nube

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sábado, 17 de noviembre de 2018

Doblar calcetines




Cuando era pequeña, mi madre me enseñó a doblar calcetines de una forma muy peculiar. Era una de las tareas domésticas que me correspondía hacer, así que el aprendizaje permanece intacto en mi memoria. Para no alargarnos demasiado en la descripción de la técnica, diremos que el método, al que podemos llamar método Ramiro, consiste básicamente en plegar el calcetín de un modo que facilita la puesta en el pie de su propietario. El proceso, como cabe imaginar, exige que cada calcetín sea tratado de forma individual antes de convertirse en esa bola informe que irá a parar al cajón junto a todas las demás bolas anónimas de calcetines. 

Como hoy tengo algo de tiempo y el día además acompaña, me he dado el gusto de doblar los calcetines sin prisa, deleitándome en cada paso, mientras pienso en cómo doblarán los calcetines las nuevas generaciones y de qué modo esa forma de doblar será un signo de nuestro tiempo. Confirmo mis temores más tarde en Internet: las nuevas técnicas de plegado ponen el acento en el ahorro del espacio dentro del cajón y no en el gusto que da ponérselos si están plegados con el método Ramiro.

Aunque no todo es plegar. Mi abuela también remendaba los calcetines. Lo hacia con un huevo de madera que siempre estaba dentro de su cesto de costura. Lo ponía en la punta que tuviera el agujero (también llamado patata) y se pasaba la tarde recuperando los cabos sueltos, reagrupando los puntos, zurciendo y rezurciendo (porque había calcetines que llevaban hasta triple costura). Ahora vas al bazar de la esquina y tienes seis pares por un euro. No necesitas abuela, ni huevo de madera, ni una tarde entera para coserlos. 

Disfrutar del hecho de estar cosiendo un calcetín una tarde lluviosa de noviembre y sentir esa cosquilla de privilegio que supone haber pertenecido a una estirpe de manos que aman y cuidan, es tensar en las tuyas un hilo invisible y mágico. Me quedo mirando mis calcetines en el cajón. Me gusta pensar en toda la historia que encierran. En el corazón que encierran dentro de su corazón. En la textil y delicada espera de ese pie al que abrazarse.




miércoles, 19 de septiembre de 2018

Otoño en Windsor blanca sobre fondo negro


Vivir es frecuentar pequeños rituales. Liberarse de la incertidumbre con el salvavidas de la repetición. Al fin y al cabo, los ciclos de la naturaleza en cuyo baile vivimos se nutren de esos retornelos. Somos regreso, retornelo, repetición. Por eso buscamos insistir. Insistir en aquello que nos une al círculo y a la naturaleza, en aquello que nos recuerda que seguimos girando. Por eso adoro las rutinas, la repetición, los ritos. Y sus variaciones.
Uno de los más antiguos que recuerdo es el de acudir al cine cada otoño para ver la última de Woody Allen. Empieza el colegio, caen las primeras lluvias, estrenamos medias y botas, y vamos al cine para ver cómo se las ha ingeniado el genio este año. Recibir el otoño es, desde que soy adolescente, sentarme en el cine y sonreír mientras veo desfilar las palabras blancas con tipografía Windsor sobre el fondo negro a ritmo de jazz.
Tenía 16 años cuando se estrenó Poderosa Afrodita y me escapé una tarde al recién construido Centro Comercial de El Osito para verla. Desde entonces, cada año, en cuanto veo que se acerca el estreno, anulo todas mis citas y me precipito hacia el cine. Tan constante ha sido este rito, con tanta devoción y apego lo he mantenido a lo largo de mi vida, que puedo explicar toda mi biografía a partir de sus películas.
Últimamente, por razones cronológicas evidentes, me había dado por pensar que esto del estreno y el otoño no iba a ser para siempre y que algún día Woody Allen dejaría de hacer pelis. Siempre he pensado también que si dejaba de hacerlo sería porque estaría muerto. Lo que no podía imaginar, de ninguna manera, es que esa muerte la iban a provocar las falacias que mantienen en marcha el sistema neoliberal de los mass media, las estúpidas narraciones con las que los medios de comunicación consiguen hacer más rentable el circo de las verdaderas desigualdades, la fiesta y la carnaza del capital.
Hay una censura en la sociedad de ahora manejada por manos invisibles que está teniendo mucho éxito. A los poderosos no les conviene que pensemos, sino que actuemos gregariamente movidos por la causa que sea. Por eso las películas de Woody Allen son peligrosas, porque enseñan a pensar, a ver los matices, a liberarse del collar del pensamiento único y de lo políticamente correcto.
Este año tendré que conformarme con volver a poner alguna de sus pelis antiguas en el dvd y será un otoño peor, de eso no cabe duda. Como peor es el mundo desde que uno no puede expresar libremente lo que piensa por culpa de la falsa libertad de expresión que promueven las redes sociales. Y es probable también que llore un poco, de rabia y de impotencia, como Max Estrella. Lo que sí tengo claro es que si lloro, lo haré al ritmo de Stardust o de Gershwin, en blanco y negro, en plano a contraluz, en la ventana, mirando cómo cae la lluvia mansa, lenta, oscura, sobre cualquier rincón de Manhattan.


