tiempos sucesivos. Que también pasará la cierta percepción de este momento. Mas no su duración: vacío es el olvido, mi luz en un espejo. Cuántas veces el sol se ha enredado en la espuma de las olas que rompen en la orilla. Cuántas veces lo hará en las hojas en blanco donde sueño que escribo.


jueves, 19 de julio de 2018

Silbar



Y hoy todo lo daría
por ser una vez más la que camina
al son de su alegría sin cuidados,
la que pasa silbando y se le vuelan
los pies y la razón y el pensamiento,
aquella que se fue, que irá, que anda
sin tiempo entre las cosas
como si un viento fácil, imprudente,
la llevara más lejos de sí misma.

Mi madre me dijo el otro día que no le gusta la gente que silba. A mí me encanta silbar. No he querido profundizar en el desencuentro, pues supongo que a mi madre le gusto igualmente, por pura obligación familiar o costumbre histórica, pero la frase me ha hecho reflexionar sobre este acto irreflexivo que supone ponerse a silbar en algunos momentos. Me gusta recorrer los pasillos del instituto donde trabajo silbando a pesar de la mirada censora de algunos compañeros, silbar las canciones que suenan en la radio del coche, entonar canciones difíciles a golpe de chiflido supone un reto apasionante para mí. Creo que una de las mejores metáforas de la felicidad es la imagen de alguien caminando por la calle con las manos metidas en los bolsillos, el paso ligero y silbando. A veces hasta tomo prestadas las canciones silbadas por otros transeúntes y las traslado con mi propio silbido a otros lugares como un acto altruista de difusión musical. Supongo que el hecho de expulsar todo ese aire por la boca es una forma de aligerarse, de alegrarse, de volar. El fontanero que trabaja silbando parece que trabaje menos. En islas como La Gomera permite comunicarse de un lado a otro de la montaña. Y además, es la forma más certera que tenemos los humanos de acercarnos a esos pequeños dioses llamados pájaros.
Pero de todas las acciones que me gusta hacer silbando, la que prefiero por encima de todas, es la de ir en bici silbando. Porque volver a salir en bici es también, y sobre todo, volver a silbar. Es el nexo de unión que me mantiene en contacto con el camino. Y es que después de tantos meses sin coger la bicicleta, los caminos de siempre se nos antojan ajenos: el régimen de lluvias del invierno, los temporales, la muerte y nacimiento de las plantas conforman un paisaje distinto. El rosal que estaba siempre al girar la esquina ha desaparecido. Los campos de alcachofas que tanto nos emocionaron son ahora de almendros. Alguna máquina ha pasado para aplanar la senda lateral de la autovía, que parece distinta libre de piedras y hoyos. Sólo la luz no cambia, la luz y estas ganas de silbar, de repetir las mismas canciones cuando recorro los mismos caminos.  Casi siempre me vienen a la cabeza las notas de una de Manolo García: “Caminábamos y el calor del verano empujaba nuestro asombro…” Mientras la silbo, e incluso canto, asida al manillar, abandonada y feliz, recupero ese asombro perdido, y veo venir, volver hacia mí todos esos veranos, los veranos que todas esas notas me devuelven, y dicen todavía, y dicen mientras tanto, y dicen, sobre todo, levedad.


domingo, 8 de julio de 2018

Siempre recomenzando


“En cierto sentido, aquí interpreto mi vida, una vida con sabor a piedra caliente, que se ha llenado con los suspiros del mar y el zumbido de las cigarras que empiezan a cantar a esta hora. La brisa es fresca y el cielo azul. Amo esta vida de abandono y quiero hablar de ella con libertad: me otorga el orgullo de mi condición de hombre”.
Albert Camus – Nupcias en Tipasa



El tiempo gira. De nuevo empieza a asomarse el tiempo vacío del verano. Y con él, una actividad que he descubierto hace poco, pero que llena mis días estivales: escribir un diario.
Hace meses que estoy alimentando la idea de escribirlo. Meses en los que voy redactando frases sueltas o imaginando qué cosas haré para poder contarlas después. Imposible no reparar en la filigrana ontológica que supone este afán de vivir para contarlo. Y los ríos de tinta que se han vertido en torno a esta cuestión. Desde el honor de los héroes (lo que contarán de nosotros cuando estemos muertos, que seguro que es nada) hasta las redes sociales (lo que contamos de nosotros mismos para no aburrirnos o para no sentir que somos lo que somos: un puñado de nadies del que no ha de quedar nada). Porque a pesar de todas las certidumbres, a pesar de la ceniza y el polvo que nos aguarda, nuestra vida es al final lo que contamos de ella. Y si existe una mínima noción de infinitud en la finitud de nuestras vidas, se halla en los relatos que dejemos escritos o en aquellos que cuenten de nosotros los que nos sobrevivan.
No es el único beneficio de escribir un diario. Contar lo poco que ocurre en los días de verano, me invita a ver más o a ver mejor. Después de unos días escribiendo lo que pasa ya puedo decir que veo con todas las letras. El mirlo que durante un cuarto de hora se ha posado en el poste de la luz y ha estado deleitando al vecindario con su canto de despedida. Las hojas secas del nuevo brachichito. Las bandadas de aves que cruzan el cielo camino de quién sabe qué lugares escandinavos (adiós, les he dicho con la mano). La estrella (podría ser Venus) que brilla en el ángulo izquierdo del arco de mi terraza mientras anochece.
Me fascina pensar que esas cosas están ahí siempre. Que están ahí, aquí, todo el año sin que yo pueda verlas. La pátina que la rutina y el trabajo nos coloca en los ojos provoca una ceguera injusta y lamentable. Hoy ya puedo empezar a decir que he recuperado esa perspectiva, que ese enfoque del mundo sigue vivo, latente, tan cierto, tan verdadero, como la última luz que escapa al fondo del cielo. En la primavera de mis ojos, mi mirada rebrota, reverdece. Todo gira conmigo, siempre recomenzando.

