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Profesores y alumnos

Todas las convicciones que uno ha levantado en el aire de la adolescencia se van desmoronando lentamente con el paso de los años. Las veces que juramos no ceder al desánimo, no comprar una casa, no vestir de corbata, no ponernos zapatos de señora, no entrar en restaurantes ni en gimnasios, no quedarnos callados, no mentir, no decir ‘encantada, buenas tardes’, no fingir ser simpática, no aguantar más de un grito, no dormir sin amor. Dijimos que no a todo: a la comodidad y a la burguesía, al empleo fijo, a los viajes comerciales, a las agendas, a los lápices afilados. Dijimos que no a las pautas del papel pautado donde la gente que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico es la misma que necesita darse citas precisas para verse. Nosotros no estaríamos ahí. Nosotros los del nunca, los del ya, los del no. Nosotros los del todo, los del salto, los del globo repleto de pintura en la mochila. Nosotros que juramos quedarnos en el fuego, igual que en el poema de Alexandre, ardiendo en cualqui
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Alas para volar

Uno de los grandes tesoros de la infancia es la capacidad de ver unas cosas a través de otras: adivinar trenes en las cajas de cerillas, hacer volar palomas en las sombras de unas manos, o intuir monstruos tras las puertas del armario en noches de tormenta. Luego la edad adulta nos va inyectando su dosis de realidad y las metáforas se convierten en un simple divertimento intelectual. Entendemos que una cosa se pueda parecer a otra, pero somos incapaces de verlo -como decía Ortega- al través. Las cosas se nos van volviendo literales como los frutos que caen en otoño del árbol. El poeta intenta mantener la mirada del niño despierta para poder escribir, para que las metáforas no vengan mediatizadas por la razón y por tanto sin vida. Alimenta su fe como quien da de comer a las palomas. El poeta admira al niño porque sus metáforas están vivas y trepan por las paredes como enredaderas llenas de savia. El profesor, sin embargo, se siente incapaz de hacerlas crecer. La educación con sus inerci

Sabor

El 20 de agosto mi tía Antoñita preparaba helado de mantecado con crocanti. Era uno de los muchos manjares que se cocinaban para celebrar el cumpleaños de mi abuela. Granizados, fartons, tartas de limón con merengue, emparedados de atún con tomate, embutido y habitas, cocas de pisto, dulces de anís… Mi abuela era la mayor de cinco hermanas, la g ran matriarca de la familia. La única mujer que no había trabajado fuera de casa. Su misión había sido cuidar de todos los que sí salían a trabajar. Y también de mí. Era la hermana mayor, la madre, la abuela. El 20 de agosto nos juntábamos todos en el chalet alrededor de varias mesas improvisadas con caballetes y puertas de madera. Los niños nos bañábamos en la piscina mientras los mayores tomaban sus cervezas y contaban anécdotas. A veces se sacaba una guitarra. A veces un juego de mesa. A veces había globos y cucañas. Mi abuela y sus hermanas se sentaban en un extremo del jardín y posaban para las fotos. Todas con sus babis de flores. Cuando

Vista

Son las ocho y media de la mañana. El hibisco de al lado de la terraza tiene dos flores que comienzan a abrirse. Pienso que podría sentarme frente a ellas y contemplar el tránsito. Sentarme y mirar cómo se desenvuelven sus pétalos, cómo se dan a la luz. Meditar debe ser eso. Coger una silla, sentarse y contemplar la lentitud, hacerse uno con ella, desaparecer. Desde aquella mañana de verano en que mi abuela extendió su dedo dirigiendo hacia ellas mi vista y mi atención, las flores del hibisco son para mí un símbolo de lo efímero, una alegoría del verano. Mira, me dijo, ¿Has visto esas flores rojas? ¿Sabes por qué les llaman ‘flor de un solo día’? , pues eso porque se abren por la mañana y por la noche, mueren. Después se quedó mirando la mata como quien no ha dicho nada, como quien piensa que las flores no son más que flores, sin connotaciones ni monsergas, y se marchó a seguir con sus cosas. Yo me quedé un rato delante de la flor antes de meterme en la piscina, admirando su estallido

Piel

La verdad de la piel reaparece en verano con una claridad que nos desarma. Su mandato sin ley nos hunde en la penumbra del deseo: el mínimo temblor de esa brisa serena que llega en la mañana y nos hace buscar en la sábana muda el perdón de su amparo. La piel que es la memoria de otras pieles y a la vez nada sabe, porque es como una niña que reclama su ración de caricias. Agua fría de mar,  arena entre los dedos de los pies, abrazo de toalla, el tacto de la piedra junto al río, el roce de la sábana, los hombros, la cintura, las cosquillas. El tacto que es el gran desconocido. Y que nos desconoce. Pues solo se puede tocar la piel ajena con nuestra propia piel. La piel que nos reclama, la piel que deseamos, tiene el tacto de nuestros propios dedos, la textura de nuestras manos. La suavidad, una quimera. Imposible saciar el afán de mecerse en otros brazos, pues de allí procedemos, de la cuna matriz, del brazo rama, del otro corazón en nuestro oído. El amor es la piel, es el contacto

Sonidos

Si fuera posible, me gustaría poder escribir un poema sobre el sonido que emite la judía  ferraura  al romperse en una mañana de julio. El baile de las manos que las parten sobre la mesa de mármol mientras el calor avanza como una promesa. Quien dice  ferraura  dice  rojet  o  perona . Y dice también  si fuera posible . Porque se puede escribir un poema sobre el sonido de las hojas al caer en el bosque, sobre el murmullo de la fuente fresca al bajar de la montaña y brotar del caño, sobre el zumbido insidioso de algunos insectos, incluso sobre el ruido de las motocicletas. La explosión húmeda y contundente del primer chapuzón en las aguas azules, la música de la radio de los vecinos repitiendo los éxitos del verano, las voces en sordina de los niños que juegan en la orilla. Cigarras y grillos, ranas, verbenas, oleaje y tormenta. El verano tiene sus propios sonidos –el silencio insondable de la siesta, el pizzicato de pelotas de goma sobre las paletas de playa, diálogos de película en u

Olores

Hay olores que pertenecen al verano de una forma tan rotunda que dudo que se puedan percibir con nitidez fuera de esta época del año. El baladre después de un día de intenso calor, el Aftersun sobre la piel quemada, la tortilla francesa a las nueve de la noche, las brasas, el gasoil de las motos, la leve humedad de las toallas de rizo, el cloro de la piscina, el jazmín, el galán de noche, los primeros  pespuntes de la madrugada sobre el cielo de agosto, la hierba recién cortada, la vaharada tóxica pero necesaria del Aután, del Flit o la Citronella, la tapicería recalentada del coche al volver de la playa, la goma de las gafas de bucear, la crema solar mezclada con arena, las algas acumuladas en la orilla de cualquier cala, la avena seca que cruje en los márgenes de las sendas, el champú en el pelo recién lavado, la piel desnuda y caliente después de un día de sol, los cítricos de un cóctel, las sábanas tendidas secándose al aire libre que es el tiempo vacío y que se abre en el firmame