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miércoles, 24 de agosto de 2016

La vida secreta de los objetos

     Hay un orden secreto que organiza las cosas, una disposición universal de cada objeto. Nos gusta pensar que somos nosotros quienes los hemos colocado en este o aquel sitio, pues eso nos afianza en nuestra ilusión de demiurgos, de escenógrafos de lo cotidiano. Pero la realidad -por lo menos esa forma de realidad que otorga la perspectiva del tiempo- nos enseña que son los objetos los que acaban eligiendo el espacio que quieren ocupar. Y lo siguen ocupando aunque nosotros nos obstinemos en cambiarlos de lugar.
     Hay un clavo en la pared de mi casa donde falta un cuadro. No sé quién lo ha movido, ni cuánto tiempo hace, ni siquiera qué imagen contenía aquel lienzo. Pero brilla el vacío de tal forma, se hace tan presente la ausencia de aquel cuadro, que algunas veces pienso que todavía sigue allí.
     Los objetos acaban ocupando el lugar que ellos quieren. Pero nosotros tratamos de llenar nuestro vacío  moviéndolos constantemente.
     Esta tarde, sin ir más lejos, he decidido ordenar el viejo costurero. La tarde –y por extensión la mesa- se ha ido llenando de palabras: strafor, hilván, aguja, jaboncillo de sastre, botón cleck, alfiler, cremallera, imperdible, presilla, festón, velcro y dedal. La idea de que aquello estaba así tal y como lo dejaste llenaba mi acción de una solemnidad extraña. El sol entrando por la ventana lateral y llenando la estancia de sombras subrayaba ese aire admonitorio.
     Fue tu último costurero. Antes de tener este solías utilizar cajas de galletas. Galletas holandesas de mantequilla. Y el que aún queda en la casa, reluciente, de pino, que había sido un regalo, no acababa de gustarte, no recuerdo por qué, supongo que carecía del olor remoto del azúcar, del recuerdo dulce de la mantequilla. O simplemente porque sabías que sería el último. Quién sabe.
     Lo que quiero decir es que he reordenado el costurero porque necesitaba utilizarlo y los carretes de hilo estaban enmarañados, las agujas hundidas en el alfiletero, a punto de perderse en su corazón de espuma. He cosido un bolsito con tu hilo y lo he vuelto a cortar demasiado largo y me he reído cuando se ha hecho un nudo por esta razón.
     Dentro de un par de semanas todo volverá a estar en su desorden mundano. Cada cosa en el lugar donde haya estado siempre, donde la cosa misma prefiera estar: los imperdibles perdidos en el fondo, las gomas recubriendo la caja de botones, mezclados los colores de los hilos...
     La semana pasada fue tu cumpleaños. Igual que los objetos que viviste, tu voz también perdura en los mismos lugares: sentada en la terraza, entrando a mi habitación por la mañana, debajo de aquel sauce que murió antes que tú. No sirve de nada ordenarlos: los recuerdos también habitan donde les da la gana.


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