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Adelfas

De repente es verano. Mientras desayunamos, me quedo mirando la adelfa que crece tras el arco de la terraza. El leve movimiento de sus hojas contra el cielo recién amanecido. Creo que la adelfa es la planta más típicamente mediterránea que conozco, más que el naranjo o la palmera. Si tuviera que elegir una planta como emblema del Mediterráneo, la elegiría a ella sin ninguna duda, aunque la llamaría baladre, que es más valenciano. Si echo la vista atrás, puedo decir que el baladre está presente en todas las escenas de todos mis veranos desde la más tierna infancia. Cualquier chalet que se precie, cualquier medianera dignatiene que contener, aunque sea, un ejemplar de adelfa. 
Sin embargo, no siempre le he tenido cariño. Su fama venenosa y mi tendencia infantil a la ficción trágica, me hicieron odiarla cuando era niña, tanto, que una vez me caí de la bici encima de una de ellas y estuve todo el día pensando que me iba a morir. Tampoco le tengo mucho cariño a las flores, que se me antojan…
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Mujercitas

La primera vez que leí Mujercitas, debía tener ocho o nueve años. Como estaba lloviendo mucho no nos habían dejado salir al patio y tuvimos que refugiarnos en la biblioteca. Todas queríamos el ejemplar ilustrado de la famosa novela de Louisa May Alcott y discutíamos a gritos en aquel viejo templo de los libros y el silencio. Pronto la bibliotecaria bajó de su limbo lector y vino con gesto perruno a poner paz en la tierra mientras el grupo rebelde se iba disolviendo por las mesas. Sólo otra niña y yo insistimos en desear ese volumen y permanecimos muy dignas en defensa de nuestro derecho a elegir. Con ínfulas salomónicas, la bibliotecaria se dirigió a la estantería próxima y cogió un ejemplar viejo de la novela: un libro con tapas rojas y páginas amarillas carente de dibujos y que ninguna de nosotras había visto jamás. La edición ilustrada se la quedó la otra niña y a mí me tocó el tomo polvoriento. Yo miré a la bibliotecaria con los ojos inundados en lágrimas sin comprender nada. Par…

Temporada de avispas

Un avión cancelado y una espera infinita, me permiten terminar de leer la novela que acabo de empezar. Temporada de avispas. Premio Tusquets de novela 2019. Hay muchos detalles que me acercan a la autora, Elisa Ferrer, coincidencias cronológicas, geográficas y, sobre todo, literarias. Es como si la conociera sin conocerla. Como si una parte de mí fuera una parte de ella. Y la identidad, eso que una es o va siendo a lo largo de la vida, es el tema que late en las historias que nos cuenta este libro. La autora de esa obra, la niña que vive dentro de nosotras, es su protagonista: las historias que se cuenta, las que le cuentan, las mentiras que descubre o las que imagina, la adulta que la recuerda y la que la niega, la que pasa de ella y la que intenta escucharla, ella es la que nos va modelando, ella es nuestra arquitecta.  Yo también ando escribiendo sobre la infancia, de modo que la niña sobre la que escribo conversa con la niña que leo en el libro de Elisa Ferrer. Las dos fueron al …

Pequeños paraísos

“Cuando puedas doblarte sin romperte, ser flauta y amigo del viento, conservar tu verde vigor, crecer junto a otros sin perder altura, estar vacío por dentro pero robusto por fuera; y ofrezcas tus brotes sin temer a ser desposeído, y la lluvia te acaricie y la cola de la marta y la mano de un artista –tú mismo- te guíen por la vida, sereno y noble, dale gracias al bambú que lo hizo antes que tú”
Zhu Pu, Tratado del bambú,  Pequeños paraísos.  El espíritu de los jardines.  Mario Satz.
       Lo dicen los jazmines: todo lo que nos duele es pasajero, las cosas que nos preocupan a veces no son importantes, el leve soplido de un niño puede hacer volar decenas de jazmines, “la desesperación (yas) es un error o una mentira (min)”, por eso “quienes lo cultivan, lo huelen o simplemente contemplan atentos se creen alejados de la desgracia al menos durante unas horas, minutos o instantes”. Lo dice Mario Satz en “Pequeños paraísos”, un libro precioso sobre el espíritu de los jardines publicado en…

Un saber que es olvido

La mesa se ha llenado de fotos y hojas muertas, de viejos manuscritos y pedazos de vida clausurada. Las fechas y los gestos sepultan mi escritorio: memorias de quién sabe qué mirada deshaciendo inmortal su huella seca. Quizás la paradoja del tiempo sea esto: un brillo irreverente en unos ojos, una absurda sonrisa congelada y un no reconocer ese momento. El olor de repente que nos lleva a un instante pasado y un saber que es olvido.

Volar

Cuando uno ha caminado con amigos que aman la montaña de verdad, salir a caminar implica de algún modo salir con todos ellos. Los amigos te van acompañando porque esa es su misión, la de ir contigo, señalarte las cosas y decirte: ¿Has visto aquella loma?  ¿Escuchaste ese canto? ¿Sabes que en esta zona se libró una batalla? Caminan contigo y señalan las cosas, son deícticos. Poner nombre a lo anónimo es también su misión. Te ponen nombre a ti porque son ellos quienes hacen de ti un ser irrepetible.


Un miembro de ese grupo es Antonio Cabrera. Camina con nosotros desde hace muchos años, sobre todo si hay pájaros. Él es el encargado de ir poniéndoles nombre porque es capaz de distinguirlos por su canto. El mirlo, la abubilla, el petirrojo, el tenaz arrendajo. También pone adjetivos y nombres a los árboles, a la época precisa de las flores, a los caminos secretos que recorren la Sierra de Espadán. Desde que Antonio no está aquí, en la tierra, lo imagino en el cielo. No en el cielo de Dios…

Comedia

Cada día, cuando Beatriz pasa por la calle, Dante se asoma a la ventana para poder saludarla. Se le acelera el corazón al presentir sus pasos, el leve rumor de la tela de su vestido, el cambio de temperatura de su sombra proyectada en el empedrado. Todo es significativo en esos breves segundos. Que ella se toque el cabello, que mire hacia el otro lado, que tropiece con los adoquines o se acaricie la boca. Durante el resto de la jornada siguen pasando cosas. Ninguna tendrá importancia. Todo gira imantado en ese encuentro. Todo alumbrado por el recuerdo y por la proyección futura de ese breve momento de contacto. El tiempo sigue pasando. Un día Beatriz deja de sonreírle. Después se marcha definitivamente. Dante escribe, pensando en ella,La vitta nuova,y es ella quien le espera en el cielo de su famosaComedia. Ocho siglos después, el joven José María Micó, se enamora de ella con una pasión casi adolescente y jura que algún día la traducirá al castellano. Hay otras traducciones, claro, pe…