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martes, 13 de octubre de 2015

Feliz como un perro




Hace unos meses, reunidos en la concordia del arroz y del vino, tras un largo paseo por la Sierra de Espadán, cinco amigos (Antonio Cabrera, Adelina Navarro, Eve Ferriols, José Saborit y Lola Mascarell) se topan, en medio de la conversación, con una frase que llama su atención: ser feliz como un perro. Parece el título de un cuento, dice alguien. Deberíamos escribirlo, dice otro. Y así queda pactado. A la vuelta del verano, en feliz sobremesa, cada uno leyó su cuento perruno. Este es el resultado.

Antonio Cabrera
           
Se miró por casualidad el antebrazo y vio enredado en su vello un pelo de ella. Un pelo largo y rizado de los de ella. Si un ser humano busca ser feliz, eso será porque habrá fantaseado sobre la posibilidad de serlo. Es lo que empezaba a pensar cuando tiró suavemente del pelo y lo depositó sobre la mesa de madera brillante. Se acordó de aquel que dijo no soy feliz ni falta que me hace. Se acordó de él mismo repitiéndose esa boutade algunas veces, cuando se sentía seguro de soportar no ser feliz. Cuando fantaseaba él también como todos fantasean. Cercano el mediodía del domingo, se dejaba oír un repiqueteo de campanas desacostumbrado, porque no procedía del reloj municipal, el que marcaba con pautada lentitud las horas. Aquel repique se vinculaba a un griterío en la calle, a voces de fiesta. Algo infantil. Grititos de infante y reconvenciones maternas. Ni siquiera quiso comprobarlo asomándose a la ventana. De hecho, desde donde estaba podía mirar por la ventana, aunque lo visto no era el suelo sino el cielo. Un domingo nublado lleno de colores prelaborales en exceso, conjurado con el lunes. Las nubes son capaces de representar muy fácilmente los estados de ánimo humanos. Pensó que sí, que valen como manchas de sentido psicológico o emocional. Los altos cirros blancos, por ejemplo, hablan de una serenidad lograda después de haber sido largamente pospuesta, de ahí su palidez y su altura, que encriptan toda su soberbia en la humildad de lo que ya no quiere ser el centro de atención. Los cúmulos, no tan altos pero parsimoniosos en su paso, vienen a significar el flujo de la mente, pues aparentan inminencia encerrada en grisura de lluvia, pero también, cuando son blancos, apuntan al tránsito del pensamiento indiferente, el de ideas usadas a diario como si fueran no usadas, las que pasan con completa inconsciencia por el cielo de azul neuronal. Esto, de nuevo, no era más que mero fantasear, ahora un fantasear poético. Claro, se dijo. ¿Y qué? Faltaba la alusión a los cumulonimbos y su divagación se redondearía. ¿Qué estado de ánimo sugieren esas nubes-espectáculo? La ira sorda. El odio. La violencia en su premeditación. Imaginó las volutas esponjosas, atroces, creciendo y creciendo como enormes bambollas. Blancura algodonosa por arriba y opacidad negruzca por abajo. Inmensos castillos de torres deformadas. Puesta en escena atmosférica de las pasiones previas a la devastación. Ya era suficiente. Ninguna dificultad hay en convertir algo en imagen de otra cosa. Volvió a mirar al exterior y estableció que el cielo no dijera nada. Una nubosidad vulgar, sin más. Se le iba escapando el hilo de lo que quería pensar sobre la felicidad. Había de ser una reflexión de tinte descreído. Así llegaría a enunciaciones no consabidas que acaso satisfarían la condición del pensamiento que juzgaba más fértil, menos inútil, la de adquirir un punto de vista no hollado antes o no demasiado hollado antes. Le parecía que el número de perspectivas posibles sobre las cosas se asemeja (otra vez la fácil analogía) al de las infinitas divisiones posibles de una línea. Aquiles y la tortuga le vinieron a la cabeza. ¿Sería así? ¿Infinitas opiniones o concepciones sobre la felicidad? ¿Pero de verdad pueden ser distintas unas visiones que difieran de manera infinitesimal? E incluso: ¿pueden darse de verdad esas diferencias? Puras fantasías. De aquella fea luz dominical ya surgía una desconsideración enorme hacia su persona. La luz actuaba a su arbitrio ocupando con grosería el respaldo del sofá, quiero decir que se derramaba sobre él como un líquido inoportuno, no lavable. Y hacía que la sombra de las patas de su mesa de escribir se reflejara en las baldosas con precisión imperfecta pero desde luego envidiable a tenor de las inclinadas y trapezoides formas resultantes. La cisterna del vecino hizo ruido. La idea, más que la imagen, de un cierto caudal de agua cayendo y arrastrando le llevó de inmediato a conjeturar sobre la dicha del olvido. Felicidad, venturosa pérdida de la memoria. Que se nos borre lo que sabe combatirnos. Capacidad de olvido. Eso era. ¿Pero cuánta? ¿Hasta el punto de vivir en una torpe sorpresa continua? Bobadas. Mejor si una porción de asombro acompaña al dichoso. Aunque igualmente debe presentarse esa plenitud como con previa tarjeta de visita, con alguna clase de anuncio que haga aumentar su definición cuando llegue. Estas cosas sonaban en su interior mientras se daba cuenta de que en la calle había surgido de repente el silencio. Fue hasta la ventana. La calle que podía ver desde allí estaba vacía en ese momento, hasta que en su espacio de visión entró un perro suelto. Un perro joven. Un ser elástico que lo husmeaba todo, rebosante de curiosidad nerviosa. Y luego correspondía con latigazos del rabo y vigorosos y joviales gestos que valían como esbozos de saltos, respingos de vitalidad. Perro feliz, pensó. Felicidad, aunque fugaz, robusta. Regresó a su mesa. El solitario pelo de ella reposaba todavía donde lo dejó, visible contra la madera brillante. Con cierta lentitud retórica lo cogió de nuevo y lo depositó en el mismo lugar donde lo había encontrado hacía unos minutos, sobre el vello de su antebrazo izquierdo. El solitario pelo largo y rizado de ella. Reconstruyó la operación de antes. Volvió a extraerlo con mínima ceremonia. Experimentó un segundo de asombro y de no asombro, una sacudida dulce en el pensamiento. Se comparó con el perro.

