nube

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lunes, 10 de julio de 2017

Escribir por la mañana

“… es la mañana lo que nos hace creer. Siempre hay que partir al alba cuando se camina. Para acompañar la salida del sol. Y en  esa hora indecisa, en esa hora azul, se siente como el balbuceo de la presencia. Andar por la mañana significa reconocer la pobreza de nuestra voluntad, en el sentido de que querer es lo contrario de acompañar”
A propósito de Thoreau, Frédéric Gros, Andar una filosofía.

El aire de las cosas aún no hechas se mueve entre las copas de los pinos. Es una brisa fresca y olorosa que despierta a las ramas con su canto de siglos. Es el mismo de todas las mañanas y es siempre distinto. Los pájaros dormidos asisten a este rito, lo cantan, lo celebran en un idioma indescifrable. Todo parece ordenado y limpio, azul clarísimo, casi blanco. Atrás queda el desorden de la noche turbia, de los sueños y las sombras acechantes, atrás queda el silencio de las horas dormidas. Cantar es celebrar que todo empieza de nuevo y que se abre ante nosotros la ilusión de un nuevo principio. Por eso escribo de día.
No es una cuestión de contrarios, sino de contrapuntos. Tras la noche del tiempo lectivo, la luz de los días en blanco; tras el mudo desconcierto de las sombras, la agudeza implacable del sol; tras la quietud, el transcurrir del tiempo.
Suenan los primeros compases en la partitura del día. Efervescencia de trinos en los árboles: música de la mañana. El zureo en cascada de las palomas es la base del tema. El sonido de las teclas de mi ordenador, su percusión. Y el mirlo que se impone como el gran solista.
Escribo por las mañanas porque todo despierta conmigo, también las palabras. Porque quiero cantar a lo que empieza, a lo que no termina, a lo que gira. Escribo por las mañanas porque la luz, por el todavía, porque no encuentro mejor manera de acompasarme al mundo, de acompañar al mundo y desprenderme del yugo de la voluntad, del lastre del deseo. Escribo por las mañanas porque estoy despierta y eso me permite estar atenta a todo lo que pasa.
Después levanto la cabeza del ordenador y miro. Una hoja de níspero ha caído sobre la hierba húmeda. Ha hecho un sonido sordo y seco, como si concluyera el primer acto.

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