domingo, 9 de septiembre de 2018

Empezar V

Ahí los tienes de nuevo, y aquí tú:

los artesanos de lo etéreo,

nuestras alas de cera,

el canto dado a nadie

y porque sí.

Felipe Benítez Reyes

“Y entonces se produjo un encuentro con un profesor de literatura que estaba loco perdido. Tenía un aspecto alucinado, llevaba los pelos de punta, la cara casi de color azul, bizco. Iban juntos hasta el borde del mar y allí, a voz en grito, el profesor leía a Gide, a Baudelaire (sus pasiones, sus amores). Deleuze dice que se transformó, dejó a partir de ese momento de ser idiota. La enseñanza es un lugar privilegiado de contagio del deseo. (…) Un profesor especial, atípico, se convierte en un viento que barre toda la tontería.”
Maite Larrauri, a propósito de Deleuze y del Deseo


Ha vuelto el mirlo. Su sombra negra pasea por el césped buscando algún gusano que echarse al pico. Parece que nunca se hubiera marchado, que fuera ayer su canto diciéndonos la última lección de la primavera. Han vuelto muchos pájaros. Lo sé porque la música que llega de los pinos es distinta también esta mañana. Igual que la temperatura. Y el olor del jazmín tras la tormenta. Y la luz que dibuja rectángulos encima de la hierba. Ha llegado el momento: el campo nos lo dice con su idioma sutil, con su lengua de siglos.
Yo estoy afilando lápices. He volcado el estuche del año pasado sobre la mesa de la terraza. Allí están los bolis sin tapa y los rotuladores secos -ese pequeño ejército multicolor que me acompañará de nuevo-, las gomas de borrar, los pegamentos, las tijeras, las notas con corazones… Tirar lo que no sirve para empezar de nuevo. Buscar la continuidad en lo que permanece. Cada acto cotidiano encierra una lección que puede verse si uno se mantiene despierto. A eso aspiro en este curso que empieza: a evitar que se duerman en todos los sentidos.
Mientras tanto, los pájaros seguirán a lo suyo. Y el olor del jazmín. Y la luz del rectángulo en la hierba que atrapa mi atención esta mañana mientras limpio el estuche. Así quiero empezar este curso, sin grandes expectativas, con el único deseo de compartir algún tiempo y algunos conocimientos con un grupo de desconocidos que poco a poco irán dejando de serlo. Estar despierto, mirar alrededor, no esperar nada, asombrarse quizás, contagiar el deseo.
No se cómo explicarlo, supongo que la poesía no se explica. Igual que este rectángulo de luz, que atrapa mi atención esta mañana. Un rectángulo apenas sobre el césped, entre el níspero y el olivo, donde esa sensación de eternidad que raramente ocurre. Enseñarles al menos que la luz se evapora pero vuelve. Que el tiempo es limitado e infinito a la vez. Que a veces las palabras encierran sortilegios que nos salvan. Que después del invierno volverán a cantar todos los mirlos. Que la sombra que linda, la limítrofe, irá descomponiendo la limpia geometría de la luz. Y ellos me dirán: ¿y qué es limítrofe? ¿Y es linda porque es bella? Y yo contestaré con los adverbios. Será la sombra sí, por toda luz, pero antes, mientras tanto, todavía.