Eve Ferriols

Salgo temprano, como todos los días, hace calor, mucho. En realidad, no ha dejado de hacerlo en toda la noche. Vueltas y más vueltas en la cama sin llegar a dormir profundamente. Me he levantado cansada y de mal humor, aún no es verano y ya han empezado las interminables noches tropicales de este bendito clima.
La plaza está sucia, muy sucia, hay papeles, colillas, trozos de vidrio ambar y latas aplastadas como si esa fuera la única forma de apurar su contenido; huele mal: a orina y sudor de meses que al mezclarse con el olor de las glicinias del jardín se vuelve aún más denso y pegajoso. Dan ganas de dar la vuelta, entrar en el portal, subir a casa y no volver a salir.
En el túnel que comunica con Guillen de Castro duermen cuatro o cinco personas envueltas en trapos viejos. No sé si son las mismas todas las noches o van cambiando, casi nunca llego a verles la cara, solo bultos pardos y alargados como gusanos enormes. Levantan el campamento más tarde que yo y debo caminar entre ellos, casi saltarlos. Mis pasos no los despiertan, supongo que cuesta eliminar el alcohol ingerido en las largas noches de intemperie. Y, bueno, quizás si estuvieran despiertos me daría miedo buscar su mirada.
Me irrita su presencia y la irritación hace que me sienta culpable. Me irritan porque todo está sucio y porque sé que cuando se levanten mearán en el jardín de la plaza que nunca dejará de apestar. Pero me siento culpable porque, en el fondo, también sé que apenas tienen alternativas.
Maldigo a la alcaldesa y la declaro culpable de no solucionar el problema, Seguro que hay alguna manera digna de arreglarlo y ella no se ha esforzado lo suficiente. Además, es una mujer gritona y desagradable, y pertenece a un partido corrupto y despreciable. Me comparo con ella y mi conciencia se aquieta, ya me siento mejor. Yo no soy así, ni hablar, somos polos opuestos, sin duda. Me tranquilizo pensando que soy una impecable votante de izquierdas que paga sus impuestos y las cuotas de dos oenegés.
Casi he atravesado el túnel, bueno, alguna persona ingenua y bienintencionada o algún concejal imputado lo llamaría pasaje, pero solo es un feo túnel con pretensiones, cuando noto una mirada fija en mí. Dos ojos redondos, brillantes y grandes asoman tras una maraña de greñas oscuras. De lo que solo parecía un rincón en sombra emerge la cabeza de un perro, el cuerpo enredado en una tela sucia. Es un animal grande, negro y de raza desconocida, al menos para mí; de un salto silencioso y elegante llega a mi lado, jadea y mueve la cola como si le alegrara mi presencia. Está tan sucio que decido que si me toca, volveré inmediatamente a casa a cambiarme pero parece entender mi cara de susto y no se acerca más. Sigue mirándome y moviendo la cola, no parece que le moleste el calor, ni la suciedad, ni el olor repugnante que nos envuelve, ni siquiera que lo haya despertado tan temprano. El mundo se le presenta tal cual sin que él espere que sea de ninguna otra manera y, seguramente por eso, sin defraudarlo. Pues claro, ése es el origen de mi malestar permanente, no es el calor ni la suciedad ni el cansancio, es el deseo, la necesidad de que las cosas sean siempre diferentes, mejores, más limpias, más suaves, más brillantes o que sean, simplemente, más. Me siento paralizada y muerta de vergüenza, lo miro directamente a los ojos, que parecen tan dulces y tan alegres, como si en ellos fuera a encontrar alguna respuesta y solo soy capaz de decir en voz alta: quiero ser feliz como tú.



