nube

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lunes, 17 de julio de 2017

Ordenando papeles


Adolescente fui en días idénticos a nubes,
cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
y extraño es, si ese recuerdo busco,
que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

Luis Cernuda, Donde habite el olvido

Es una tarde de domingo de 1994. La chica está en su casa con los deberes sin hacer. Han cambiado la hora, y anochece muy rápido, y una nostalgia densa, irrespirable, anida en su habitación, junto al flexo naranja. No ha sido capaz de encontrar una excusa para bajar a la calle. Afuera están las cosas que desea. En su carpeta, fotografías de Kurt Cobain, portadas de los Led Zeppelin, mandalas coloreados con ceras Manley, dibujos a medio hacer y entradas de discoteca. Como el tiempo no pasa de ninguna manera  y en su cuarto vacío apenas pasa nada, decide llenar su soledad escribiendo en un folio todo lo que le ocurre. Es algo, por otra parte, que le pasa bastante a menudo.
Ha leído a algunos autores, pocos; ha sentido vivamente la dentellada del desamor, porque el mordisco del desamor no entiende de edades ni de experiencias; le preocupa lo que ocurre en su entorno y le gustaría hacer algo por cambiarlo. Las ideas bullen en su cabeza. Y ella escribe, y piensa, y mira sus recuerdos, los del escaso tiempo perdido -a sus ojos tan vasto-, sus minutos volados convertidos en fotos y en billetes de metro y en frases garabateadas en servilletas y en rosas disecadas colgadas en la pared.
Al final de la tarde, guardará sus papeles en la carpeta, mezclados con los apuntes del Romanticismo tardío y el cuadro de los pronoms febles. Y es probable que piense que todo aquel caudal de letra impresa es un tesoro. Tal vez imagine a la mujer que unos años más tarde mirará esa carpeta, riendo al encontrar las cuentas de los días, las agendas, los flyers, las revistas…
Hoy ha sido esa tarde: papeles llenos de frases, dibujos que auguran el futuro, la balumba de números, de cuentas y de días, los tachones, las notas, las canciones, las cartas, los listados, los deberes de mi madre, las manualidades. Hay cajas infinitas con pines y con piedras, con folletos de viaje, con periódicos viejos, con apuntes de física, con collares y cuentos y novelas. Y sobres vacíos. Y folios vacíos. Y cartas sin enviar.

Ahora es la mujer quien mira a la muchacha. Frente a ellas: un abismo de fechas y papeles, una pira de nombres nunca dichos, carpetas y carpetas donde seguir guardando las huellas de este miedo, de este miedo vacío, interrogante.

lunes, 10 de julio de 2017

Escribir por la mañana

“… es la mañana lo que nos hace creer. Siempre hay que partir al alba cuando se camina. Para acompañar la salida del sol. Y en  esa hora indecisa, en esa hora azul, se siente como el balbuceo de la presencia. Andar por la mañana significa reconocer la pobreza de nuestra voluntad, en el sentido de que querer es lo contrario de acompañar”
A propósito de Thoreau, Frédéric Gros, Andar una filosofía.

El aire de las cosas aún no hechas se mueve entre las copas de los pinos. Es una brisa fresca y olorosa que despierta a las ramas con su canto de siglos. Es el mismo de todas las mañanas y es siempre distinto. Los pájaros dormidos asisten a este rito, lo cantan, lo celebran en un idioma indescifrable. Todo parece ordenado y limpio, azul clarísimo, casi blanco. Atrás queda el desorden de la noche turbia, de los sueños y las sombras acechantes, atrás queda el silencio de las horas dormidas. Cantar es celebrar que todo empieza de nuevo y que se abre ante nosotros la ilusión de un nuevo principio. Por eso escribo de día.
No es una cuestión de contrarios, sino de contrapuntos. Tras la noche del tiempo lectivo, la luz de los días en blanco; tras el mudo desconcierto de las sombras, la agudeza implacable del sol; tras la quietud, el transcurrir del tiempo.
Suenan los primeros compases en la partitura del día. Efervescencia de trinos en los árboles: música de la mañana. El zureo en cascada de las palomas es la base del tema. El sonido de las teclas de mi ordenador, su percusión. Y el mirlo que se impone como el gran solista.
Escribo por las mañanas porque todo despierta conmigo, también las palabras. Porque quiero cantar a lo que empieza, a lo que no termina, a lo que gira. Escribo por las mañanas porque la luz, por el todavía, porque no encuentro mejor manera de acompasarme al mundo, de acompañar al mundo y desprenderme del yugo de la voluntad, del lastre del deseo. Escribo por las mañanas porque estoy despierta y eso me permite estar atenta a todo lo que pasa.
Después levanto la cabeza del ordenador y miro. Una hoja de níspero ha caído sobre la hierba húmeda. Ha hecho un sonido sordo y seco, como si concluyera el primer acto.

