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domingo, 19 de abril de 2015

El oficio de vivir



No bastan las veleidades, las furias y los sueños;
se necesita algo más: cojones duros.
                                                     C.P.

El extraño artilugio de un poema
es una imperturbable realidad
que soporta flemática, sin daño,
cualquier definición.
                                  Es una joya
que resplandece en sus palabras justas,
las ágatas pulidas de una lengua.
Un silogismo para concebir
el hecho inconcebible de estar vivo.
Un camarada fiel que cobijamos
y en la noche del alma nos cobija,
Una semicorchea en el concierto
que interpretan los astros infinitos.
(…) 

Carlos Marzal

I
Cuando escribo me gusta que el teclado haga ruido de máquina. Ir trazando en su ritmo un rastro de palabras que me lleve de nuevo al cobijo feliz de la ignorancia. Me gusta hacer descansos y estirar mi esqueleto y llevarme las manos a la cara y aspirar el aroma del jabón. Me gusta abandonarme a imágenes absurdas y buscar sinónimos en todos los diccionarios que encuentro a mi alcance. Creo que en realidad no escribo, juego. Si tengo cerca una puerta, me gusta salir afuera, salir afuera para encontrar la emoción de las palabras recién lavadas: gotas transparentes colgando de los pinos. Escribir poesía es un estado de ánimo. Dentro y fuera es también un estado de ánimo. Mirar es pertenecer a esa disyuntiva, estar en ese extraño advenimiento que transforma las cosas cuando vemos tras la seda finita de un instante concreto. El oficio de vivir: sentir que uno está vivo porque escribe. Vivir, ese estado de ánimo.

II
Llevo toda la vida escribiendo. Si abro cualquier cajón de mi casa, me salen papeles repletos de palabras. Folios y folios. Y servilletas. Y hojas de cuaderno. Y sobres. Y billetes de metro. Letras y letras mecanografiadas o manuscritas. Terminadas o inconclusas. Letras superpuestas, con tachaduras, dibujos y borrones, con manchas de café o de cerveza. Frases brillantes rodeadas de pensamientos cursis. Endecasílabos que riman en infinitivo. Borbotones del alma escupidos en forma de guarismos y apenas inteligibles. He escrito varios libros que nunca he publicado. Están metidos en decenas de carpetas. Desordenados. Repetidos. Y eso por no hablar de las cartas, de los apuntes, de las notas, de los comentarios de texto, de los pies de foto de las fotografías. Todo a mi alrededor está repleto de palabras: armarios, cajas, carpetas, fundas de plástico, cajones, mesitas de noche… Allí están todos los jirones y los retazos y los retales de la que he sido. Durmiendo su olvido junto a los ácaros. Siempre que intento volver a leerlos me dan ganas de estornudar. 

III
Qué extraña locura la de vivir siempre rodeado de palabras. Me imagino a César Pavese atormentado, escribiendo en sus cuadernos, escribiendo para poder pensar, sucumbiendo al deseo irrefrenable de escribir sobre lo que escribe, de acompañar su escritura con más escritura, y lo siento cercano -al fin y al cabo, estas líneas existen porque de algún modo acompañan y aligeran la tarea (o el juego) de escribir (o terminar) un libro de poemas-. Pavese, sin embargo, no pudo soportar el peso de su desgracia. No consiguió curar con las palabras el dolor de su vida, conjurar los fantasmas con sus versos. La vida fue masticando sus ganas de escribir: “Los grandes poetas son tan raros como los grandes amantes. No bastan las veleidades, las furias y los sueños; se necesita lo mejor; los cojones duros (?!). Lo que se llama también el ojo olímpico”.  Pero a él le falló la ecuación: una mañana de agosto decidió terminar con su oficio. Escribir y amar. Vivir. “La única alegría del mundo es comenzar. Es bello vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante”. Cierro el libro y miro el cursor parpadeando en la pantalla: escribir es también comenzar.

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