Adelina Navarro

Feia temps que volia retratar-los junts. Aquells dos éssers: el seu gos i el seu piano, l'entenien com ningú.
Quan el desfici de la incertesa o qualsevol altre deliri l'envaien, i s'asseia al piano, éste li responia com si d'un organismen viu es  tractara. La fusta polida i satinada, poblada de vetes diminutes quasi imperceptibles, semblava encrespar-se i plantar-li cara, desafiant-lo a què la fera malbé, a que colpejara les tecles amb vehemència despietada.
Les notes sortien llavors prenint possessió de la cambra; arribaven a cada racó, s'endinsaven pels buits dels llibres, prenien l'ànima dels objectes; cercant, exigint, algun senyal que dilucidara els enrenous del seu pit.

El seu gos, seia aleshores palplantat, a distància, observant-lo.
En interrompres el toc a les tecles, I amb una ànsia nerviosa que vencia el temor, se li acostava recelós i li mossegava els camals, com volent treure-li a mossos i arraps allò que el corprenia.

I era així també quan una sensació pletòrica de força i seguretat el duia a sentar-ser al piano. Tot semblava llavors plegar-se als seus designis. La música, cada nota, li donaven la raó, i l'engrescaven a seguir tocant, seguir envoltant-se dels sons que li duien les raons que esperava, i li deien les coses que necessitava escoltar, i que eren un bàlsam que li templava l'esperit.

Aquell dia, però, no estava rabiós, ni pletòric, ni trist, ni exaltat.
El gos se n'havia pujat al taburet on ell solia seure a tocar.
“Fora d'ahií” solia dir-li quan ho feia. Però eixe dia el va deixar. El gos va seure sobre les potes traseres i va posar les dues manetes sobre el teclat, observant-lo encuriosit. Tot seguit, es va girar i el va mirar a ell; i una altra vegada mirava al teclat.

El gos es va girar novament a mirar-lo a ell; feliç, però prest a ovedir les seues ordres, si és que es produïen, al temps que van sonar algunes notes sota la pressió de les seues potetes.
Ell li va somriure, i llavors, va disparar la càmera.


