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domingo, 30 de abril de 2017

Diarios



“Días buenos en los que apenas he hecho nada. Días de los que, si yo fuera a vivir quinientos años, obtendrían un notable. Pero, como no es el caso, entran prisas de no sé qué”
Iñaki Uriarte - Diarios (Tercer volumen)

Escribir un diario. Hacerlo a mano. Venirse a la mesa de la terraza y afilar el lápiz: el que blanden mis dedos contra el blanco pautado de la libreta y el de la memoria, que es menos afilado pero más sólido.
Escribir: Huele a azahar de una forma tan intensa que a veces hasta hiere. Las palomas zurean en los pinos. Un puñado de nísperos madura bajo el sol. Después dibujo el punto y levanto la vista de la libreta.
Recordar: A veces mirar es sólo reconocer. Comprobar el hilván que enlaza en su transcurso escenas repetidas, momentos ya vividos, como si este paisaje cerrado que se abre ante mí contuviera en su breve parpadeo un ápice de eternidad.
Regreso a la libreta. Hace ya tanto tiempo que no escribo a mano que me cuesta relacionar lo que pienso con lo que garabateo, la danza de mi mano con el fluir, siempre un poco entrecortado, de mi pensamiento. Si escribir es una forma de pensar, supongo que no pienso de la misma forma si escribo a mano o a máquina.
Estos días estoy leyendo los Diarios de Iñaki Uriarte. Son entradas breves pero intensas. Se abren en el pensamiento después de leerlas. Me gustan y me conmueven. Por eso he dejado el libro en la hamaca y me he venido a la terraza a escribir la primera página de mi diario.
Mañana estará en blanco porque me olvidaré o no tendré tiempo.
Pero ahora hace sol y el tiempo es feliz y vacío.
¿Por qué escribo? Sólo quiero levantar acta. Quedarme a vivir un rato en esta duración.

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