viernes, 10 de agosto de 2018

Las nueve

La luz de las nueve sobre el mundo inventa las cosas de nuevo, las crea en su despedida: es la lucidez del enfermo antes de su desaparición. La verdad del color queda en suspenso durante las horas centrales, se desvanece su intensidad. Quizás porque el color nunca está quieto, quizás porque tan sólo es puro en su abstracción. La montaña a las nueve en los días de estío nos deja los colores verdaderos de las cosas: los verdes amarillos del algarrobo, los verdes grises del olivo, el verde azulado del romero. A las nueve de la tarde, quince minutos antes de la puesta de sol, todo se precipita hacia su mejor versión: los cardos se visten de una gama infinita de matices, desde el amarillo solar -casi fluorescente- de los cardos comunes, hasta el azul más violáceo del cardo yesquero, el rojo tierra de las hojas secas de la parra, el blanco verdoso y aterciopelado de las almendras entreabiertas. Yo estoy buscando hinojos: amarillo manchado de polvo contra el cielo poniente. Antes los veía a cientos. Casi no podía ver otra cosa. Ahora tengo la sensación de que cada vez hay menos. Por alguna razón que desconozco he sentido el capricho de oler una ramita. Supongo que buscando hinojos, afilo la mirada. Porque todo en el campo remite a otra cosa. Al detenerme para contemplar una orquídea silvestre (violeta desvaído casi rosa) a la que ya sólo le quedan dos flores, descubro una mata de manzanilla amarga, una hierba que este año estoy usando mucho para hacer vahos. Está completamente calcinada y seguramente ya no me sirva (el amarillo de su flor es casi un grano de café) pero saber que también crece en La Calderona, tan cerca de casa, me provoca una gran alegría. Al final de la senda nos espera la fuente de Potrillos. Es una fuente sin agua: ¿sigue siendo una fuente aunque no sacie la sed?.
El polvo de La Calderona es rojo y lo mancha todo, incluso el color puro de las nueve. Hinojo solitario: savia de infancia. Manzanilla de Mahón: campana del campo. Los nombres de las cosas revisten de sonido mi paseo. Nombrarlas es hacerlas mías durante unos instantes. Buscar maneras de llamar a las cosas que desconozco es como tratar de atrapar su color en un nombre. ¿Es el escritor alguien que trata de atrapar las cosas? ¿Es alguien que quiere fijarlas con la aguja de la escritura para que ya no puedan moverse? Delante de mí, una mariposa blanca.

domingo, 29 de julio de 2018

Bajo el sol


I
Y ahora bajo el sol parece tan sencillo dejarse ir, hacerse volumen con lo sólido y estar, tan sólo estar, callada, abierta a la evidencia de esta luz que es calor y que penetra,-no pensar, no elevarse, no salir- aferrarse a la entraña, estarse dentro, ser uno con la piedra, con el mundo, y escuchar las pisadas y sentir esta calma vacía y expectante de lo inmóvil.

II
Del sol nos reconforta esa extraña manera que tiene de posarse en las cosas más hondas. El sol en la dulzura y acidez de este trozo de melocotón que me llevo a los labios, el que cambia mi sed por la luz penetrada que ahora me penetra a mí también y me ciñe en su abrazo manso y breve, su frescura de luz sobre la arena.