domingo, 28 de mayo de 2017

El alma de los vilanos

“El sueño más cercano, se aleja incumplido”
E.D.


Algunos domingos, mientras mis padres dormían, yo me quedaba despierta en la cama, quieta, en silencio, mirando y fabulando con las cosas que había en aquel cuarto. Aún no sabía (o al menos no lo sabía de una forma consciente) que cuando uno se para o se detiene no sólo el tiempo se adensa, también la percepción se multiplica en un sinfín de planos, que sólo en la inmovilidad se aprecian realidades apenas perceptibles en el movimiento incesante de los días.
Aprendí a detenerme en las horas tempranas de aquellos domingos infantiles y quizá también a ver las cosas de otra forma: la temperatura en aumento de la luz filtrada por los vanos redondos de la persiana, su dibujo de burbujas encendidas flotando en la pared del cuarto, las extrañas siluetas que las cortinas y su estampado de flores adoptaban en el juego de las sombras, las interpretaciones de mi imaginación, los hilos de luz de mis pestañas... Y también el polvo, el polvo en suspensión iluminado, el oro del vacío.
No sé por qué me dio por pensar que aquellas pequeñas motas de polvo que flotaban encima de mi cama, brillando como ingrávidas piedras preciosas delante de mis ojos, no podían ser simplemente eso: motas de polvo. Así que me inventé que eran el alma de los vilanos que regresaba a mi habitación para decirme que todos los deseos que había pedido esa semana (porque en mi colegio era siempre primavera y los vilanos surcaban el patio a toda hora) estaban confirmados y vendrían temprano.
Fueron muchos domingos de fábulas y esperanza, de atenta observación, timoneados por un inexplicable optimismo. Luego el tiempo fue poniendo cada cosa en su lugar. Los deseos prosaicos (ser princesa encantada en un castillo, surcar el cielo a bordo de un blanco caballo alado, encontrar el tesoro de todos los piratas) se quedaron guardados y obsoletos en páginas de libros. Quizás porque sabían los vilanos que el tesoro no eran aquellas tonterías que pedía, sino esta prodigiosa sensación que es simplemente desearlos, traerlos al presente con palabras, el sueño de imaginarlos en la penumbra de algún cuarto, de ser capaz de verlos desde la quietud atenta.
Quizás la imaginación es un desván oscuro y cerrado con un agujero en la puerta por el que llega la luz o un cuarto de Nueva Inglaterra habitado por una mujer que escribe en su mesa vestida de blanco. Pero qué claridad. Y cuánto deslumbramiento.


domingo, 30 de abril de 2017

Diarios



“Días buenos en los que apenas he hecho nada. Días de los que, si yo fuera a vivir quinientos años, obtendrían un notable. Pero, como no es el caso, entran prisas de no sé qué”
Iñaki Uriarte - Diarios (Tercer volumen)

