nube

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lunes, 2 de abril de 2018

Escribir


I
Entender el final de cualquier cosa es un acto complejo. Lo es aunque sepamos todo el tiempo que un final es lo único que se puede esperar de este principio de vivir en la más pura ignorancia. Así vamos borrando en soliloquio de palabras no dichas cada inicio posible ¿Para qué? Si todo está prescrito, si ya se nos dibuja el desenlace antes de haber soñado su comienzo.
Pero a veces se impone, con el día quizás, con la semana, con el largo camino hacia algún sitio, con la mueca de herrumbre y desamparo que dibujan los rostros en el turbio cristal de sus anhelos, un vago espejismo de infinitud. La energía fugaz de ese relámpago es la causa y también la consecuencia de todos nuestros miedos. Y también de este afán que es escribirlos.

II
De pronto echo de menos el chute de energía de los primeros poemas, de los versos leídos en la adolescencia, cuando florecía ante mí, con toda su carga cinética, la magia de unos versos robados al sueño. A la luz de la lámpara velada se abrían como flores misteriosas, palabras que en su ritmo parecían escritas para mí.
Ya no me pasa. O al menos no lo hace del mismo modo. El saber pinta vetas de marrón podredumbre en las flores más blancas, en el primer asombro de aquel primer poema que me desveló el mundo. Quizás por eso sigo escribiendo versos. La búsqueda carece de sentido al cumplir su deseo.

III
No hay vida sin palabras. No hay holgura de tiempo sin la blanca quietud de las palabras describiendo lo que pasa o quisiera que pasara.
No hay eco sin palabras. Igual que no hay montañas si los cielos no recortan, azules, la brutal lejanía de su cuerpo rodado, la gris emboscadura donde una vez quisiste dejarte a la deriva. Era verano. Y en el duro designio de la piedra se abrieron de repente tus palabras, la mullida penumbra de unos versos aboliendo la runa y la arenisca.
Quizás basta con salir afuera para encontrar la emoción de las palabras recién lavadas, gotas transparentes colgando de los pinos.
Escribir poesía es un estado de ánimo.
La confusión entre adentro y afuera es también un estado de ánimo.



viernes, 9 de marzo de 2018

Camino del Far West

De nuevo en la estación. Es temprano y la vida apenas un rumor, callado útero sin tiempo y sin urgencia, un refugio sereno y confortable modelado en papel, hecho de nada. El tren avanza rápido. Un niño lo desliza encima de la alfombra y es mi hermano, yo leo en la penumbra del salón, a su lado, mientras suena el silbido sordo del café.
Una hilera de almendros se sucede deprisa en la ventana: ciudades y polígonos, solares, granate desleído en humo gris y dos adolescentes que se miran a salvo mientras alguien los mira desde la ventanilla. Están llegando al andén donde el tiempo comienza a andar más rápido.
Luego pasan, dispersos, un sinfín de vagones sin parada. Y el eco sin respuesta de los trenes perdidos. Una mujer se mira en el espejo. Es tarde y hay ojeras y surcos en la frente. Es tarde, se repite. Un tren cruza a lo lejos los cielos ya nocturnos. Un retorno imposible es su único consuelo. Mira el nítido gris del horizonte volándose en el humo del café y de los besos, de las piezas de todo el universo de su infancia: un mundo en miniatura, seguro y confortable, donde nada pasaba salvo trenes y un pueblo del oeste y su cantina. Y unos árboles toscos y mellados. Y unos tipis con indios sonrientes. Las máquinas rugían con la voz de la niña que soñaba: pasajeros al tren, mientras movía la fila de vagones por la alfombra.
A veces le parece que podría volver, regresar a la infancia, que ese instante está pasando aún, igual que no termina de pasar junto al río la hilera de vaqueros a caballo ¿A dónde marcharían? ¿Habrán llegado ya?

martes, 20 de febrero de 2018

Primavera a destiempo




“La primavera florece mientras sus hojas caen. El otoño es, por tanto, una primavera. Todo el año es una primavera.”

Henry D. Thoreau 
Diarios



I
Y aunque es febrero aún, una no primavera se desanda silente entre los árboles, detrás de las ventanas, debajo de la piel, en el latido tenaz del corazón, en el silencio del cerezo dormido. ¿A dónde va ese polen que no preña? ¿De qué fuego remoto proviene este deseo que quema en pleno invierno? ¿Qué atávico mandato nos pone del revés cuando se viene un poco de calor a nuestros brazos? El mundo no responde, sólo ruge en las ramas, rebelde y  pajarero se columpia. Su calor y su sed, su sangre en vilo parecen a destiempo un nuevo renacer.

