nube

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lunes, 22 de diciembre de 2014

Dudo, luego existo





"Lo que para él había sido análisis de probabilidades, elección o simplemente confianza en la rabdomancia ambulatoria, se volvía para ella simple fatalidad. "¿Y si no me hubieras encontrado?", le preguntaba. "No sé, ya ves que estás aquí...". Inexplicablemente la respuesta invalidaba la pregunta, mostraba sus adocenados resortes lógicos"
Julio Cortázar, Rayuela

Volver a los lugares donde uno ha sido feliz es un acto que entraña una porción de riesgo. Porque a veces no basta con el eco latente de una dicha pasada. Volvemos a los libros, a las casas, a los crepúsculos no sólo con la ilusión de recordar aquella plenitud, sino también, si es posible, con el vago propósito de renovarla, de hacerla renacer, de saborearla de nuevo. Algo que no siempre es posible. Pero no importa. Nos pasamos la vida ensayando pequeños rituales, cíclicos retornelos, regresos que nos hagan sentir que el tiempo no camina tan deprisa.

En otoño, mi ritual preferido, se llama Woody Allen. Caminar hasta el cine en buena compañía, sintiendo en la cara los primeros fríos, con los guantes quizás y quizás el gorro, mientras voy imaginando ya su Windsor blanca sobre fondo negro y las primeras notas de jazz, es uno de mis placeres secretos. Un placer, por cierto, que no siempre me proporciona esa nueva oleada de felicidad cinematográfica, pues algunas de sus últimas películas no lograron satisfacer del todo mis altas expectativas.

Sin embargo, este año los dioses nos han sido propicios. Porque Magia a la luz de la luna recupera a ese Woody Allen que, desde la comedia, es capaz de hacernos pensar en uno de los grandes temas de la filosofía: razón frente a intuición. Es como si la película tuviera dos filmes: el que sucede en la superficie (una historia de amor e intriga inspirada en el personaje del mago Houdini y su gusto por desenmascarar a los falsos espiritistas) y el que se va desarrollando dentro de cada una de las escenas, en los recovecos del diálogo, en las esquinas de la excelente fotografía, en los acordes de Bix Beiderbecke, en las palabras de Nietzsche, en los gestos de los actores… y en la risa. Sobre todo en la risa. Hacernos pensar, pensar en el absurdo de la existencia, en lo limitado de la vida, en nuestro aciago destino, en la tragedia de lo humano desde la risa es un juego de manos que sólo un prestidigitador como Allen puede conseguir.

A una obra de arte le pedimos que nos haga cosas, que nos provoque sensaciones, y a una obra de ficción, que nos haga creer, que fabrique una ilusión y que luego la rompa para dejar al descubierto su tramoya fascinante. Así, el espectador, de la mano del protagonista, ve quebrarse todos y cada uno de sus presupuestos lógicos, cede el dique de su escepticismo y se abandona al mar de la fe. Y ya cuando está a punto de rezar, descubre que todo ha sido una ilusión. Igual que los juegos de magia que el protagonista - un escéptico racionalista cuyo oficio es intentar que lo imposible parezca verdad- ejecuta tan magistralmente.

La película nos convierte en filósofos porque consigue que dudemos de nuestras propias convicciones. Que pensemos. Después el amor, la magia, la alegría sin motivos, el otoño y el mar. Y esas casas preciosas. Y esos primeros planos. Y ese planetario que se abre al cielo (¿qué puede tener de terrible el universo?). Y un columpio, y un libro, y unos misteriosos golpes en la puerta, más allá, más acá.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Empezar



Siempre que empiezo el curso -incluso en inicios de curso tan calurosos y apresurados como éste- pienso que si hay alguien sentado en mi clase a quien le guste escribir (o mirar, o pintar, o pensar, o llevar la contraria, o leer, o discrepar), merece la pena seguir empezando. Afortunadamente –casi como cualquier año- el principio de curso acaba dándome esa bofetada de satisfacción multiplicada por diez. Por eso, -y oídas las voces y los comentarios de un gran porcentaje del común de los mortales- a veces –o muchas- pienso que no sé en qué clase de irrealidad política o social vivimos, en qué clase de ficción televisiva en la que nos venden que los estudiantes de secundaria y bachillerato son una horda de niñatos ignorantes e insensibles poblando las aulas cual autómatas. Ni lo entiendo, ni lo veo, ni se me acaba de ocurrir la razón por la que quieren que pensemos esto. Porque lo normal, lo cotidiano, es encontrarse con gente extraordinaria y valiosa, gente a la que no sólo le gusta escribir, mirar, pintar, pensar, llevar la contraria, leer o discrepar, sino que, además, tendría la fuerza, si quisieran –si les dejaran-, de hacer tambalearse el mundo.  

