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domingo, 3 de mayo de 2015

Pedagogía del paisaje






No sólo es ir al campo a caminar en buena compañía es advertir que la vida prosigue con su baile de siempre, ajena a la avidez de nuestra mirada, independiente de nuestro análisis y nuestro conocimiento, de nuestras preocupaciones, que alegre y descuidada se despliega y repite y desparrama en aromas y flores, en insectos y trinos, en verdes incontables, inmersa en su atavismo de regresos y huídas, de ruedas infinitas, en sus ganas de darse sin porqué. Las retamas radiantes y excesivas, los mudos alcornoques y sus siglos a cuestas, el rodeno y las jaras florecidas, los remansos de agua y los helechos, las aliagas, los pinos, las hormigas, el zumbido feliz de las abejas, el canto de las aves, las luces que dibujan sobre el suelo la silueta de un cardo, el aroma suave del cantueso y el verdín de los troncos en la umbría. Todo sigue su curso a pesar nuestro, prosigue su canción mientras intento cantar en estas líneas su efusión incansable. Un lagarto despierta tras el muro de una antigua trinchera, un pétalo de orquídea rompe el verde del botón que lo encierra y se entrega al vacío, un tronco se derrumba (¿y quién lo escucha?) sobre un lecho de enebro y manzanilla o una gota de agua acaricia la piedra. Las cosas importantes están pasando ahora mismo en cualquier senda del mundo, en cualquier cima, en bosques y llanuras, lejos, muy lejos de nuestras humanas inquietudes, de nuestros desvelos, de nuestras zozobras absurdas.

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