Esta noche ha caído un pequeño aguacero y el aroma que se ha colado en la casa por los cristales entreabiertos de la cocina ha despertado al caracol. Después de siete días en la misma posición, tras una semana eterna de inmovilidad y agónicas premoniciones, el bicho se ha puesto a caminar por la caja, se ha rebozado en harina, ha chupado el cartón, ha dejado su baba en forma de extraños jeroglíficos (quién sabe si versos y en qué idioma) por todos los rincones y ha intentado trepar (quizás lo haya logrado) a los altísimos brotes de lenteja que crecen para él dentro de una preciosa maceta de color rojo. El caso es que viéndolo así, feliz entre los elementos naturales, he comprendido que ha llegado el momento de separarnos. Sería injusto, ahora que sabemos más si cabe lo valiosa que es la libertad, mantener su absurdo cautiverio. En estos días, el caracol, confinado igual que nosotros, se ha convertido en una metáfora y su permanencia en casa no tiene ningún objeto más que el capricho...
Blog personal de Lola Mascarell. Historias cotidianas, del aula a la poesía