II
No anochece. Reverbera el jardín en los compases postreros de la tarde, no se siente la muerte en el silencio de la noche que arroja, prematura, su tiniebla en el campo.
¿Qué clase de espejismo desvela este latido? ¿Qué luna es el cuchillo que desangra  tanta luz en las fauces del invierno? ¿Se abandonan los árboles a la flor sin saberlo o es la flor quien florece repentina tras el tronco ya ajado de su otoño? Pregunto y no hay respuesta. Tan sólo alumbramiento.

III
¿Y cómo detendremos esta savia?¿Qué dique de grisáceas conjeturas impondremos ahora a la pujanza del pétalo que asoma entre las hojas, si ya rompe la gasa en la madera que no perfuma aún el frío necesario?
Hay hilachas de humo imaginado deshaciéndose rojas en el cielo, burbujas del fervor con que la sangre se abandona a sus ansias de izarse contra todo. No crezcas para nada, le susurro a la nata del árbol y ella ignora. ¿Quién puede contener esta rotura? ¿Quién puede detener el falaz sortilegio de venir para irse?

No me escuchan las cosas. Prosiguen sus tareas. También mi corazón sigue a la suya. Sólo puedo callar y resignarme, sentir la brisa amarga sobre el rostro, escuchar, florecer. La vida es una eterna primavera a destiempo.

domingo, 28 de enero de 2018

Cosas de chicas

Mi abuela era modista. Cuando era pequeña me enseñaba a coser. Yo pensaba que aquello eran cosas de chicas antiguas: prefería correr, escribir, jugar a fútbol… Más tarde comprendí que eso de coser era una excusa para hablar de la vida, para ir hilvanando en el hilo común de nuestra historia un sinfín de relatos. Sentadas en el salón, madre, hija y abuela, hablábamos del amor, del tiempo o de la historia. Pero no de esa historia con mayúscula que nos cuentan los libros, sino de esa otra historia pequeña y sin nombre que ocurre cada día debajo de la piel, y es anónima y frágil, fugaz e irrepetible.
Aprendí muchas cosas en esas largas tardes de costura o de cartas al calor de la mesa camilla. Cosas que no me enseñaban en el colegio: cómo suenan las bombas en un entresuelo de la calle Quart, el punto de cocción de algunos alimentos, qué era un estrafor y cómo se ponía para hacer dobladillos, el exceso de azúcar en los versos de Becquer o de Darío, y un sinfín de tragedias o glorias cotidianas que ocurren a las chicas desde siempre: los hijos no nacidos de mis abuelas, la muerte de una hermana a la que su madre no pudo amamantar, el método anticonceptivo más antiguo del mundo (esto me lo debieron explicar también en clase de naturales mientras yo miraba distraída la peculiar anatomía de una mosca), incluso la mejor manera de limpiar una mancha de sangre en las sábanas.
Después seguí cosiendo. No he dejado de hacerlo. Me gusta tejer bolsos y flores y collares. Cuando tengo tiempo, generalmente en verano, enseño a mis sobrinas a tejer mientras hablo con ellas de cualquier cosa: de las historias que pasan en mi colegio, de nostalgias familiares o épicas domésticas, de amores, de deporte, de música o de libros, o de cuándo empiezan a crecernos las tetas a las chicas.
En clase voy cosiendo con el hilván invisible de las palabras: intercalo pedazos de mi vida al hilo de una frase, de un poema o incluso en medio de un comentario de texto. Siempre estoy buscando excusas para hablar de las cosas que realmente importan, de lo que ocupa nuestra cabeza y es además el motor del arte y de la literatura. Ayer pasé la tarde con dos antiguas alumnas hablando justamente de eso, de la vida: de bebés, de embarazos, de ciclos, de cambios de género, de cómo el tiempo lo cura todo, de educación, de sexualidad y de literatura.
Supongo que la madeja del tiempo ha dado un nuevo giro entre mis manos. Me parece lo más natural del mundo. Coser es comprender que en cada vida hay una continuidad, una cadena, un hilo y que lo contrario es parar, separar, interrumpir, la muerte. Enlazar las historias de nuestras bisabuelas a las nuestras, sumarse al flujo eterno de esos relatos, formar parte de él, continuarlo, es luchar por nosotras. Me gusta hablar con chicas y con chicos de esas cosas de chicas y de chicos por ver si alguna vez son las cosas de todos.