martes, 26 de agosto de 2014

Recuerdos y cronopios



   ... Yo me explico los fantasmas: ¿Cómo no regresar de la muerte, algunas veces, a visitar las casas queridas? ¿Cómo no acariciar las colgaduras, entornar las puertas de los armarios, asistir al lago de los espejos, entreabrir el aire de los aparadores? Yo seré un fantasma incansable, alguna vez; ¡tengo tantas casas que visitar de nuevo, diseminadas en la ciudad, en los pueblos, en las novelas, en la historia…!
Julio Cortázar, de una carta

En el principio fue Cortázar. Lo leí en las tardes interminables de la adolescencia, con una mezcla de asombro y de estupefacción cercana al aburrimiento. Lo leí porque había que leerlo. Porque me habían dado un premio en el instituto que sólo podía gastarse en libros. Lo leí en tardes interminables de británico aburrimiento adolescente cuando por primera vez salí de mi casa y comprendí que la libertad y el tedio guardaban una extraña relación. Fueron horas interminables de capítulos a saltos y morellianas insomnes. Hasta que un día, por una extraña conexión del destino, las palabras del argentino se enlazaron a mi vida del mismo modo en que se enlazan las personas: de una forma totalmente azarosa e inexplicable.
Después vino la Maga, su cara de traslúcida piel, su desorden, su intuición, su libertad, sus paseos sin rumbo por las calles de París, su espera inmóvil en el Pont des Arts. Vinieron las reuniones del Club de la Serpiente, el jazz y las discadas en pisos de estudiantes atestados de libros. Que ya no se sabía qué parte pertenecía a la ficción y cuál a la realidad. Las líneas de Rayuela se habían enlazado a las líneas de mis manos, como en un cuento fantástico, y la realidad dejaba de ser esa única y estanca imposición con la que el orden bienpensante nos mantenía callados y obedientes. Fue entonces cuando vino la Joda, el compromiso social y político. Nicaragua tan violentamente  dulce y la transgresión constante. La vuelta al día en 80 mundos. Las palabras al vesre y la hortografía con hache. La risa y el humor como salvaguarda. Viajé por la cosmopista con Julio y la Osita a bordo de una furgoneta que se llamaba Fafner. Y el tiempo dejó de ser ese oasis de tedio e incertidumbre en el que había vivido la adolescente para convertirse en esta carrera trepidante hacia ningún sitio que es la edad adulta.
Vinieron entonces, enlazados como abalorios al hilo de los días, todos los cuentos (el cuento): La autopista del sur, Casa tomada, Lejana, La noche boca arriba, Bestiario, Carta a una señorita en París, Continuidad de los parques, Axolotl… Y algo de mis primeras lecturas infantiles, de Maupassant y de Poe (traducido por Cortázar aunque yo entonces no lo sabía), regresaba con ellos. Lo extraordinario se instalaba en lo cotidiano y todo era posible: vomitar conejitos, cruzarte con tu alter ego en un puente de Budapest, amanecer junto a una tribu azteca rodeado de llamas o ser expulsado de tu casa por una fuerza inexplicable. También leí sus cartas y sus entrevistas y todos los estudios sobre el autor y su obra que cayeron en mis manos. Y hasta llegó un día en el que se me dio la oportunidad de poder cruzar unas palabras con Aurora Bernárdez, a la que tantas veces había visto en fotografías junto al gran cronopio.
Después pasó la efervescencia de la primera juventud. La pasión con la que devoramos las cosas cuando aún somos demasiado jóvenes. Y Cortázar, al que cada vez vuelvo menos, fue quedándose mudo en la estantería, encerrado en un montón de volúmenes repletos de subrayados, papeles diversos y billetes de metro. Aún sigo recopilando todo tipo de libros que hablan sobre él. Y sigo mostrándoselo a mis alumnos siempre que encuentro una excusa en el temario. Tampoco me resigno a apretar el tubo del dentífrico desde abajo, ni a escribir mis cartas en papel pautado. Le debo a él, quizás, mis ganas de escribir y de estudiar, mi deseo de ver el otro lado de las cosas, mi amor a las casualidades, mi pasión por los juegos del lenguaje.
Tengo tantas imágenes y tantas palabras de Cortázar archivadas en mi retina, que a veces me parece que lo he conocido, que hasta podría opinar sobre dónde estuvo o qué hizo. Hoy cumpliría cien años. Y aunque ni él ni yo creamos en las Hefemérides, no he podido evitar pensar que recordarlo en este blog es una forma de acercar sus libros al lector, o de hacerle sentir, como diría él, una cosquilla de privilegio allá dónde esté, o de traerlo al presente o de seguir jugando con las palabras, perras negras. Pero sobre todo, es una forma de volver a pasar por el corazón (que es recordar) lo que viví a la luz de sus escritos, y que las dos, la vida y sus palabras, florezcan.

sábado, 16 de agosto de 2014

La elección de Lord Jim






“Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace”
Jean Paul Sartre. El existencialismo es un humanismo.

