nube

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domingo, 8 de julio de 2018

Siempre recomenzando


“En cierto sentido, aquí interpreto mi vida, una vida con sabor a piedra caliente, que se ha llenado con los suspiros del mar y el zumbido de las cigarras que empiezan a cantar a esta hora. La brisa es fresca y el cielo azul. Amo esta vida de abandono y quiero hablar de ella con libertad: me otorga el orgullo de mi condición de hombre”.
Albert Camus – Nupcias en Tipasa



El tiempo gira. De nuevo empieza a asomarse el tiempo vacío del verano. Y con él, una actividad que he descubierto hace poco, pero que llena mis días estivales: escribir un diario.
Hace meses que estoy alimentando la idea de escribirlo. Meses en los que voy redactando frases sueltas o imaginando qué cosas haré para poder contarlas después. Imposible no reparar en la filigrana ontológica que supone este afán de vivir para contarlo. Y los ríos de tinta que se han vertido en torno a esta cuestión. Desde el honor de los héroes (lo que contarán de nosotros cuando estemos muertos, que seguro que es nada) hasta las redes sociales (lo que contamos de nosotros mismos para no aburrirnos o para no sentir que somos lo que somos: un puñado de nadies del que no ha de quedar nada). Porque a pesar de todas las certidumbres, a pesar de la ceniza y el polvo que nos aguarda, nuestra vida es al final lo que contamos de ella. Y si existe una mínima noción de infinitud en la finitud de nuestras vidas, se halla en los relatos que dejemos escritos o en aquellos que cuenten de nosotros los que nos sobrevivan.
No es el único beneficio de escribir un diario. Contar lo poco que ocurre en los días de verano, me invita a ver más o a ver mejor. Después de unos días escribiendo lo que pasa ya puedo decir que veo con todas las letras. El mirlo que durante un cuarto de hora se ha posado en el poste de la luz y ha estado deleitando al vecindario con su canto de despedida. Las hojas secas del nuevo brachichito. Las bandadas de aves que cruzan el cielo camino de quién sabe qué lugares escandinavos (adiós, les he dicho con la mano). La estrella (podría ser Venus) que brilla en el ángulo izquierdo del arco de mi terraza mientras anochece.
Me fascina pensar que esas cosas están ahí siempre. Que están ahí, aquí, todo el año sin que yo pueda verlas. La pátina que la rutina y el trabajo nos coloca en los ojos provoca una ceguera injusta y lamentable. Hoy ya puedo empezar a decir que he recuperado esa perspectiva, que ese enfoque del mundo sigue vivo, latente, tan cierto, tan verdadero, como la última luz que escapa al fondo del cielo. En la primavera de mis ojos, mi mirada rebrota, reverdece. Todo gira conmigo, siempre recomenzando.

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