José Saborit

“Feliz como un perro”, dijo uno de los que estaban en la mesa, y la expresión debió resultar acertada o graciosa, porque en torno a ella siguieron hablando y hablando, incluso repitiéndola una y otra vez como si se tratara de una frase hecha o algo parecido: “feliz como un perro”. No es que entendiera yo mucho del lenguaje de los humanos, y menos aún cuando sus efusiones verbales se atropellaban desinhibidas a lo ancho de una sobremesa, pero a fuerza de convivir con ellos había conseguido, si no comprender por completo lo que querían decir, aproximarme al menos a un significado vago, hacerme una somera idea de lo que, en muchas ocasiones, tampoco ellos parecían tener muy claro. “Feliz como un perro”, decían, y no “feliz como un perro feliz”, y por lo tanto, mi entendimiento deducía que todo perro habría de ser feliz, feliz por fuerza, necesariamente feliz. Yo me preguntaba que podría ser eso de la felicidad y si un estado tan humano o, mejor, tan anhelado por los humanos, podía aplicarse a los de mi especie así, como si nada, pero a fin de cuentas ellos siempre practicaban esa suerte de proyecciones logocéntricas,  siempre decían cosas por el estilo, como que el oleaje era agresivo, los sauces tristes o los crepúsculos nostálgicos. ¿Qué les habría de impedir pues, creer que un perro podría ser, o incluso que habría de ser feliz?  Que ellos proyectaran sobre un perro, sobre la esencia o naturaleza de un perro esa felicidad a la que aspiraban inútilmente, tampoco aclaraba mucho acerca del contenido de la felicidad. ¿Falta de responsabilidad? ¿Despreocupación?  ¿Negación para el trabajo? No hay muchos perros obreros, que yo sepa, y aunque a mi me tienen aquí debajo de la mesa esperando mientras ellos comen y charlan, no voy a caer en la impostura de afirmar que el arte de la espera o la paciencia es un trabajo. Sabemos esperar, los perros, y sabemos callar cuando se espera que callemos, por más que en nuestro fuero interno estemos convencidos de que un buen ladrido de esos que reservamos para las ocasiones especiales acabaría con toda esta conversación banal. ¿Feliz como un perro? Díganselo a los severos perros policía, a los leales empleados en aduanas, a los perros de trineo que quemaron  sus vidas en Alaska, en Siberia, en Groenlandia, en La Antártida, díganselo Laika, que murió en órbita sin alcanzar la conciencia cósmica que tanto anhelaba, díganselo a todos mis desdichados congéneres que engordan en las granjas de China, de Indonesia, de Corea, de México, para dar la mejor carne de perro, tan apreciada por algunos gourmets humanos… Vaya, parece que se les acaba la comida y hasta los cafés y los orujos. Por lo menos no han comido perro. Ni perro salchicha ni perro feliz a la parrilla. Se les perdona que digan tonterías. Guau.

Lola Mascarell

Planearon la muerte del gallo durante el desayuno. Era su segundo día de estancia en la isla y el animal había vuelto a despertarles con su canto a las seis de la mañana. Todo el año levantándose a esa hora para ir a trabajar, y ahora que lograban reunir diez días de asueto en la playa, el canto desbecerrado del gallo maldito los despertaba con los primeros rayos de sol. Como un cíclico y despiadado castigo de dimensiones bíblicas. Y no había derecho, la verdad.

Así que mientras tomaban los cereales en la terraza trasera de la casa, acompañados siempre por el rítmico y desvencijado quejido del ave vecina, discutieron cuál sería la mejor manera de deshacerse de él. La sola idea les curó el mal genio. Sobre todo cuando decidieron buscar en Google algunos ejemplos prácticos y advirtieron que su problema afectaba a un gran porcentaje de la población mundial. Había gente en todo el mundo que quería deshacerse de un gallo. Y los motivos que aducían eran tan diversos e importantes como el suyo propio. “Necesito matar a un gallo (ave) pero sin que mi tío (el dueño) sospeche. Es por el bien de mi familia”, decía un chico mexicano. “¿Alguien sabe cuál es la técnica más rápida para matar un gallo? Necesito deshacerme de media docena“. Hasta un blog personal encontraron dedicado enteramente a su puntual problema: Kikiriki tu puta madre. Así se llamaba. Sin embargo, las técnicas que se proponían en todos aquellos foros les parecieron tan salvajes que abandonaron la idea y se fueron a la playa, olvidados de todo.