Este año he vuelto a Rodalquilar. Hace diez años que vine por primera vez y como es lógico, las escenas de las distintas visitas terminan superponiéndose. Me gustan las repeticiones, porque con ellas el tiempo se hace redondo y parece perder su terca cualidad de fugitivo, su huída constante camino del futuro. Volver a los paisajes desiertos, a las piteras, a las palas y a las nubes que acarician las cimas de los montes, a las playas remotas, a los peces, al mar y a las terrazas, a la impunidad del tapeo y de las horas muertas, es una forma de enlazarse a la vida, de salirle a la vida por la tangente del tiempo.

Leer Lord Jim junto al mar, impregnada de salitre y de arena, es también una forma de ensartar en el hilo del tiempo viajes sucesivos. La línea del horizonte evoca lejanías y eternidades. La espuma de las olas cercanas, felices retornelos. El libro, el volumen (una edición de Pre-textos), nos une al devenir lentísimo de las horas estivales, porque ya estuvo aquí, en Rodalquilar, a finales de julio, hace ya muchos años, en unas manos ajenas, pero cercanas. Y aún queda en sus páginas la huella del paso de ese primer lector. Es un libro demasiado voluminoso  para llevar a la playa, pero sus ecos, aligeran el lastre.

Lord Jim también acarrea un lastre. Un lastre que a nadie nos es ajeno pues tiene que ver con la culpa. Alguien a quien lo sucedido en el pasado atormenta de tal manera que le impide vivir. Sólo un lugar donde nadie sepa lo que sucedió puede otorgar al protagonista la salvación momentánea. Un error, una decisión  precitada, un acto ciego y fugaz y minúsculo puede hacer virar el destino del alma humana. Sobre todo cuando el olvido se hace imposible. Así huye Lord Jim de los puertos donde soñó vivir. Así llega a la selva, al corazón de la selva. Y así, tristemente así, el fracaso y la culpa acaban por darle alcance.

Entre tanto, sucede Conrad,  la fuerza de su narración, la precisión de sus adjetivos, las historias intercaladas, los personajes y sus reflexiones, el ambiente del puerto. Sucede una capacidad narrativa excepcional que sabe enlazar anécdotas, sucesos y pensamientos, como si alguien nos estuviera contando esa historia en la cubierta de un barco una noche de verano (demasiado largo, dicen los críticos, para una velada en un barco, pero en eso consiste la literatura). Y si se aguza un poco el oído se pueden hasta escuchar las gaviotas y los motores del barco y la voz grave de un marino que grita: hombre al agua, y el rasgar eólico de las velas, y el olor de la brea. Y el temor de la tempestad incipiente: las nubes bajas, plomizas, el viento que se detiene, el zarpazo del relámpago. 

Porque más allá de las aventuras del protagonista, más allá de la descripción de un lugar en el mundo, Lord Jim nos habla de nuestros propios miedos. Atraviesa las páginas y se convierte en una parte de nosotros. Camina a nuestro lado unos días y luego lo vemos alejarse, siempre con tristeza, envuelto en una nube romántica de ensoñación aventurera. Lord Jim es esas dos caras que viajan a nuestro lado: el hombre que se salva y el que se sacrifica. Tal vez la palabra huida sea el diapasón que afina su paso por el mundo. Huir de esa condena  que consiste en elegir y que siempre nos deja en la boca el gusto amargo de los caminos que hubiéramos podido tomar. El ¿qué hubiera pasado si? 