domingo, 27 de mayo de 2018

Cosas que pasan


Hace días que no escribo. Días en que apenas anoto mentalmente versos o secuencias de palabras que al poco se convierten en alimento para el aire. O menos que eso. En nada. Proyectos de poema o de diario que mueren antes de ser siquiera concebidos.
Que yo no escriba no altera para nada el universo. Las cosas siguen sucediendo igual que siempre. Innumerables. En el campo los árboles se han llenado de nísperos y ruiseñores. Los días son cada vez más largos. Los alumnos de este curso empiezan a esfumarse como el vaho de un beso en un cristal. Cada tarde, regresan los vencejos al patio de manzanas. Hace ya algunos días que llevamos tirantes, pero aún no sandalias. El olor de las melias se ha atenuado. Persiste, sin embargo, ingrávido el violeta de tantas jacarandas. Y cuesta resistirse a la llamada de la exterioridad. Los insectos en cambio tienen otros deseos y atraviesan de noche las ventanas de nuestro dormitorio. Empieza a sobrar la colcha. La luz por las mañanas confunde al que madruga todavía. Y unas gotas de lluvia se evaporan discretas en la roja verdad de las cerezas. Hoy vuelvo a cumplir años.
Que yo redacte esto no altera para nada el universo. Pero hay algo al mirar por la ventana más intenso, más alto, más eterno después de haberlo escrito



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lunes, 2 de abril de 2018

Escribir


I
Entender el final de cualquier cosa es un acto complejo. Lo es aunque sepamos todo el tiempo que un final es lo único que se puede esperar de este principio de vivir en la más pura ignorancia. Así vamos borrando en soliloquio de palabras no dichas cada inicio posible ¿Para qué? Si todo está prescrito, si ya se nos dibuja el desenlace antes de haber soñado su comienzo.
Pero a veces se impone, con el día quizás, con la semana, con el largo camino hacia algún sitio, con la mueca de herrumbre y desamparo que dibujan los rostros en el turbio cristal de sus anhelos, un vago espejismo de infinitud. La energía fugaz de ese relámpago es la causa y también la consecuencia de todos nuestros miedos. Y también de este afán que es escribirlos.

II
De pronto echo de menos el chute de energía de los primeros poemas, de los versos leídos en la adolescencia, cuando florecía ante mí, con toda su carga cinética, la magia de unos versos robados al sueño. A la luz de la lámpara velada se abrían como flores misteriosas, palabras que en su ritmo parecían escritas para mí.
Ya no me pasa. O al menos no lo hace del mismo modo. El saber pinta vetas de marrón podredumbre en las flores más blancas, en el primer asombro de aquel primer poema que me desveló el mundo. Quizás por eso sigo escribiendo versos. La búsqueda carece de sentido al cumplir su deseo.

III
No hay vida sin palabras. No hay holgura de tiempo sin la blanca quietud de las palabras describiendo lo que pasa o quisiera que pasara.
No hay eco sin palabras. Igual que no hay montañas si los cielos no recortan, azules, la brutal lejanía de su cuerpo rodado, la gris emboscadura donde una vez quisiste dejarte a la deriva. Era verano. Y en el duro designio de la piedra se abrieron de repente tus palabras, la mullida penumbra de unos versos aboliendo la runa y la arenisca.
Quizás basta con salir afuera para encontrar la emoción de las palabras recién lavadas, gotas transparentes colgando de los pinos.
Escribir poesía es un estado de ánimo.
La confusión entre adentro y afuera es también un estado de ánimo.



viernes, 9 de marzo de 2018

Camino del Far West

De nuevo en la estación. Es temprano y la vida apenas un rumor, callado útero sin tiempo y sin urgencia, un refugio sereno y confortable modelado en papel, hecho de nada. El tren avanza rápido. Un niño lo desliza encima de la alfombra y es mi hermano, yo leo en la penumbra del salón, a su lado, mientras suena el silbido sordo del café.
Una hilera de almendros se sucede deprisa en la ventana: ciudades y polígonos, solares, granate desleído en humo gris y dos adolescentes que se miran a salvo mientras alguien los mira desde la ventanilla. Están llegando al andén donde el tiempo comienza a andar más rápido.
Luego pasan, dispersos, un sinfín de vagones sin parada. Y el eco sin respuesta de los trenes perdidos. Una mujer se mira en el espejo. Es tarde y hay ojeras y surcos en la frente. Es tarde, se repite. Un tren cruza a lo lejos los cielos ya nocturnos. Un retorno imposible es su único consuelo. Mira el nítido gris del horizonte volándose en el humo del café y de los besos, de las piezas de todo el universo de su infancia: un mundo en miniatura, seguro y confortable, donde nada pasaba salvo trenes y un pueblo del oeste y su cantina. Y unos árboles toscos y mellados. Y unos tipis con indios sonrientes. Las máquinas rugían con la voz de la niña que soñaba: pasajeros al tren, mientras movía la fila de vagones por la alfombra.
A veces le parece que podría volver, regresar a la infancia, que ese instante está pasando aún, igual que no termina de pasar junto al río la hilera de vaqueros a caballo ¿A dónde marcharían? ¿Habrán llegado ya?