III
No hacer nada. Flotar. Perseguir peces de colores mientras el sol irisa las aguas turquesas. Todo lo que se mueve compone una canción que nadie escucha. Las algas, por ejemplo, que se abren y se cierran al ritmo de las olas y se dan a los peces y al silencio del mar y al vagar de mis ojos que, durante unos breves segundos, se hacen algas también. Anémonas, padinas, posidonias. Se mecen. Nos mecemos. En un mismo silencio compartido.

IV
Que todo pasará. Y también este día glorioso de verano bajo un sol inclemente que no sólo ilumina, transparenta las cosas con su aguja de luz y las hilvana y atraviesa los días en la hebra de los tiempos sucesivos. Que también pasará la cierta percepción de este momento. Mas no su duración: vacío es el olvido, mi luz en un espejo. Cuántas veces el sol se ha enredado en la espuma de las olas que rompen en la orilla. Cuántas veces lo hará en las hojas en blanco donde sueño que escribo.


jueves, 19 de julio de 2018

Silbar



Y hoy todo lo daría
por ser una vez más la que camina
al son de su alegría sin cuidados,
la que pasa silbando y se le vuelan
los pies y la razón y el pensamiento,
aquella que se fue, que irá, que anda
sin tiempo entre las cosas
como si un viento fácil, imprudente,
la llevara más lejos de sí misma.

Mi madre me dijo el otro día que no le gusta la gente que silba. A mí me encanta silbar. No he querido profundizar en el desencuentro, pues supongo que a mi madre le gusto igualmente, por pura obligación familiar o costumbre histórica, pero la frase me ha hecho reflexionar sobre este acto irreflexivo que supone ponerse a silbar en algunos momentos. Me gusta recorrer los pasillos del instituto donde trabajo silbando a pesar de la mirada censora de algunos compañeros, silbar las canciones que suenan en la radio del coche, entonar canciones difíciles a golpe de chiflido supone un reto apasionante para mí. Creo que una de las mejores metáforas de la felicidad es la imagen de alguien caminando por la calle con las manos metidas en los bolsillos, el paso ligero y silbando. A veces hasta tomo prestadas las canciones silbadas por otros transeúntes y las traslado con mi propio silbido a otros lugares como un acto altruista de difusión musical. Supongo que el hecho de expulsar todo ese aire por la boca es una forma de aligerarse, de alegrarse, de volar. El fontanero que trabaja silbando parece que trabaje menos. En islas como La Gomera permite comunicarse de un lado a otro de la montaña. Y además, es la forma más certera que tenemos los humanos de acercarnos a esos pequeños dioses llamados pájaros.
Pero de todas las acciones que me gusta hacer silbando, la que prefiero por encima de todas, es la de ir en bici silbando. Porque volver a salir en bici es también, y sobre todo, volver a silbar. Es el nexo de unión que me mantiene en contacto con el camino. Y es que después de tantos meses sin coger la bicicleta, los caminos de siempre se nos antojan ajenos: el régimen de lluvias del invierno, los temporales, la muerte y nacimiento de las plantas conforman un paisaje distinto. El rosal que estaba siempre al girar la esquina ha desaparecido. Los campos de alcachofas que tanto nos emocionaron son ahora de almendros. Alguna máquina ha pasado para aplanar la senda lateral de la autovía, que parece distinta libre de piedras y hoyos. Sólo la luz no cambia, la luz y estas ganas de silbar, de repetir las mismas canciones cuando recorro los mismos caminos.  Casi siempre me vienen a la cabeza las notas de una de Manolo García: “Caminábamos y el calor del verano empujaba nuestro asombro…” Mientras la silbo, e incluso canto, asida al manillar, abandonada y feliz, recupero ese asombro perdido, y veo venir, volver hacia mí todos esos veranos, los veranos que todas esas notas me devuelven, y dicen todavía, y dicen mientras tanto, y dicen, sobre todo, levedad.