martes, 26 de diciembre de 2017

Los verdaderos domingos de la vida

 
Ahora que termina el cumplimiento
de la felicidad ya consumada,
vuelve bajo la forma del recuerdo
la esperanza que nunca nos defrauda,
la flor de la promesa que era el sueño
de la savia creciente en la semana.
La sangre que pujaba en el deseo.
Y los días de fiesta, que fracasan.

Enrique Andrés Ruiz
(Los verdaderos domingos de la vida)


Camino despacio hacia la casa familiar. Es domingo. Y fiesta de guardar. El sol transparenta las hojas de las moreras, más intensas aún en su amarillo, recortadas en el cielo azul y frío de diciembre. Las calle está llena de gente, de destellos, de esa calma serena que tienen los días festivos, de ese silencio contenido en murmullo. Si alzo aún más la vista, me encuentro con la ventana del dormitorio de mis padres. He estado allí tantos domingos que mirarla desde fuera es también, inevitablemente, mirarla desde dentro. El sol alcanzando el alféizar, los azulejos del suelo, el banco que mi madre ha puesto a los pies de la cama y un recorte muy breve de edredón. También el olor a ropa limpia, la brisa fresca y matinal que airea las habitaciones fatigadas de estufa. La música de un organillo lejano, las campanas anunciando la misa de las doce y el humo de la cocina. Un escalofrío de felicidad muy verdadero acompaña mis pasos hacia el portal iluminado. Porque todo parece detenido en el tiempo, como si siempre fuera a ser así, suspendido en una eternidad momentánea e intensa. El timbre, la voz de mi padre al otro lado, el ascensor que sube más rápido, las voces de los niños tras la puerta entreabierta. No importa si es mentira o si es fugaz. Estar aquí y ahora, sentir esta dulzura radiante y repentina, repetir para mí, mientras entro en la casa y recorro el pasillo hacia el salón, que estos, que son estos los verdaderos domingos de la vida.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Luz de noviembre en tres tiempos



I
La luz que lava el frío de noviembre me sorprende en el tren de camino a Madrid. Es la luz insolente que corona y divide, que desnuda y delata y nos desvela que el mundo es esta clara aureola de tiempo donde bulle el minuto de luz en el que ardemos, un segundo de luz antes que el tren con su denso silencio y sus ventanas se interne en aquel túnel y nos anuncie su final de trayecto.

II
Es la luz evidencia o la luz bisturí, la que afila sus vértices en el frío invisible de noviembre. Podría distinguirla en cualquier sitio, y casi a cualquier hora. Es la luz que en los días laborables ilumina los parques donde aquellos ancianos alimentan palomas, es la misma que llena de esperanza y de fe al caminante que partiera en el alba y que a estas horas corona ya la cumbre, la misma que en los ojos espejo de la niña, la del iris tan negro, se refleja sin nombre y traza sombras de dragones y estrellas en las blancas paredes de su cuna.

III
Algunos domingos por la tarde nos íbamos a la caseta abandonada que estaba junto a las vías del tren. Le llamábamos ‘El paraíso’. Desde allí, desde aquella periferia de la periferia urbana, veíamos pasar trenes mientras el sol caía detrás de nuestras cabezas. Era siempre noviembre. Nos gustaban las grúas, el cuento que inventaba las vidas de la gente que vendría a vivir a aquellas casas o el hilo de esas otras que latían detrás de las ventanas que se iban encendiendo contra el muro con el paso del tren ¿De dónde volvería aquella chica? ¿Qué vida le esperaba al otro lado? ¿Quién era aquel señor que contemplaba con gesto estupefacto nuestro barrio?
Hoy soy yo la que pasa, la que mira el lugar desde la ventanilla, la que vuelve de un sitio, la que mira con ojos encendidos nuestro barrio: ya no está la caseta, ni hay jóvenes sentados en los bancos, ni late en mis rodillas esa intensa emoción que consistía en correr muy deprisa al lado de los trenes con los brazos abiertos como aviones. Sólo la luz persiste. La luz y su recuerdo. Ahora ya la veo desde el tren.