Pero al día siguiente, otra vez a las seis de la mañana, el gallo empezó a chillar como si lo estuvieran asesinando vivo y ya no les dejó dormir ni un solo segundo. Hoy mismo acabamos con este problema, dijo él. Caiga quien caiga, dijo ella. Y se pusieron al desayuno con la rabia acumulada por la falta de sueño. Serían cabales y empezarían por lo más fácil. A las ocho de la mañana estaban llamando a la dueña de la casa. Mira hemos venido de vacaciones… lo que no queremos es que el gallo nos despierte a la misma hora que el despertador cuando vamos al trabajo… tienes que comprenderlo, no se puede hacer nada, ni cerrando las ventanas, ni usando tapones… no, es un gallo desafinado y molesto… debería ser ilegal alquilar una casa de vacaciones con un gallo dentro… no, pero como si lo estuviera… pues si no hace nada tendremos que llamar a la policía… Y eso hizo: nada. Adujo que no tenía otro sitio al que llevarlo y que era un gallo viejo al que le tenía cariño y no se sabe qué otras milongas relacionadas con la santería.

Así que llamaron a la policía. Haremos lo posible, claro, cálmese, hombre. Pero el día pasó, con su noche y su brisa fresca. Y a la mañana siguiente, el gallo volvió a romper el sueño feliz de su cuarto día de vacaciones. Hoy, lo matamos, enunció el marido en estado de shock. O lo secuestramos y lo abandonamos en una carretera, puntualizó la mujer, así no mancharemos de sangre nuestras manos. Pensarán que se ha escapado y no podrán acusarnos. Y así se decidió. Saltarían la valla a media noche. Cogerían al gallo, lo meterían en una caja y conducirían varios kilómetros. Luego abandonarían al animal a su suerte. Su vida quedará en sus manos. Es decir, en sus patas, y sus conciencias, limpias.

Pasada la medianoche empezaron la operación. Se encaramaron a la valla de la terraza y pasaron al otro lado. El gallo dormía en el corral. Pero apenas notó su presencia abrió los ojos y se puso a graznar como si estuviera poseído por el demonio y hubo que regresar a la casa a toda prisa para no levantar sospechas.

Al día siguiente, a las seis de la mañana, el gallo volvió a despertarles, esta vez -o al menos así se lo pareció a ellos- con unos cuantos decibelios de rabia añadida en sus quejidos. Ya está, lo envenenaremos, dijo él. No hay otra, dijo ella. Nos quedan cuatro días de vacaciones y no vamos a dejar que este gallo nos siga vampirizando. Así que compraron veneno para ratas, lo mezclaron con pienso para aves y se lo dejaron caer en el corral.  Al volver de la playa el plato estaba vacío y no se advertía ni rastro del gallo. Se alegraron de no encontrarse al animalillo con la pata tiesa en medio del patio y se fueron a celebrarlo. Esta noche pedimos una botella de champagne y mañana a dormir hasta las tantas.

Pero al día siguiente, como si fuera una maldición del diablo, justo a las seis de la mañana, el gallo empezó a descerrajar su graznido loco a diestro y siniestro. Más tarde supieron que el gato amadísimo de la dueña se había zampado el pienso con el veneno y que se encontraba ingresado en una clínica veterinaria debatiéndose entre la vida y la muerte.

La mujer y el hombre se miraron casi a punto de llorar, tristes y desolados. Da igual, dijo él. Me rindo. Y se rindió. Ella no dijo nada pero empezó a preparar la maleta. Por lo menos las dos últimas noches dormiremos hasta que nos plazca, pensaron. Pero el sentimiento de culpa por el estado del gatito y la inminencia de la vuelta al trabajo les impidieron conciliar el sueño.

Fue al escuchar de nuevo el sonido monótono de su despertador, a las seis de la mañana, cuando el hombre y la mujer comprendieron lo que aquel gallo quería decirles. Una repentina nostalgia de aquel graznido atroz se instaló en sus pupilas y lloraron sin lágrimas por aquel tiempo en que les despertaba el canto descuajeringado de aquel animalillo, cuando fueron dueños del sol y de la playa y de todas las horas del mundo para ser verdaderamente dichosos, felices como perros.




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