El 20 de agosto mi tía Antoñita preparaba helado de mantecado con crocanti. Era uno de los muchos manjares que se cocinaban para celebrar el cumpleaños de mi abuela. Granizados, fartons, tartas de limón con merengue, emparedados de atún con tomate, embutido y habitas, cocas de pisto, dulces de anís… Mi abuela era la mayor de cinco hermanas, la g ran matriarca de la familia. La única mujer que no había trabajado fuera de casa. Su misión había sido cuidar de todos los que sí salían a trabajar. Y también de mí. Era la hermana mayor, la madre, la abuela. El 20 de agosto nos juntábamos todos en el chalet alrededor de varias mesas improvisadas con caballetes y puertas de madera. Los niños nos bañábamos en la piscina mientras los mayores tomaban sus cervezas y contaban anécdotas. A veces se sacaba una guitarra. A veces un juego de mesa. A veces había globos y cucañas. Mi abuela y sus hermanas se sentaban en un extremo del jardín y posaban para las fotos. Todas con sus babis de flores. Cuando ...
Blog personal de Lola Mascarell. Historias cotidianas, del aula a la poesía