Escribir un diario. Hacerlo a mano. Venirse a la mesa de la terraza y afilar el lápiz: el que blanden mis dedos contra el blanco pautado de la libreta y el de la memoria, que es menos afilado pero más sólido.
Escribir: Huele a azahar de una forma tan intensa que a veces hasta hiere. Las palomas zurean en los pinos. Un puñado de nísperos madura bajo el sol. Después dibujo el punto y levanto la vista de la libreta.
Recordar: A veces mirar es sólo reconocer. Comprobar el hilván que enlaza en su transcurso escenas repetidas, momentos ya vividos, como si este paisaje cerrado que se abre ante mí contuviera en su breve parpadeo un ápice de eternidad.
Regreso a la libreta. Hace ya tanto tiempo que no escribo a mano que me cuesta relacionar lo que pienso con lo que garabateo, la danza de mi mano con el fluir, siempre un poco entrecortado, de mi pensamiento. Si escribir es una forma de pensar, supongo que no pienso de la misma forma si escribo a mano o a máquina.
Estos días estoy leyendo los Diarios de Iñaki Uriarte. Son entradas breves pero intensas. Se abren en el pensamiento después de leerlas. Me gustan y me conmueven. Por eso he dejado el libro en la hamaca y me he venido a la terraza a escribir la primera página de mi diario.
Mañana estará en blanco porque me olvidaré o no tendré tiempo.
Pero ahora hace sol y el tiempo es feliz y vacío.
¿Por qué escribo? Sólo quiero levantar acta. Quedarme a vivir un rato en esta duración.

jueves, 6 de abril de 2017

Silencio


“Y ahora entra en escena otra vez el silencio, su majestad el silencio, el que a veces te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, el urdidor de equívocos, de esperanzas, de angustias, de culpas, de las más fantásticas sugerencias o hipótesis, espada que hiere y elixir que alivia, cornadas de grillo que a veces son mortales,  escaparate y trastienda donde ocultarse o exhibirse, albergue donde descansar y laberinto en el que extraviarse, el comediante de las mil caras, (…) el que con más secreta elocuencia nos define, porque tanto o más que por nuestras palabras los demás nos conocen e intuyen por nuestros silencios”
Luis Landero
La vida negociable

Por mínimo que sea, un silencio contiene siempre un cosmos inabarcable de significados, un frágil universo de hechos y omisiones, un aleph de posibilidades truncadas. Las cosas que el silencio contiene acaban deshaciéndose en el vaho de los días, ruedan por las escarpaduras de nuestra común historia y desaparecen doblemente al no merecer siquiera la gloria de ser dichas. Un pensamiento que no es un pensamiento. Un deseo. Un proyecto. Un bosquejo. Una cita. Sin embargo, porque siempre hay un sin embargo, a veces en vez de borrarlas, subraya con más ahínco las cosas que no decimos, las graba en la garganta de nuestra mudez, en el gran altavoz de la conciencia. Las palabras que nunca dijimos, como en un tango o un bolero.

Hoy habito ese silencio. Pero no me refiero a ese sosiego momentáneo derivado del acto -siempre silencioso salvo por las teclas del ordenador- de escribir, ni a ese otro trágico y poético lleno de preguntas y desgarradoras dudas, sino a uno simple, prosaico, cotidiano, impuesto por imperativo médico: una afonía severa me impide impartir mis clases y mantener mis habituales charlas. Ni cantar en la ducha, ni enrollarme más de la cuenta en la cola de la pescadería, ni soltar mis ocurrentes y divertidas bromas  a diestro y siniestro. La vida transcurre apacible, claro, porque escribir y leer son acciones que prefiero y que a su vez prefieren el sigilo y la calma, pero a veces me siento indefensa: abro la boca y no sale nada, apenas un hilillo roto, y paso las horas sin decir ni pío, y al caer la tarde recuerdo cómo era mi voz y me lleno de nostalgia.


A ratos me consuelo imaginando cómo era mi vida antes del silencio. Me veo en la tarima explicando a mis alumnos con voz grave los interesantes capítulos de la literatura última o recitando unos versos ante un auditorio lleno de público arrobado. Me contemplo sumida en largas conversaciones filosóficas, esgrimiendo argumentos irrebatibles, irrefutables, luminosos... Y también cantando con la guitarra ante un estadio de fútbol atestado de fans. Otras veces, me consuelo con cosas más sencillas, como escribir esta entrada para poder decir en silencio lo que mi voz no puede decir en voz alta. O me permito deambular sin rumbo por las calles mientras el sol se pone y corona a la vez las crestas de los edificios. O me quedo mirando cómo brotan las caléndulas que acabo de plantar. O siento esa concordia del patio de viviendas cuando al caer la noche se encienden las ventanas. Son cosas muy sencillas, como lavarse la cara y aspirar el aroma del jabón, como mirar las flores y simplemente olerlas. Al fin y al cabo, ellas también habitan conmigo este silencio repleto de significados.