El drama del protagonista produce desasosiego. El relato de Conrad anula esa tristeza, esa nostalgia. La lectura de la novela nos proporciona un extraño placer. Huir de nosotros mismos. Volver a Rodalquilar desde sus páginas, con ese excedente de felicidad que nos permite adentrarnos impunemente en los laberintos más oscuros del sufrimiento humano. Al fin y al cabo la felicidad es estar fuera de sí. O perdonarse.

miércoles, 23 de julio de 2014

Antigua luz




“Hay una casa de campo en donde he pasado varios veranos de mi vida. He pensado a veces en aquellos veranos, pero no eran ellos. Había grandes posibilidades de que quedaran muertos para mí. Su resurrección ha dependido, como todas las resurrecciones, de un puro azar.”
Marcel Proust “Contra Sainte-Beuve”

Cuando esta luz radiante que arrasa ahora la vida en el centro feliz de los veranos sea una luz antigua, o más lejos aún, cuando no exista esta luz de este tiempo en mis retinas, ¿qué será de este amor que ahora me viene en limpias oleadas a las manos, de esta torpe alegría que me turba cuando pienso en lo bueno de este instante de intensa plenitud? Me recuesto en la hamaca y dejo caer el libro de Banville en la hierba. Es fresca la mañana todavía y ninguna amenaza se atreve a perturbar la paz en que me hallo, abandonada a la lenta lectura y a la holgazanería de un sábado de julio.
La escena que dibuja mi memoria en la pantalla del párpado tiene todos los ingredientes para ser tópica. Es verano otra vez. Hay un niño en la orilla que está mirando el mar. La espuma de las olas le cae sobre los pies, sobre el aún inestable equilibrio de sus diminutos pies. Y él la mira caer, y deshacerse, y ríe, y chapotea, y busca la mirada de su madre, y luego la del mar, y piensa en adentrarse y no se atreve y se echa para atrás. También en esta escena todo ocurre despacio. Supongo que todo sucede siempre despacio junto al mar. Las voces se mitigan o se funden con el rumor del oleaje. Los pasos se amortiguan. El tiempo avanza perezoso, como envuelto en una sordina. Quizás por eso las estampas de los veranos junto al mar permanecen inmóviles en la cabeza. No hay movimiento en ellas. Esa lentitud, esa molicie, ese extrañamiento frente a lo azul es lo que John Banville, ya en El Mar (Anagrama, 2006) consigue atrapar y retener en sus páginas, como una burbuja de cristal tallada con palabras que contuviera en su interior todas las sensaciones de la infancia  y sus estíos. Como una flor de la memoria abriéndose en nuestra cabeza. Una flor de memoria hecha con recuerdos ajenos y que sin embargo confluyen en el mismo, en esa escueta pero mágica lista de recuerdos comunes ¿Quién, si cierra los ojos un momento y piensa en los veranos, no se ve junto al mar?
Sobre la memoria. Sobre lo caprichoso de la memoria (ése gran viejo tema de la literatura) habla el libro (de Banville) que acabo de dejar caer en la hierba: Antigua luz (Alfaguara, 2012). Y al hilo de sus palabras: el mar. El mar y mis veranos. Hay otros temas quizás: la iniciación al sexo, el amor, la muerte, la otredad, en fin, hay otras excusas. Pero de lo que nos habla, con una prosa bellísima, cercana a la poesía, es de esa Madame Memoria, esa “gran y sutil fingidora”, de cómo reconstruye nuestro pasado con su caprichoso régimen de idas y venidas, con la leve consistencia de las huellas en la arena. “Los pecios que elijo salvar del naufragio general -¿y qué es la vida, sino un naufragio gradual’- a veces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas, pero son azarosos”, dice en la primera página del libro.
Pienso en esa frase. En la trampa narrativa que supone -adoro los juegos metaliterarios-, en Banville hablando a través de Alexander Clave, en cómo los recuerdos van salpicando el relato sin orden aparente. En esa clave final que da sentido narrativo al texto y que justamente es lo único que el protagonista no recordaba. Y mientras eso ocurre, el libro nos impregna con su sensualidad veraniega, con una mezcla de voluptuosidad verbal y epidérmica. Siempre naufraga en las aguas de la memoria un verano mítico pugnando por salir, por ser salvado:
“Puesto que parece que nada de lo creado se destruye, sino que sólo se disgrega y se dispersa, ¿no podría ocurrir lo mismo con la conciencia individual? ¿Adónde va cuando morimos, todo lo que hemos sido? Cuando pienso en aquellos a los que he amado y perdido soy como alguien que vaga entre estatuas sin ojos en un jardín al anochecer. En el aire que me rodea hay un murmullo de ausencias… Esas cosas que había entre nosotros, ésas y una miríada más,  una miríada de miríadas,  son lo que permanece de ella, pero ¿en qué se convertirán cuando yo ya no esté,  yo, que soy el depositario y el único que las conserva?"
Alexander Clave hace la pregunta y Banville la contesta: la única herramienta que nos permite recuperar todo aquello, aquel verano mítico, aquel tiempo perdido, es la escritura.